14 de abril de 2008

EL DESPEÑADERO (Novela-monólogo)

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Anton Bruckner (1824 - 1896)


Martes 11 de enero

Pocos son los que al morir osan mirarse en el espejo, escuche una vez de la audacia de mirarse al espejo en el último trance... En la caída de la tarde, con mis ojos abiertos frente a mis ojos abiertos en su reflejo, a pocos segundos de mi muerte, de la que poco sé, nada queremos los mortales saber más allá de la hueca palabrería que adornará nuestros epitafios, de la que nada debería saberse a la espera de su abrazo, ahora sabré... de esta suave caricia que me extingue llenándome de gozo, inflándome los pulmones de aire pesado, así me abraza, me toma haciéndome suya... creo que sí, que desde este instante soy ya suyo, es ya mía... pocos somos, pocos seguiremos siendo los que al morir osemos mirarnos al espejo. Aclaro por lo demás que no pedí ser incinerado, mas tampoco enterrado, menos pues en un agujero de ocho pies de profundidad en el suelo, tampoco eso... y la tierra, ¿o no se han preguntado, por todos esos metros de tierra húmeda encima, cuántas noches podrá, puede sin quebrarse soportar la tapa de un ataúd de blanda madera? Era la que es una pregunta que desde la infancia me hacía, sobre todo al pasear entre las tumbas, al descubrir esos agujeros en el suelo acabada la llovizna, una lluvia finísima, creo recordar, perceptible a la vista apenas aunque infalible al tacto, desplegada mi mano. Sí, yo me crié con los ojos puestos en un cementerio, entre sus cuatro muros macilentos; desde mi ventana, asomándome al abrirla todas las mañanas, daba con el punto exacto, en este agujero en el que al fin descanso, por punto de fuga en mi cuadro: era la obviedad de mirar al reloj y seguir estando, miraba y seguía y nada me hacía pensar, aunque lo pensara en el fondo, que mi condenada carne acabaría pudriéndose a ocho pies de profundidad en el suelo, en este punto exacto, pudriéndose está lentamente: la sangre espera quieta, ya no fluye, vuelve a su origen para latir junto a la tierra, necesitada de mi sangre, no mi sangre, no más sangre. Debí pedir ser incinerado, y no, por nada del mundo no, enterrado. Las cenizas que de uno quedan lo hacen regidas por el viento. ¿No soñemos de niños con volar como los pájaros? Es nuestra única oportunidad material, ¡y con qué indiferencia la aceptamos! Las cenizas que de uno quedan son sólo cenizas, no así el cadáver, su apariencia, a la manera de un pedazo de propiedad sobre el que descargar con mayor verdad las miserias del recuerdo, en tanto en cuanto el cadáver de uno pasa a ser de la familia, estando a su servicio, es a la familia y de ella forma parte viva por unos años, está escrito. Sí, yo me crié junto a un cementerio... pero ésa, pese a formar parte de ésta, sería ya otra historia, puesto que la que aquí me interesa, es decir, la que no puedo arrancarme de esta cabeza, arranca la noche anterior al día de mi muerte... ahora. Tras un esfuerzo intelectual de varios meses sin tregua, daba, doy al fin por concluido mi escrito, el Análisis, lo llamaba, así lo llamo, de la Novena Sinfonía de Anton Bruckner, de la que, tras más de dos mil audiciones, no dejo de hacerme idéntica pregunta, a saber ¿para qué? Y no encuentro, no podría encontrar respuesta aceptable que me sugiriera un triunfo rotundo sobre el material que dejo escrito, más de dos mil páginas, primero, apenas doscientas, luego, al dar por concluido el esfuerzo. No es fácil la Novena Sinfonía de Bruckner, aunque tampoco entraña una dificultad mayor que la que muchos otros malos analistas han querido ver, puestos a no escuchar. La Novena de Bruckner, al igual que toda gran sinfonía, es un gran esfuerzo en sí misma, es decir, mientras se crece en el aire, irritando, emocionando, al que la analiza, así se debería partir, parto yo, apartando a un lado todo posible cerebralismo, antes de dejar nada escrito, por indeciso, por paupérrimo y, tras más de dos mil