17 de marzo de 2008

Exordio a la nada



Nunca le falta a nadie una buena razón para matarse.
CESARE PAVESE

Moriría de un momento a otro: faltaba esperar tan fatal instante. El hombre de la bata blanca me susurró algo al oído que no llegué a escuchar: sólo en la intermitente respiración de mi amigo estaba concentrado todo mi interés, la única verdad, y de sólo pensarlo me estremecí: en cuestión de unos minutos, quizá de unos miserables segundos, ese alma noble y generosa desaparecería en toda su juventud de la faz de la tierra… y lo haría de ese modo tan gris y característico que todos y cada uno de nosotros tenemos reservado en nuestra última e irremplazable hora…
Nuestra amistad, que se remontaba siete años atrás, fue, como todas las cosas importantes que le acontecen a una persona sensible en esta vida, producto de la casualidad, tan inesperada como el primer relámpago de una tormenta veraniega: allí estaba yo, sentado, esperando se iniciase una de esas amables conferencias a las que un viejo profesor nos sometía de vez en cuando, y al poco de mirar el reloj por segunda vez… con uno de esos programas musicales entre las manos, se me acercó: lo conocía de vista, pero era todo un desconocido. Y haré bien en decir antes de nada que su fisonomía no superaba una básica y elemental vulgaridad, pero el individuo, por sí mismo, no carecía de modos y, lo que es más importante, de gravedad en la compostura, además de una discreta y siempre bienvenida corrección en el vestir, y así, por todas estas razones, no me desagradó su, en boca de otros, acaso impertinente pregunta, emitida a continuación con dócil suavidad:
- ¿No habrán suspendido la conferencia, verdad?
Desde luego que no, le repliqué sin que mi réplica pareciese tal. Según él, pasaban "diez minutos de la hora señalada", pero se equivocaba de pleno; en efecto, su reloj iba adelantado en diez minutos: ya entonces me pregunté qué prisa podría tener por llegar a los sitios con esos minutos de antelación… Se disculpó no sin ruborizarse e hizo ademán de ajustar la manecilla de su reloj, pero para entonces llegó el conferenciante, creo que interrumpiendo el proceso de ajuste. Y así comenzó todo.
Una fortuita sucesión de encuentros inesperados bastó para que, en cuestión de pocas semanas, nuestra amistad quedase por entero afirmada. Como estudiantes que éramos, nuestras vidas quedaban aferradas a las aulas y su desolador radio circundante… pero el interés puramente académico era bien distinto en ambos casos: él, que jamás logró apasionarse por nada de lo que estudiaba, necesitaba escapar de allí, buscar otro refugio en el cual "exorcizar" sus "demonios internos", tal y como me llegaría a confesar. Pero tampoco un servidor era feliz: mi vida, tan seca y herida como el cántaro agrietado, carecía de todo fin y objeto, y si algo nos unía, era precisamente esa mediocridad pegajosa que como el tumor maligno campa a sus anchas por el organismo sano hasta que al fin lo aniquila… Nuestro soporte para la amistad, en definitiva, era nuestra mediocridad, acaso no innata, pero sí adherida.
Habíamos nacido, solíamos decirnos con la impericia del estudiante que cree encontrar respuestas absolutas a todas sus fulgurantes dudas, pero nacer no es más que el comienzo de un proceso en el que desgastarse y morir en la inercia vital de los días es una misma cosa, y esta razón que se repite y que se repitió y repetirá hasta que la especie humana desaparezca víctima de su propia inconsecuencia moral y universal, no es más que una razón rudimentaria, de una facilidad perversa y acomodaticia dicha así... Éramos mediocres, no me cansaré en repetirlo, pero en nuestra conciencia latía vivo el germen que diferencia al hombre de la bestia humana, y por ello mismo y a diferencia de otros muchos que malgastaban y malgastarán sus vidas en bagatelas absurdas, nuestro espíritu estaba sediento, y por ello falto del agua cristalina que humaniza y sustancia la vida... agua que en cierto modo nos era negada: estudiando lo que estudiábamos, viviendo en la ciudad que vivíamos, conviviendo con quien convivíamos, respirando el aire que respirábamos, todo, absolutamente todo, nos haría fracasados y viles y embrutecería ese espíritu que por ser tal es débil y fácil de destruir, aunque su voluntad en tanto que espíritu, infinita como la del poyuelo que rompe el cascarón por orden de la naturaleza para salir al mundo y cumplimentar su ciclo natural, no pasase de tener algo impremeditado y mortecino, algo de lo que un joven antes de llegar a adulto dispone por naturaleza y que le será arrancado cuando la sociedad lo emplacé definitivamente en el lugar que le tiene asignado… Nuestro común secreto, claro está, era conservar ese espíritu para no dejarlo escapar como la inmensa mayoría lo deja escapar al llegar a la edad adulta. Eso creíamos.
Pero unos meses después y sin previo aviso, él abandonó los estudios que hasta entonces nos habían unido… lo que bastó para que nuestra relación se tambalease, pues su marcha a otra ciudad para comenzar los otros estudios (en los que por cierto tampoco encontraría mayores recompensas espirituales) era cuestión de hacer las maletas y partir. Yo, bien por pereza, bien por incapacidad propia, seguí atado a la rueda de la rutina académica, pero ya por el mero fin de experimentar con algo nuevo, como así me lo había demostrado, él estaba "por encima de mí", al ser como era dueño de una iniciativa ausente en un servidor, su amigo. Este distanciamiento físico, empero, no rompería nuestra amistad, o al menos eso creí durante un tiempo, ya que ésta parecía quedar afirmada con el día a día a través de alguna carta, de alguna llamada telefónica, siempre con parejo entusiasmo por las cosas que en verdad debieran importar a un humanista vocacional: la literatura, el arte, la música, el pensamiento filosófico… en suma el amor por lo bello, ese puñado de cosas inefables por las que la verdad es posible y así vivir, "luchar y sufrir", adquieren un sentido de posibilidad en las que lo posible es la esperanza, para comprobar así como la vida, experiencia miserable en la que lo doloroso se impone sobre todas las demás cosas, es deber al decir de Kant.
Por consiguiente, nuestros muchos más que escasos encuentros físicos potenciaron la cualidad intelectual de nuestra relación sobre la meramente afectiva: fue en sus cartas donde advertí lo más sincero de su pensamiento: fueron en total doce las que de él recibí, y pese a la belleza armónica y simbólica del número, todo en ellas parecía antes casual que fruto de una reflexión pausada… Si bien su estilo era espontáneo, en contenido y profundidad ganaban lo que acaso de otro modo no hubiese estado tan presente, tan vivo. En una de ellas me decía:

‘Amigo, detesto muchas cosas que en absoluto son detestables, pero ninguna de ellas tanto como la soledad… No, no me refiero a la soledad del solitario, sino a la abominable soledad del mundo, algo insoportable que a todos, en mayor o menor medida, nos corrompe… Necesito relacionarme con las personas, tú ya lo sabes, pero esas personas no me demuestran nada por lo que valga la pena que esa relación siga adelante. Cuando no son incultas y mezquinas, son insufriblemente vanidosas, y hasta cuando la belleza está de su parte, entonces abren la boca y todo se va al traste… ¡Qué frustrante es todo esto! Más que nunca, la soledad del mundo es mi soledad...’.

Y en la última carta, sin variaciones perceptibles tras las anteriores, pero punteando el rizoma de su discurso, concluía:

‘...Me canso de vivir. Cada día que pasa la vida se me hace más cuesta arriba, ¿se dice así? Si no fuera el cobarde que soy sin duda acabaría por matarme, créeme, ya no me asusta la muerte, ¡esto es ridículo!… Aunque puede que hablé así por sentirla todavía distante, muy distante… No sé, no encuentro recompensas auténticas en nada, ni las intuyo en un futuro lejano. Pienso, y al pensar me desmorono. ¡Es algo devastador! Sólo soy un pequeño pensador a la búsqueda de un minúsculo pensamiento que no le desborde. Es irónico recordar en mis pasados planes, en lo lejos que podía haber llegado… Nadie, ni tú, mi amigo, me advirtió cuán cruel, aburrida y estúpida podría llegar a ser una existencia… A veces los tópicos se superan a sí mismos… Pero si de algo me enorgullezco, es de lo que tú muy bien sabes, de ser todavía lo que soy: un soñador sin mañana, y juro por Dios, por Él lo juro, que hasta el día de mi muerte, si es que ese día no llegó ya y el que aquí escribe no es más que un cadáver viviente, lo seguiré siendo… Si no soñamos, ¿qué será de nosotros?’.

