10 de septiembre de 2016

HISTORIA, MEMORIA Y FE COMO OBJETOS DE AGRAVIO CONSENTIDO

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Paso Miguel Pellicer. Foto - J. A. Bielsa Arbiol.JPG




Miguel Pellicer (1940)
por Mariano Benlliure
[foto del autor]






A más de un calandino devoto de su Virgen del Pilar le habrá producido cierto estupor ver publicada en el último “Kolenda” (nº 119, pp. 4-5) aquella viperina réplica (trufada además de improcedentes amenazas contra quien aquí escribe) intentando dinamitar ¡con elocuente torpeza! la autenticidad del Milagro de Pellicer (por la vía de unos presuntos hechos re-hechos y documentos re-interpretados a priori desde la perspectiva materialista dominante).
            Perpetrado el agravio, la redacción del “Kolenda” me advierte en un primer momento (y en presencia de tres testigos) que no admitirá de mi parte “contra-réplica” alguna… para luego, levantada la censura, desdecirse diciendo que sí podrá haber “contra-réplica” de mi parte (?); de esta maquiavélica ambivalencia en dos tiempos se infiere lo siguiente, a saber:
            1) que de la inicial advertencia es patente que la última palabra, la última y por tanto prevaleciente, iba a ser en un principio la de los “investigadores” en liza; y
   2) que de la postrera concesión hacia el “colaborador” traicionado se deduce que, a los ojos de “Kolenda”, un servidor es algo así como un autómata preparado para marcar el paso cuando le dicten los oligarcas de dicho boletín. Mas aquí erraron.
            El desagradable resultado es lo que todos (para condena de la mayoría y, ¡oh sorpresa!, regocijo de algunos) ya sabemos: que dos pretendidos “investigadores defensores de la Virgen” (¡guasa no les falta!), movidos por algún oscuro propósito, han tenido la osadía y desvergüenza de llamar a las puertas de “la muy noble, muy leal y fidelísima villa de Calanda” -a la que en su libro mancillan con prepotente saña- para difundir su intelectualoide mercancía y, ya de paso, ver si venden algún librico (dado el dudoso éxito crítico-comercial de su panfleto encubierto [que no dudan, ¡ay qué risa!, en tildar de trabajo “científico” -¡glup!: aquí se delatan-]).
            ¡Y vaya si se las han abierto! Las puertas, digo. “Kolenda” no sólo le ha abierto las puertas del corral al lobo, sino que realmente ha acatado sin el menor rubor su consigna como la última palabra al respecto, menoscabando de paso 376 años de tradición firme y continuada al abrigo de las generaciones; 376 años de la custodia local de un Hecho Extraordinario del que no somos dueños, sino meros usufructuarios; 376 años, en suma, cuestionados/devaluados a escala local de golpe y porrazo, y todo ello a remolque de un esnobismo sin ton ni son: “en democracia todos tienen voz”, argüirán si les conviene, ignorando de paso que hay bienes a preservar que están más allá de la opinión de unos u otros (así la virtud de la Fe como valor predemocrático, para póstumo escarnio de la docena de generaciones de barberos-cirujanos, analfabetos supersticiosos y falsarios de toda laya que nos han precedido desde aquel glorioso año de 1640, año clave en la historia de Calanda, el ridiculizado/demonizado pueblo que tal y como pretenden ciertas “mentes preclaras y racionales” vivió 376 años sumido en la mentira absoluta).
            No pretendo desenmascarar en esta ocasión a quienes prefabricaron el engendro aquel derramando su venenoso jarabe -con quienes vista su llamativa reacción e incapacidad de aceptar de buen grado una crítica nada cabe discutir-; tan sólo puedo deplorar la sumisa y ambigua condescendencia del “Kolenda” hacia los agraviadores, de todo punto insólita en un boletín cuyo principal interés, supuestamente, es la promoción de Calanda y su cultura (ya no digo “su Fe”).
            “Gracias” al “Kolenda”, el valor del Milagro auténtico (sí, auténtico) que da fama y nombradía internacional a nuestra villa, ha sufrido un daño considerable en su propio suelo, de puro pisoteado y envilecido por algunos de sus propios hijos, prestos a servirle en bandeja de plata el papel al incrédulo foráneo, para que éste se vaya de vuelta a su casa carcajeándose de nuestra Fe, nuestra Memoria y nuestra Historia. Lo dicho pues: ¡¡Gracias “Kolenda”!!