audiciones, nulo; lo escrito, por consiguiente, no es nada frente a lo que llamamos, deberíamos llamar Música, acaso una provocación, oficio de musicólogos irreflexivos, una forma de vulgarizar lo inefable, de hacerlo expresable llamándolo música... pero la grandeza de la Novena de Bruckner, como todo en esta vida que es vivido termina por no ser, cansándonos primero, agotándose, luego incapaz de sublevarse contra la mezquindad del mundo, finalmente... Ni recurriendo a Bach o Mozart o Beethoven, tampoco con los más grandes sería suficiente, el análisis más pormenorizado, el análisis definitivo, tras innumerables audiciones, pongo por caso... por otra parte, Bruckner es al exceso lo que Bach sería a la concisión, aquí un tópico. Es ya una convención valorar a un compositor por la claridad de sus contenidos, desde el principio en la forma, luego en el significado, y en esto, Bruckner, con la excepción de su Novena Sinfonía, que es lo mejor que de él salió, y salvando la Séptima, casi en su integridad, y la llamada Romántica o Cuarta, en menor medida, así como la Tercera Misa, su obra restante en exceso resulta retórica, desigual, diría un pedante, fue lo primero que a él le dije, al musicólogo corrector, que sin prestar demasiada atención a mis no tan evidentes observaciones seguía frotándose con el dedo índice de su diestra su párpado izquierdo, sigue frotándoselo... por eso, sigo, una obra como, por ejemplo, su Tercera Sinfonía, dedicada "al alto y biennacido" Wagner, así Bruckner, tan sobreestimada, resulta desalentadora incluso en su tercera y en apariencia más acabada versión... tras un primer movimiento no del todo desdeñable, dije, pronto degenera hacia la más hueca y estruendosa indefinición catedralicia, lo que no ocurre hasta semejante extremo en la Novena, en la que todo, pese a su indefinición aparente, termina por saber a música, es Música. Detesto el ruido inconsecuente, añadió él ahora, y Bruckner, por lo demás, no es un gran genio como sí lo fueron Bach o Mozart o Beethoven. Sí que es digno de mi respeto, un maestro segundón de la primera fila, pero no un gran genio, algo en lo que muchos de mis colegas insisten, sigue y seguirán insistiendo en que Bruckner es un gran genio, un maestro sin parangón, algo ridículo... claro que no pienso como ellos, puesto que al católico Bruckner, más allá de todo análisis, me interesaría escucharlo y acaso analizarlo un día, el día apropiado, para degustar lo bueno que tiene, que ciertamente no es poco, y precisamente empezaría por lo que usted denomina su obra maestra, que es la inacabada Novena Sinfonía, su única obra absolutamente redonda, por la que bien podría ser tachado de maestro sinfonista absoluto... y no mucho más de su obra, puede estar seguro de que coincido con usted en este punto, en la absurda empresa del análisis definitivo, e incluso le puedo asegurar que tampoco Mozart o Beethoven resisten el análisis definitivo, ninguno de ellos lo resiste... entre la vida y la muerte todos acaban por resultarnos aburridos y aborrecibles... en definitiva musicales, que no Bach, no él... el Grande entre los grandes... puesto que resiste, sobrevive a todo análisis definitivo, creo... sí, seguro estoy de ello, llegó a decir... y no tiene más que dejarse arrastrar por una obra de las dimensiones de su Misa en si menor, ¿sabe a lo que me refiero? No es música, tal vez un sendero de luz... no, desde luego que no sabe a lo que en el fondo me refiero, he de suponer, aunque quizá tampoco yo, tampoco yo, sin más él... Y para oír esto, toda esta estupidez, he tenido que caer en la también estupidez de entregarle el Análisis, así tras un esfuerzo intelectual de varios meses, y no llegaré, aunque tampoco lo necesito, nunca podré en lo ideal llegar a conocer la calificación de mi Análisis tras la corrección del musicólogo corrector, ese detestable charlatán por el que debí, he debido, agachar la cabeza, siempre, una y otra vez, hasta el día de ayer, no hoy, ahora