No decía más. Doblé la página y emití un concluyente bostezo. Era sobrio y soporífero, pero de naturaleza sentimental, y sí, seguía vivo, su carta lo demostraba sin demora, su espíritu latía joven e ingenuo, mas no por ello del todo inocente… Y bien que habría transitado por otras oscuras sendas que jamás llego a confesarme, pese a dármelas por escrito en los márgenes en blanco. Esto pensé al terminar de leerla, pero las apariencias… apariencias son, y una persona, a fin de cuentas, un ser humano así, cuando escribe no deja sobre el papel más que una pequeña parte de su ser, la mejor parte que puede dar de sí, una parte que por pesimista y negativa que se manifieste, siempre estará idealizada.
El reencuentro, aunque inevitable, tardó casi un año en concretizarse. Era una de esas tardes de verano que no se olvidan con facilidad, en las que el aire está enrarecido y un sofocante calor te aprisiona y no te libera hasta que lo has dicho todo, tal vez impremeditadamente. Él, cuyo blanquecino rostro mostraba claros signos de agotamiento, arrastraba consigo un desequilibrio nervioso más que considerable que subestimé con toda mi torpeza: ¿quién me iba a decir que una semana después ocurriría lo inesperado?
La conversación, de una banalidad hiriente al principio, se tornó más soportable desde el instante mismo en que se atrevió a mirarme a los ojos: fue entonces cuando pude advertir en él algo anómalo, matizado por el infernal calor que nos envolvía: era él y a la vez no lo era, al menos no el joven que había conocido: se diría que sus cartas quedaban muy externas a su persona, y que todos sus pensamientos venían a desembocar en uno, un único y pobre pensamiento que bastaba para a duras penas comprender el alcance de su incomprensible tragedia vital: la confirmación de que toda su vida había sido un mal sueño, y que el soñar dentro del sueño no bastaba para reparar todas las pérdidas que, unas tras otras, se le habían sucedido.
Una frase de esas que como punzones hirientes vamos recogiendo cual sembramos a lo largo de nuestras conversaciones puso punto y final a nuestro desafortunado cara a cara de hora y media:
- Poco has cambiado… pero la vida… ésa ya no está contigo.
Así lo dijo, y asentí, como aceptando con toda mi tranquilidad tamaña afrenta: con inconsciente maldad me estaba pidiendo una ruptura inmediata, un punto y final, el que iba a poner fin a nuestra amistad para acabar con aquellos siete años que ahora se me aparecían en toda su fragilidad como burdos y olvidables.
Aquella noche no dormí, pero en mis cavilaciones pude al menos comprender algo de aquella frase, la última que me dirigió: acaso él había venido a comprobar algo, y ese algo, yo, su amigo, no le había defraudado en sus expectativas, pues ese "objeto de su confianza" se había inficionado, perdiéndose para siempre, absorbido por el tumulto, en el engranaje social de la mediocridad y la indiferencia, y todo ello comprobado y recomprobado a lo largo de una conversación que no era más que una confirmación de que todo individuo nada debe esperar del otro, y que yo, su mejor amigo, el único, en absoluto podría ayudarle en su Gran Problema vital. Fuera esto o no lo fuera, nada mejor saqué en conclusión; pero no pondría la mano en el fuego.
Dos días después recibí una llamada: al otro lado del teléfono, una voz de mujer a la que se había arrancado el menor rastro de sensualidad, dijo:
- ¿Es usted el amigo de…?
Sí, yo soy, ¿qué… ocurre?, le pregunté sobresaltado, acaso anticipándome a algo…
- Su amigo ha intentado quitarse la vida -oía bien: quitarse la vida- tirándose desde el puente P… Vive de milagro.