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5 de septiembre de 2016

TEATRO BREVE. "A poco lapsus" (2015) -Inédito-


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A  POCO LAPSUS
(Diálogo entre
un católico quietista y un nihilista,
con la intervención de un cuervo parlante)
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PERSONAJES

EL CATÓLICO QUIETISTA
EL NIHILISTA
UN SINDICALISTA
LA MUERTE
EL CUERVO

*



ACTO ÚNICO

(La pieza es blanca, diáfana. Sentados en sendas sillas, dos personajes de aspecto antitético, frente a frente: el NIHILISTA, a la izquierda; y el CATÓLICO QUIETISTA, a la derecha.)

NIHILISTA (Sentándose.)
            Veo que sigues pegado a la silla cual mejillón amarrado a su concha. Impasible. Dime, ¿qué filosofía tienes?

CATÓLICO QUIETISTA (Desdeñoso.)
            ¿Y tú me lo preguntas? ¿Tú, que teorizas sobre lo humano y lo divino, sobre el cero y el absoluto, tienes la desvergüenza de preguntármelo?

NIHILISTA
            La verdad, hermano, que desde que te conozco no has conseguido sino reafirmarme en mis ideas. Tu reino y el mío son de diferente mundo.

CATÓLICO QUIETISTA
            ¡Palabras! Vosotros, que os hacéis llamar nihilistas, cojeáis todos de la misma pierna. Con tres o cuatro ideas bastardas levantáis un sistema filosófico cuya única tara es que… ni es sistema… ni es filosófico.
           
NIHILISTA
            Eres dogmático, e intransigente con el error, como todos los católicos viejos. No comulgas con estos tiempos, ¿verdad? Yo tampoco.

CATÓLICO QUIETISTA
            Ni estos tiempos, ni los que vendrán, si es que han de venir, son asunto mío. (Pausa.) No   necesita el alma de tiempos, ni de espacios, sino de una quietud plena e inmaterial en la que el ser pueda habitar, si es que acaso puede habitar algo, bajo el influjo luminoso de Dios.     

NIHILISTA (Ríe.)
            Otra vez te pones místico, santito... Lo tuyo es predicar, y lo mío abjurar... ¿Me estás hablando de Dios? Pero, ¿de qué dios? ¿De Apolo? ¡Yo no creo en ese Dios tuyo! Ni en ningún otro. A lo sumo creo en la materia bruta, y en la carne, sobre todo en la carne de adolescente bronceada. ¡Es buena     la carne! ¿Te gusta a ti? Pero, ¿te has comido alguna vez una pata de pollo, santito?

CATÓLICO QUIETISTA (Fuerte.)
            No conseguirás escandalizarme con tus groseras insinuaciones. Ya paseé en otros tiempos por aquellos desiertos. Bien lo has dicho: mi reino no es de tu mundo. ¡A Dios gracias!

NIHILISTA
            ¿Groseras insinuaciones? ¡Venga   ya! Pero si no se habla de otra cosa... Salir a la calle en mitad de este mundo es como ser arrojado a los cerdos para ser devorado por la pornografía, el capital y el Estado. ¡Estamos rodeados de porquería! ¿No es repugnante? ¡Cosificación! ¡Hipotecas! ¡Contratos basura! ¿Groseras insinuaciones? ¡Dólares y esclavos! 

(Atraviesa la pieza, de derecha a izquierda y pasando desapercibido ante los personajes sentados, un SINDICALISTA. Lleva una pancarta en la que puede leerse: “Capital = Grillete”.)

CATÓLICO QUIETISTA
            Pero eso no cambia nada, absolutamente nada. El mundo, es decir, la naturaleza dominada por el hombre, siempre ha sido hostil al hombre. La justicia de los hombres es abyecta y sólo merece desprecio o compasión. ¿Qué esperas de los hombres? Yo no espero nada. Nada. De esperar algo no estaría aquí. Caminaría entre los muertos.

NIHILISTA
            En eso, al menos, coincidimos.