bajo tierra, no así mi Análisis, bajo su dominio... ya me imagino su cara, la cara de alegría que pondrá, que debió poner al conocer mi estado, al saber que lo que tenía entre sus sucios dedos bien podía, por tanto, pertenecer a ellos, he de suponer... que lo hará sin duda suyo, mi esfuerzo intelectual de varios meses, tras más de dos mil audiciones e idéntica pregunta... ¿para qué? ¿De qué sirve tanta grandeza? Sigue quedando todo en nada, concluido mi entierro, escucho sin pretenderlo el peso de las paladas de tierra caer sobre la tapa de este ataúd por dominio que me contiene, aplastándome... casi sin pretenderlo escucho las voces, sus voces, arrastrándose por los márgenes de la Misa en si menor de Bach, que todavía, después de tantos años, sigo padeciendo concluida la lección de Historia de la Música, esa repelente asignatura, mixtura de simplificación y heroísmo cristiano, bajo las instrucciones de cierto maestrillo muy del gusto profano, otro indignante individuo incapacitado para su triste oficio, ciego de tanto cerumen acumulado en sus nada musicales oídos, lo padecí hasta hace dos años, y ya de tanto empaparme del impar Bach acabé por aborrecerlo, sigo aborreciéndolo. ¡Cuán odioso me resultaba ese estilo suyo! Esas formas de él por ellos llamadas concisas, esa pretensión por repetirse haciendo de su adormecida mente un muestrario de lo bueno y lo bello de una tradición harto pringosa. No pasará el genio Bach de ser conocido entre los charlatanes de los círculos de la charlatanería como el hombre de los veinte hijos, fecunda producción musical aparte, aunque de paso no dejen de programar aquí y allá su paródico Oratorio de Navidad... para que mientras yo me pudra, me siga pudriendo dentro de esta caja de blanda madera hasta el hueso, el mundo siga escuchando, viendo sobre todo lo que ni el mismísimo Johann Sebastian Bach vio, creyó ver, nunca en su obra, lo que jamás pudo imaginar más allá de su falsa modestia. ¡El Grande entre los grandes! ¿Qué cosa nacida de la carne puede ser en verdad grande? Ni la música misma, la más alta forma de expresión artística, puede separarse de la carne... acaso esté en el aire, pero nunca será lo que es sin permiso de la carne, su carne.. hasta que ésa su carne también se pudra, y podridos nosotros, perdido todo legado. Por ello, pretender someter a un análisis definitivo una obra como la Novena de Bruckner resulta cuando menos odioso, en cuanto analizarla en sí misma sin comprender su significación en otras obras y autores posteriores resulta inconsecuente al limitar una perspectiva en la que nada está dicho, plenamente dicho al menos, y oportuno sería indicar que sin Bruckner, no sin su Novena, no sería posible en consecuencia comprender a Mahler, como tampoco a Shostakovich, bajo la influencia de Mahler, amigo de Bruckner. Las conexiones podrían estirarse hasta el más complaciente absurdo para disfrute del impertérrito musicólogo que, como ya señaló cierto maestrillo no sin sonrojarse en su obviedad, por obvio se sonrojó, la Novena de Bruckner encuentra su reflejo en la Quinta de Mahler, en la Quinta precisamente, sí, y ésta última junto a La canción de la tierra, aventuró además, afecta, afectó especialmente al Shostakovich sinfónico posterior a la Cuarta, sinfonía que bebe directamente del Mahler de la Sexta, han de saber, dijo, sigo preguntándome ¿para qué? Asimismo, ¿de qué sirve percibir todas estas conexiones sin comprenderlas? ¡El Maestrillo entre los maestrillos! ¿Qué maestrillo que aprendió de maestrillos puede dárselas de maestro? No requiere de un esfuerzo grande, siquiera de un mínimo esfuerzo distinguir a un maestrillo de un maestro. A primera vista, el maestrillo resultará ser siempre un tipo oscuro, cabizbajo, abrumado por el peso de su innata mediocridad, incapaz de llevar con dignidad una mentira que en mucho le supera, a menos que sea un bellaco, de esos engominados tan inenarrables que sonríen a las alumnas mientras descifran de pasada su