Apreté los dientes, colgué y tomé aliento. Trece minutos después, trece precisamente, llegaba al hospital. Una enfermera pelirroja sin cofia tuvo la gentileza de guiarme por los corredores… Todo el hospital apestaba a cloroformo y lejía, muerte y limpieza. De vez en cuando, una pareja de camilleros trasportaba algún bulto cubierto con una sábana blanca. Rostros arrugados encogidos bajo las mantas dormitaban en una sala de espera. Dos bombonas de oxígeno eran dos bombonas de oxígeno y no otra cosa. Todo era mortalmente repugnante, lesivo y destructor para un espíritu puro… y sin embargo la vida se imponía con una rotundidad pasmosa, todo era actividad, incluso en aquel medio cadáver de la habitación que hacía esquina y que luchaba grotescamente por prolongar entre estertores su suplicio por unos segundos más en este valle de lágrimas… Torcimos a la izquierda y allí estaba mi puerta.
Juro que lo que allí encontré ha destruido mi visión de la vida para siempre: ahora que ya ha pasado todo pienso que no debí sobrepasar su umbral, y me basta con mirar más atrás para confirmar que cometí un error descolgando ese teléfono que por pereza pensé no descolgar, y que al hacerlo e identificarme como "el amigo de…" cometí otro mayúsculo error... Errores, sólo errores. Somos jóvenes, y ya estamos acabados, pensé sin pensarlo siquiera dos veces al verme allí, en ese cuartucho sin vida: seré indigno de ello, pero en ocasiones me pregunto: ¿se intentó matar por mí? ¿Qué quería demostrarme con toda su entrega al hacerlo, con todo su desprecio amistoso hacia mi persona? ¡Y qué más me puede dar! Pero mi indiferencia no puede ser tal, me digo, y recuerdo que sigo allí, en aquel espacio fúnebre, y que él, mi amigo, al verlo como lo estaba viendo, perdía desde entonces esa consideración para conmigo. La cabeza, amoratada y con un profundo corte que le dividía en dos mitades irreconciliables el rostro, haciendo de su nariz meseta agujereada, me recordó por unos instantes una cabeza de cera a la que un puñado de niños salvajes ha mutilado con punzones, cebándose con especial impertinencia en el ojo izquierdo, reducido a una minúscula comisura reseca por la cual la sangre no puede fluir o simplemente ya ha manado toda… ¡Y la dentadura!, ¿dónde estaban sus blancos dientes? Tan apenas un par de premolares descubrí cuando se sonrió, o al menos así me pareció. ¡Qué lastimoso era todo aquello! Los órganos vitales, dañados tras una caída a la que se habían sucedido los terribles golpes y la ingestión ingente de agua contaminada, eran "órganos irreparables", tal y como me confirmó el hombre de la bata blanca, todo un funcionario de cuya frialdad no debí haberme extrañado como sí me extrañé: después de todo, mi amigo no era a sus ojos más que un paciente que por irreparable "debía" en breve desaparecer… Y luego estaba el dichoso hierro que le había perforado el pulmón derecho, como me explicó con hiriente morosidad… ¡Ah! Podría eternizar la morbosa descripción del desgraciado porte de mi irreconocible amigo, y no acabaría, acabaría y tendría que volver a empezar, acabar y empezar para nada… Y lo más patético es que hasta intenté con él comunicarme… pero fue en vano: aunque seguía consciente, había perdido el habla, y todo lo más esbozaba con el rostro muecas detestables que parecían querer decir a través de su inmovilizado cuerpo que casi acababa de lograrlo, que casi estaba muerto… y que si no lo estaba era "de milagro"…
Doce horas después su corazón dejó de latir. De los escasos objetos personales que llevaba encima me quedé con su reloj: no me equivoqué, seguía en diez minutos adelantado al mío.

Diciembre de 2006

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