CATÓLICO QUIETISTA
            A fin de cuentas, la clave del problema no es sino una cuestión teológica.

NIHILISTA
            Sí, lo sé. Se llama liberalismo. Lo predican los demócratas. ¿Conoces tú a algún demócrata? Los odio, como ellos me odian a mí.

CATÓLICO QUIETISTA
            Desde que el hombre bajó a Dios del altar y colocó en su lugar al  Hombre, todo se vino abajo. ¡El daño es ya irreparable!

NIHILISTA (Violentado.)
            ¡Te equivocas! Bajando a Dios del altar, el hombre no hizo sino  desterrar una buena parte de su orgullo, de su soberbia... ¡Qué idea más descabellada! El hombre hizo a Dios a su imagen y semejanza. Ni más ni menos. Pura presunción.

CATÓLICO QUIETISTA
            Esa argumentación es débil e inconsistente, y no estimo que a estas alturas merezca ser rebatida. Demasiados ríos de tinta se han vertido para refutarla. Vosotros, los nihilistas, pecáis de ingenuos con vuestras  explicaciones, tan juveniles, tan…

NIHILISTA
            ¡De los ingenuos es el porvenir!

CATÓLICO QUIETISTA
            ¡Patrañas! ¡Palabras! Y más palabras. Escucha, niño iluso, el silencio todopoderoso. ¡Qué grande es! Mucho más grande que el silencio de la democracia.
           
NIHILISTA
            No desdeñes el silencio de la democracia. Tiene sonoridades aterradoras... La hoja de una guillotina cortando una regia cabeza… O la detonación artística de un hongo atómico... Sabe de formas artísticas la democracia. En cuanto a lo de la grandeza del silencio, me temo que eso mismo ya lo dijo Vigny, un reaccionario de pies a cabeza.

CATÓLICO QUIETISTA
            Esa máxima no es realmente de Vigny, sino de la humanidad toda... Lo explica todo. Y por encima de todo… el gran alivio del morir. La humanidad camina hacia ese morir sempiterno. Es su única razón última. Si realmente lo supieran… se estarían quietos. No jadearían, no hablarían, no matarían. Esperarían, nada más… La dura disciplina del saber esperar… La única forma realmente democrática: la muerte.

(Atraviesa la pieza, de izquierda a derecha, portando una enorme guadaña y vestida con una túnica negra, LA MUERTE, ajena a los personajes. Al llegar a la altura del NIHILISTA, se detiene un momento tras de él… y sigue su camino.)

NIHILISTA
            Mejor hubiera sido, a fin de cuentas, no nacer. Es un sentimiento que nosotros, los desesperados, compartimos sin demasiados aspavientos… Pero, ¡qué extraño escalofrío acabo de  sentir!
           
CATÓLICO QUIETISTA
            Será que te ronda la Muerte. Es muy rondadora. 

NIHILISTA (Serio.)
            Ya lo creo. Mejor no nacer.

CATÓLICO QUIETISTA
            Eso mismo solía decir una anciana tía mía, muy devota, muy austera. “¡Qué envidia me dan todos los que no han nacido!”, decía.

NIHILISTA
            Era una mujer sabia…

CATÓLICO QUIETISTA
            De poco le ha servido… Ya está muerta. Ya descansa.

NIHILISTA
            Sí, como descansaremos todo de aquí a un tiempo.

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Lo ves? Te quedan cinco años de nihilismo. Y luego la fe. Todo se repite: la estupidez de la juventud y la necedad de la vejez. Sólo mediocridad…

NIHILISTA
            Eres un loco… Todavía no me has dicho una cosa… ¿Qué te condujo al quietismo? Te define un convecino como “católico quietista”. Y sin embargo de sobra es sabido que el quietismo es pura doctrina heterodoxa…

CATÓLICO QUIETISTA
            Ese convecino dice bien. Soy católico, sí. Y soy quietista, también. No veo contradicciones. No siento contradicciones. ¡Basta ya de tanta palabrería! Todo lo mejoraría el silencio: sí, silencio donde los discursos interminables; sí, silencio donde las palabras se agitan y amontonan, escritas o pronunciadas, que al caso es lo mismo; silencio donde la propia escritura se erige altanera, puesto que muchas veces más dice una página en blanco que un amasijo de folios saturados de líneas y líneas de texto estéril… ¡Tú y esta época me dais palabras! Yo, por mi parte, sólo os pido un poco de silencio… al menos por un minuto. Por caridad. (Pausa de un minuto de silencio.)