mentecata agenda amorosa, o así. Ya en el aula, frente a su sempiterna mascarada de oyentes, el maestrillo se delatará sin pretenderlo: no reflexionará con profundidad nunca por sí mismo ya que todo lo dicho habrá sido dicho mecánica y superficialmente, nada nuevo aquí, puesto que sus palabras no son suyas, nunca lo serán, decididamente no, acaso refritos de libros incapaces, fáciles remedos de ridículas voces, a su vez remedos de otras, de modo que todo suene a hueco, a lo que acostumbra a sonar siempre, a la manera de cierto maestrillo de varias cabezas que ahora no recuerdo. Frente a tanta bajeza, el maestro diferirá del maestrillo en algo tan mal visto por la sociedad como es que su palabra logre calar, herir en el mejor de los casos, sobre la conciencia de su alumno, haciéndole replantearse su función en el mundo a través del estudio, puro pretexto, para ofrecerle con sutileza y buen gusto su visión de las partes integradoras del todo, ya sea la Novena Sinfonía de Bruckner a Bruckner o Bruckner a Mahler o Bruckner y Mahler a la Historia de la Música; de este modo, la formación del alumno debería, debe ser doble, a saber: por las partes, en lo correspondiente a su campo de estudio... y, en lo correspondiente al todo, es decir, su visión de conjunto aprehendida a través de la motivación del maestro, no por medio de su palabra, ya que los maestros no necesitan de ella para transmitir el saber, así llamado, les basta hacerse con ella para dar al alumno, en un intercambio de intelectos del que todos logran algo, no tanto de lo que por conocimiento entendemos como de lo que por moral deberíamos entender, dando al menos sentido al ¿para qué? Así, el maestrillo iniciaría a sus alumnos con Bizet y Verdi, muy de su gusto, que no es, mientras que el maestro haría lo propio con Bizet y Verdi, acaso apreciables, pero también con Rossini y Wagner, algo más, en verdad de su gusto y a su gusto. El primero no pasará en el mejor de los casos de la transmisión de la simple asimilación, sin mayores consecuencias en él y en los demás. El segundo se interrogará, con mayor o menor fortuna, pero se interrogará a sí mismo y por él mismo, luego sin dejar de lado su propia asimilación, nunca de lado, acercándose a los libros en caso de duda, falto de ideas por tanto, es evidente, mas dando a su juicio, más allá de la lectura, de la opinión del otro, la última palabra, la suya por transmitir, de este modo muy pocos, contados musicólogos. En la más elevada forma musical, la sinfonía, el maestrillo dependerá por entero del manual, rebasado por la complejidad intrínseca de la misma, en mucho superada su capacidad; por consiguiente, pese a su incapacidad, serán los llamados grandes maestros sinfonistas los epígrafes de su temario, así Beethoven, Brahms, Haydn, Mahler, Mendelssohn-Bartholdy, Mozart, Rachmaninov, Schubert, Shostakovich y Tchaikovski resultarán los más recurrentes. El maestro sabrá marcar la diferencia al acompañar a los anteriores de otros maestros sinfonistas menos considerados aunque de primer, no primerísimo, orden, así Berwald, Nielsen, Rubinstein, Scriabin o Szymanowksi, pude apreciar en un único musicólogo, a estas alturas jubilado... Queda luego Bruckner y su Novena Sinfonía, obra que a ninguno debería dejar indiferente, tampoco al musicólogo corrector, no dudé en pensar antes de entregarle el Análisis que se quedó mirando, boquiabierto lo sigue mirando, en el instante en que doy por terminado mi esfuerzo dando un portazo, está dado, al salir de su cuartucho... para dar con la maldita salida de una vez, la misma salida... ya que no aguanto más aquí, llena la luna, de tanto que me pesa la cabeza, y con todo aguanta ésta bajo su influjo, mas parece que va a estallarme, a reventarse, para con ella reventarme, de tanto que me pesa y me duele, por tantas horas, tras más de dos mil audiciones de la Novena de Bruckner, puedo afirmar sin temor a equivocarme. Sí, yo he amado en algún imperceptible instante de mi vida