NIHILISTA (Impaciente.)
            Se acabó, al fin, el minuto.
           
CATÓLICO QUIETISTA
            Sí, se acabó al fin. Y mientras digo esto, arranca otro nuevo minuto.

NIHILISTA
            ¿Y qué?

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Cómo que “y qué? ¿No la vislumbras?

NIHILISTA
            ¿El qué?

CATÓLICO QUIETISTA
            La huida, muchacho… ¡La huida del ser!

NIHILISTA
            Yo no creo en el ser.

CATÓLICO QUIETISTA
            Tú no crees en nada, es cierto. Y sin embargo, tu argumentación es contradictoria.

NIHILISTA
            Yo no creo… ni siquiera en ti.

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Y crees acaso en ti? Demasiadas veces tienes en la boca el pronombre “yo” para no creer en nada.

NIHILISTA
            ¿De qué me quieres convencer?

CATÓLICO QUIETISTA
            ¿Yo? De nada.

NIHILISTA (Levantándose.)
            ¿Sabes? Tengo sueño. Me voy a dormir.

CATÓLICO QUIETISTA
            Si tienes algo de tiempo, medita bien sobre lo que hemos hablado. Quizá mañana, uno de los dos, no despierte...

(Apesadumbrado, EL NIHILISTA abandona la pieza, dejando solo al CATÓLICO QUIETISTA.)

CATÓLICO QUIETISTA (Adormecido.)
            Sólo Dios lo sabe…

(Entra en escena EL CUERVO, posándose con fina elegancia sobre la cabeza del CATÓLICO QUIETISTA, ya dormido. El parlante volátil comienza a recitar un poema, al tiempo que la escena adquiere un poderoso color rojizo.)

CUERVO (Con voz nasal y declamatoria.)
            Hoy es un gran día:
            Porque al fin, de la humana raza
            No se cantarán más himnos,
            Ni se propagarán más gestas,
            Ni se esculpirán más frisos
            Que eternicen epopeya alguna.
            Yes, hoy es un gran día,
            Pues todo al fin ha llegado a lógico cauce,
            Simétrico pronóstico estadístico,
            1 + 1 = 2 (suma y sigue) Yes!
            ¡Ya basta de efusiones líricas!
            ¡Ya basta de sentimentalismo irracional, fofo, artesanal!
            Puesto que no basta sino pensar
            Al nuevo, pragmático dios lógico:
            ¿Lo oyes cómo suena, pequeño hombrecillo moderno?
            ¡Es el benemérito dios Dinero! ¡Sangriento dólar! ¡Sudoroso euro!
            Tiene mil nombres, y un millón de respetos.
            Por él se agachan las naciones.
            Por él prostituyen a sus hijas los reyezuelos.
            Por él todo es Todo y nada es Nada.
            Él dirige el curso del mundo mundano.
            Armamentística, estadística y balísticamente hablando,
            Y todas las boticas de la tierra lo computan (suma y sigue)
            ¡Celebremos, hermanos, la dicha del dios Dinero!
            La dicha que es nuestra dicha, yes:
            ¡Te toca mover ficha!
            Amantísimas casas de la moneda, colegios del fisco,
            Naciones dentadas y dentaduras de tecnócrata, mamotretos
            Inmundos, ciénagas de petróleo, atómicos misiles de largo alcance
            Y funcionarios envilecidos, agachad vuestras tristes
            Testas de testaferros del Amo.
            ¡Y felices vosotros! Los inanes consumidores,
            Los explotados explotadores, los ociosos impenitentes,
            Derviches mancos y madonas en celo, niñas de papá
            Y amazonas en papel moneda. ¡Divina lujuria!
            ¡Santo placebo! ¡Feliz dios Dinero!
            Tú nos cosificas. Tú nos alienas.
            Tú nos diriges. Tú nos digieres.
            Tú nos lo das / Tú nos lo quitas.
            Tú mandas, oh Amo.
            Haz con nosotros lo que bien quieras (suma y sigue)
            ¡Mátanos! ¡Pulverízanos! ¡Trocéanos para solaz de las bestias!
            Mas no tardes mucho en chamuscarnos el alma (!),
            No vaya a ser que uno de nosotros despierte
            Y acometa una locura bárbara:  […] (¡Dichosa censura!)
            Hoy es un gran día, yes:
            Porque hoy es primero de mes, hermanos,
            Y toca rellenar la bolsa, la bolsa, la bolsa.
            Y yo te preguntaré:
            - ¿La bolsa o la Vida?
            Y tú me responderás:
            - Por supuesto que la bolsa, la bolsa, la bolsa…
            Así que hoy es un gran día, yes.
            ¿Y tú te lo crees?

(Alzando su tosco vuelo, sale de escena EL CUERVO. El CATÓLICO QUIETISTA despierta. Se levanta de la silla, alza la vista arriba, y se prepara para recitar una oración desconocida.)
           
CATÓLICO QUIETISTA
            Va aquí una oración por los apaleados de la Tierra. (Pausa.)

(La escena pasa del color rojizo al turquesa. De fondo se escuchan gritos humanos entremezclados con ráfagas de metralla y detonaciones de bombas.)

CATÓLICO QUIETISTA (Pletórico.)
            Señor,
            Tú eres grande y misericordioso,
            Tú eres el Dios todopoderoso,
            El alfa y el omega,
            La única realidad posible
            Que haga tolerable, soportable,
            Este pudridero absurdo de mundo,
            Oh Dios.

            Señor,
            Tú, que en tu infinita bondad
            Has hecho posible este basurero,
            Haz, por caridad,
            Y si acaso quedara un atisbo de esperanza sobre la tierra, oh Dios,
            Que nuestros hermanos apaleados,
            Los señalados, los torturados, los mutilados, los agonizantes…
            Duerman antes el sueño eterno que es la Vida.

            Señor,
            Acórtales, y acórtanos,
            Este horrible reptar de muertos entre muerte,
            Esta inmunda y abyecta perversión que los ciegos llaman Realidad,
            ¿Realidad de qué, Señor?
            ¿De inenarrables torturas y simulacros, espejismos y sangrías?
            ¿De qué, Señor, mi Dios? ¿De qué?
            ¿Acaso toda esta infame mascarada nos llevará mejor a Ti?

            Señor,
            ¿Oyes este triste lamento? ¿Alcanzas a escuchar a este gusano, tu hijo?
            Si todavía te queda algo de caridad, Señor,
            Tú, que tan pródigo en bondades y tesoros eres,
            Acuérdate de este mundo que te ha olvidado,
            Y apiádate de todos tus hijos, apaleados y no apaleados,
            De todos: hasta de los que de Ti reniegan, de los que tu Santo Nombre
            Pisotean, de los blasfemos y apóstatas… y de Mí, un cero.

            Señor,
            Hoy creo más en Ti. Quiero
            Creer más en Ti porque ya no creo en nada, Señor; ni en nadie, Señor.
            He perdido la mala esperanza. Para siempre.
            Y lloro por nosotros, los apaleados.
            Sí, Señor, hoy quiero creer más en Ti,
            Porque ya no hay en esta tierra devastada
            Nada en lo que creer que no seas Tú.

            Señor,
            Perdona esta soberbia que me invade,
            Este terror inefable que me anula y reduce
            A lo que acaso ni siquiera soy: un ser que huye
            Indigno de pronunciar tu Santo Nombre,
            Un Nombre que no quisiera haber pronunciado en vano,
            Un Nombre, tu Santísimo Nombre,
            Que es el único consuelo que a nosotros, los apaleados, queda.

            Señor,
            Ten piedad, una vez más,
            Y acuérdate de todos nosotros,
            Tus lamentables y apaleados hijos,
            Caterva de asesinos, ladrones e indiferentes,
            Aprovechados y sentenciosos, bestias de vanidad y soberbia,
            Seducidos por su propia lepra.
            Sí: acuérdate de todos nosotros, porque hemos mordido la manzana.