la Música, hasta el fondo la he amado y en ella me he aburrido buscando acaso inconscientemente en ese imperceptible instante, abrumado, la pregunta que me liberara de estas cadenas al reducir a su justa expresión todos mis temores... pero la vida, escuché desde niño, me obligaron a creer desde entonces, no respeta nuestros temores, por nada del mundo no, se sirve de ellos, los hace nuestros, sirviéndose está, para hundirnos, para hacer de nosotros unos más mediocres e inconscientes resignados... Ignoro lo que soy, y quizá por ello nada me impide mirarme al espejo en el momento de mi muerte, a pocos segundos de ella, sin caer en el llanto... por estos ojos, que sin duda fueron míos, todavía lo son y por contra me resultan tan desconocidos, otros que pegados a este rostro que tan poco me dice, durante casi treinta largos años lo han sido, los he llevado, mas... ¿para qué? No responderé... mejor haré afirmando que no responderé después de mi suicidio, aclaro lo de mi suicidio, todavía no ejecutado, en él sigo pensando y hacia su consumación camino. Ciertamente está ya el aire muy pesado, infecta la atmósfera de un gas, esta brisa que mata, lo sé, lo he oído y con ello me basta... es una muerte plácida, la intuyo, una de la que todavía podría escapar a poco que diese un salto de la cama... que abriese las ventanas... dejando entrar el aire, el mismo aire de siempre... ¡pero cuán tentadores son los efluvios de este aire que mata! Y el Análisis, de nuevo el Análisis, en él pienso a cada rato a modo de epílogo... y ¿para qué? El trabajo escrito no es nada, me tranquilizo de pensarlo, y nada nuevo es que todo trabajo no sea nada, absolutamente nada, nada digno de estima tras más de dos mil audiciones, tras un esfuerzo de varios meses, este esfuerzo que llevo por marca en el rostro, insatisfecho por horas de incertidumbre, un vacío ante la inmensidad de una dimensión que me supera convirtiéndome en un inofensivo mediocre, una hoja en blanco salpicada de borrones, más allá de todo lo escrito, del Análisis, mi tiempo escrito, el único que dejo, por tanto en esta vida, entre los sucios dedos del musicólogo corrector, ¿de qué corrector? ¿Y qué me podría corregir? ¡No! No me podría corregir, no él, pero corrige, es su oficio y por ello le pagan, no por mi esfuerzo de meses, por mi Análisis como resultado y no por la Novena Sinfonía de Bruckner, para nada por Bruckner, supondré bien sin errar. Luego ¿para qué morir pues definitivamente? Morimos en la caída de cada tarde que pasa, así muero, es una verdad a medias, una verdad entera después de muertos, pienso, pensaron mejor incluso otros que ya están muertos... y de sentir el peso de esas paladas de tierra sobre la tapa del ataúd de blanda madera... ah de la lluvia, la humedad que en el cementerio a uno traspasa, hasta el fondo lo pudre todo... llenándome está de caricias el cuerpo. No, no puedo evitarlo, pero he de evitarlo. No, no puedo, nunca podré saltar de la cama para abrir las ventanas y dejar que entre el aire, el mismo aire de siempre... mientras ella me toma, la abrazo, y dejo caer el espejo... ¿no es estúpido su reflejo? Soy, he sido realmente un estúpido, es mi único, posiblemente el último, pensamiento lúcido de esta mente agonizante que ya no piensa, que se niega a seguir pensando, desde este instante en sombras, borrosa la estancia, más pesado el techo, las manos, los pulmones a punto de estallarme... y la sangre, la que me corre por los oídos manchando de sangre la funda de la almohada... pero algo simplemente penoso me impide lanzarme, y sigo con todo pensando en el Análisis, en lo único que de mí va a quedar más allá de mí, ¡todavía es pronto!, ¿No es estúpida y además ridícula la pretensión de quedar más allá de mí? Ciertamente lo es... Acabo, acabé pues saltando de la cama, y lo hice, lo hago al no dar por concluida esta burda historia, por amor a la música, puro pretexto, por el placer de volver a escucharla sin dejar de mirarme al espejo, salto