            Señor,
            Tú eres Todo. Yo apenas soy algo, una nada huidiza.
            El mundo gira, y la gente se mata.
            Se matan a sí mismos. Matan a sus hermanos.
            Se matan cuando de su corazón a Ti te arrancan.
            Y matan al prójimo porque así es la vida, dicen y se dicen.
            Matan por un televisor, por un puesto de trabajo, por un bocado mejor.
            Son malos, Señor.

            Señor,
            Las palabras se acaban.
            Los discursos mueren agotados.
            Ya nadie escucha. La Palabra ¿está en peligro?
            Serpientes venenosas se balancean en la boca del abismo.
            Sodoma y Gomorra magnificadas renacen de sus cenizas.
            Una decadencia fatal alimenta a los diablos.
            Una madre está llorando: han matado a su hijo.

            Señor,
            ¿Alcanzas a escuchar este silencio de millones de gritos?
            Tengo miedo, Señor.
            Miedo por todos nosotros.
            Miedo de todos nosotros, los apaleados.
            Miedo de mí mismo. Y miedo de Ti, Señor.
            Miedo sublime. Sagrado.
            Acórtanos, oh buen Dios, este horrible reptar de muertos entre muerte.

            Amén.

(Silencio absoluto. El CATÓLICO QUIETISTA cae al suelo, muerto. La pieza se oscurece, hasta quedar sumida en la más completa negrura. Cuarenta segundos después, la pared del fondo se ilumina de un blanco aséptico. Sobre ella, comienza a aparecer, línea a línea y de abajo arriba, un texto…)

“SU PRIMER APOCALIPSIS”

Una poluta mañana de septiembre, el ciudadano K3307647-W salió de su cubículo de 5 m² con la insólita determinación de no acudir al polígono industrial 77c, donde se ubicaba una de las setenta y una factorías de la FELPEX, y donde nuestro ciudadano envejecía desde que comenzó “a percibir una nómina”. Su cometido en la factoría consistía básicamente en pulsar un botón y una tecla, el uno y la otra casi al mismo tiempo, así unas cuarenta y ocho veces por minuto, y así durante las nueve horas que duraba la jornada, con la interrupción que suponía un descanso de seis minutos y diez segundos, gentileza de la FELPEX. Este trabajo mecánico, increíblemente monótono y, por ello mismo, agotador hasta el dolor, había hecho del ciudadano K3307647-W un monstruo de conciencia. Y aquella conciencia que ya comenzaba a emanciparse de su “espacio laboral”, le había musitado la noche anterior, en uno de esos domingos de tristeza y lucidez, estas palabras:
            -¡Cuidado! Te están matando… Te quieren muerto.
            Todo le resultaba nuevo, amenazante, siniestro: patear aquellas amplias calles comerciales un lunes por la mañana, a primera hora, le hacía recordar viejos tiempos, renovando sensaciones que creía extirpadas. Pensaba en sus años mozos, mucho antes de su paso por la universidad, mucho antes también del bachillerato y de la educación secundaria, cuando con su cuadrilla de amigos callejeaba por aquellas manzanas de ostentación y oropel, siempre sin rumbo fijo, a la deriva, escrutando escaparates, divisando oportunidades, exprimiendo cada minuto como si fuera el último. Allí, frente al reluciente centro comercial, los cines. Al otro lado, tras el monumento a un fulano con cara de estómago agradecido, la marmórea y robusta fachada de la banca Arfi. Y de la parte de las tiendas de ropa, en fin, un rebaño de ovejas humanas cargaditas hasta los topes de unas bolsas de plástico en las que, desde lo lejos, puede leerse: “BIP”.  
            -Casi como RIP…-se decía K3307647-W.
            Sí: no era fácil dejar de ser algo para llegar a ser alguien en aquella ciudad.
            -Somos algo que camina, y alguien nos vigila…-proseguía.
            Al fin, tras auténtica reflexión, lo había comprendido... Toda su vida había estado huyendo de sí mismo, del SER. Era el momento de regresar a casa, al SER. Y abandonó aquella ciudad inmunda…
            Lo encontraron a la mañana siguiente, aplastado contra el asfalto de una carretera secundaria. Un camión de la empresa “BIP” lo había “localizado”.
            -Casi se nos escapa…-se le oyó decir a uno de los contables de la Arfi.
            Y pese a ello, el ciudadano K3307647-W se les había escapado.

(TELÓN.)



© José Antonio Bielsa Arbiol, 2015




19 de julio de 2016

RESEÑA. "El protestantismo sin máscara" (ed. 1880), de Giovanni Perrone




Este ameno y contundente librito del prolífico P. Perrone (1794-1876), intitulado El protestantismo sin máscara. Su origen, naturaleza y efectos, expone en apenas 120 páginas y tres capítulos, los elementos referidos en el título y subtítulo. Leído hoy, el discurso de Perrone adquiere renovada vigencia, y no tanto por su originalidad como por las muy olvidadas evidencias que saca "de nuevo" a la luz. Con un estilo combativo, "de trinchera" a la manera decimonónica, el jesuita expone con prosa diáfana y segura una sucesión de datos, testimonios e impresiones que bien deberían ser común divisa para el católico atento a la heterodoxia.

Opúsculo pues de orientación popular, destinado al apostolado de la pluma, rebaja sus pretensiones a la mera divulgación, sin incurrir en morosas erudiciones (nos encontramos muy lejos de un trabajo de la envergadura de El protestantismo comparado con el catolicismo, la obra cumbre de Balmes). Pues el modesto objetivo de Perrone en esta ocasión no es otro que el de ilustrar y persuadir a los tibios y escépticos. Y para ello se sirve de una abultada sucesión de fragmentos y testimonios, copiados o parafraseados, procedentes de los propios protestantes (del energúmeno Lutero y sus secuaces a los últimos protestantes -es decir, los de la década de 1860-), incapaces de armonizar sus heréticos dislates en un sistema coherente.


29 de junio de 2016

CINE. "El hotel de los fantasmas" (Neil Jordan, 1988)

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La década de 1980 marca el acta de defunción del Cine. Desde entonces, y salvo algunas honrosas excepciones (individualidades marginales con la suficiente personalidad como para no sucumbir a la insignificancia absoluta), esta industria envilecida se alimenta de sus propios despojos en un desesperado esfuerzo por seguir perdurando, cueste lo que cueste... Pues los grandes emporios industriales no se cuestionan a sí mismos: mientras la gente acuda en masa a ver espectáculos nauseabundos, el "cine" puede seguir "haciéndose" (es un decir). La clave de todo este espejismo, obviamente, no es la obra cinematográfica en sí, desde luego, sino el Gran Padre Marketing, ese carcinoma de la modernidad que todo lo pudre e instrumentaliza. 

No es sorprendente pues que un cineasta del talento de Neil Jordan, quien cuatro años antes había arrojado al mundo la excepcional En compañía de lobos, sucumbiera también al mal de la década con este infame Hotel de los fantasmas, una pieza por lo demás no del todo desechable, pues acumula un puñado de discretos aciertos (algunos detalles de puesta en escena, una entidad atmosférica que dota ciertos momentos de feliz gracia fantastique, el castillo donde se desarrolla la acción) que la redimen de la penosa condición de bodrio caro y "bien" filmado y montado.

El pretexto argumental tiene validez y denota audacia en el punto de arranque: el aristocrático/refinado propietario de un castillo/hotel irlandés al borde de la quiebra, idea, en un intento desesperado por salvar su fastuoso inmueble, el peculiar proyecto de hacer de él un hotel encantado, habitado por fantasmas (!). El reclamo publicitario surte efecto y acude a su llamada un pintoresco grupo de turistas norteamericanos, bastante impresentables en conjunto. Sobre este contraste entre lo irlandés (el castillo y sus moradores habituales) y lo useño (los turistas con su vulgaridad a cuestas) se funda el discurso que el filme articula. Mas por desgracia, a partir de la primera media hora, la narración se torna reiterativa y cansina, y lo que en principio bien podía sorprender al espectador atento, pronto degenera en un cúmulo de efectismos y subrayados exentos de cualquier interés real. Ni la interpretación en su conjunto (desmelenada y poco convincente, con una espectacular sobreactuación de Peter O'Toole, frente al inoperante Steve Guttenberg), ni lo grandilocuente del tono adoptado, consiguen sostener en pie un metraje dilatado en exceso, postizo y muy decepcionante. Y es una lástima, porque un trabajo de estas características (pese a la indeseable mixtura de géneros antitéticos en que se columpia), en manos del avezado Neil Jordan bien podría haber dado de sí algo más que tamaña retahíla de estupideces y despropósitos.
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10 de marzo de 2016

CINE. "Perros callejeros" (José Antonio de la Loma, 1977)

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Tras unos comienzos más o menos prometedores, la ambigua filmografía de José Antonio de la Loma (1924-2004) se hundía en el pozo de las aberraciones insufribles con estos Perros callejeros. El autor de piezas otrora estimables como Las manos sucias o Vivir un largo invierno, entre otras, podía pues darse por perdido para el cinéfilo consecuente; pronóstico que, en ¿virtud? del enorme éxito comercial obtenido, se vería cumplido en años posteriores al reincidir en otras tantas entregas de parejos contenidos, incluyendo las dos secuelas -Perros callejeros II: Busca y captura (1979) y Los últimos golpes de "El Torete" (Perros callejeros III) (1980)- del filme que aquí reseñamos.

Más que una mala película (que lo es), Perros callejeros supone un pastiche sensacionalista de la peor estofa, un engendro con pretensiones sociológicas y hasta políticas, algo charlatán e incluso ofensivo para el espectador serio, por más de un concepto. Su estrepitoso fracaso artístico estriba básicamente en tres aspectos, en principio externos a sus valores técnico-cinematográficos, a saber:

1) Absoluta incoherencia ética/moral (por tanto ético-fílmica) en el punto de vista (nos encontramos en las antípodas de un filme como el notable Deprisa, deprisa [Carlos Saura, 1981]): se diría que, durante el grueso del cansino metraje, José Antonio de la Loma parece aplaudir lo que en un principio pretendía condenar (véase a este respecto el irrisorio prólogo, que para más inri está calcado del de la magistral Los olvidados [Luis Buñuel, 1950] aunque la comparación aquí resulta del todo desafortunada); efectismo tras efectismo, pirueta tras pirueta, exceso tras exceso, el personaje (convincentemente auto-interpretado) del Torete, pierde cualesquiera rasgo de humanidad para convertirse en un absurdo monigote en manos del deshonesto enfoque elegido por De la Loma.  

2) Sensacionalismo expositivo peor que ambiguo, con un gusto reiterativo por el trazo grueso y la crónica amarillista. O lo que es lo mismo, una perfecta recreación en los aspectos más truculentos y gratuitos de un conflicto, por ende, trivializado en aras de un espectáculo zafio y nada comprometido (con el problema social al que se aludía en el prólogo). Así, las secuencias se alargan innecesariamente, los detalles sórdidos pasan a ocupar un primer plano en el relato (p. ej. la escena de la violación en Montjuic), descompensando una narración incapaz de aunar desarrollo con elipsis, profundidad y síntesis.  

3) Nula progresión dramática de los sujetos en conflicto: el Torete del final del filme -obviamente antes de su muerte en el aparatoso accidente automovilístico que cierra el filme-, es prácticamente el mismo que el del comienzo, aunque más brutalizado si cabe: un monigote, decimos, sin entidad humana. De la Loma no profundiza en el alma de sus personajes, de aquí su absoluta indiferencia al trazado psicológico que los debería vertebrar como tales: más que personajes, pues, habría que hablar de arquetipos rudimentarios, propios acaso de un anuncio televisivo, pero no de una película medianamente elaborada.  

Técnicamente anónima, Perros callejeros, pese a su feísmo visual característico, abunda en secuencias trepidantes y dinámicas, pero que nada añaden al curso del relato: en especial, esas persecuciones automovilísticas que debieron de llamar la atención del público español de entonces, pero que es más que probable que hicieran sonreír a un William Friedkin o un Peter Yates. Mas por encima de todo, descuella alarmante la violencia sucia de algunas escenas, virtualmente indefendible una de ellas (me refiero a la de la mutilación del protagonista a manos del patriarca gitano del clan...).

Entre tanto exceso gratuito y tanta grisura narrativa, ¿qué queda en pie de estos Perros callejeros? A lo sumo, la triste confirmación de cuán poco podía dar de sí un subgénero muerto apenas nacer: el llamado "cine quinqui".

Zaragoza, 10 de marzo de 2016