de la cama y toco suelo pisando el espejo, firmo una grieta que de arriba abajo lo atraviesa, dándome casi un golpe en la frente con la esquina de la mesilla, a punto de estallarme los pulmones, me sangra el pie derecho y los oídos y sigo respirando de lo irrespirable, a pocos metros de las ventanas, abro una, están abiertas... y el aire, este maldito aire de siempre, cierto es que sigo vivo, decididamente sí, tras más de dos mil audiciones de Bruckner, me niego a seguir viviendo, así no, no de este modo... Suena el teléfono, pero no lo cojo, lo dejo sonando, hago como si al fin estuviera muerto, es lo único que me pasa por la cabeza... que podía, debería estar muerto, sigo pensándolo, indiferente ante el irritante mecanismo sonoro del teléfono... hasta que algo recuerdo de pronto, será el cineasta, me digo a poco de tomarlo, pero ya para entonces el ruido ha cesado, y mi rostro extrañamente no es uno, aparece por duplicado dentro del espejo agrietado. Bajo la manija del gas, apagado queda, y me hago del cajón con dos pañuelos de algodón blancos. Con uno me seco los pies ensangrentados, despacio... mientras con el otro detengo la hemorragia externa del oído, más despacio... es lo que mejor podía ocurrirme, me digo mientras ojeo la agenda y leo, releo el nombre borroso del cineasta, cita a mediodía con el cineasta de siempre en el lugar de siempre, es decir, con él y en él tenía pendiente esa cita, como de costumbre tres veces por semana, es cierto, recuerdo con la mente más clara, más rebajado el dolor de cabeza, juraría que ya no me va a estallar, sí... ésta es mi cabeza mas parece otra, una cabeza que tras más de dos mil audiciones de su objeto de estudio se niega a recordar que de la primera a la última nota asimiló plenamente su ausencia de sentido... todas esas notas que pululan en mi desesperada cabeza, cometido tamaño exceso, por un escrito, el Análisis, hasta el fondo... ¿para qué? Sigo sin tocar suelo. Miro de refilón el reloj... y ya pasan diez minutos de las doce, lo que explica su llamada, por tanto. He de tocar suelo, por una vez más lo tocaré, lo estoy tocando, para levantarme de la cama y asearme para, vestido y calzado, pisar el suelo de la calle, todo en cinco minutos, camino del lugar, a diez metros del lugar... él, el cineasta, espera sentado en el lugar de siempre, un poyo junto a una cabina telefónica de la que en caso de retraso, hoy mismo, poder llamarme, le veo mirando el reloj impaciente, su reloj de siempre, le diré que lamento el retraso, que simplemente salía, salgo de un suicidio frustrado, tengo que decirle, decidido le digo esto y él asiente, bien guardándose su opinión, que prefiere guardarse, aclara indiferente; prefiere no opinar y no le fuerzo a ello, claro que bien podría no estar al estar definitivamente muerto y por ello tampoco le forzaría a ello, valga la redundancia. Que si ya he visionado La caja de Pandora, film de Pabst por el que dice sentir gran estima, me pregunta, a lo que le respondo que si bien lo he visto, todavía no lo he visionado. "Pabst fue un genio de primerísimo orden, casi a la altura de Murnau", dijo. "Pabst, si me permite la odiosa comparación, es al cine lo que Stendhal supuso, supondrá por siempre a la literatura, así lo creo y así lo seguiré creyendo", añadió. "Pabst será olvidado, no así Murnau. De Pabst ya nadie discute nada con rigor, mientras que del Nosferatu de Murnau hasta los más repulsivos púberes emiten juicios de valor en ocasiones y de manera involuntaria con mayor enjundia que cualquiera de los llamados críticos especializados", y volviendo su mirada al reloj, dijo, dice: "Es la hora"... por lo que vamos, yendo estamos, pese a mi retraso tras lo otro a la hora de siempre... camino de la mesa de siempre, a la que al fin nos sentamos, en la cafetería de siempre... y el rostro pálido desde cuyo su silencio me replica y por cuyas manos llevo sintiendo cierto placer desde meses nos sirve lo de siempre, cierto placer también por algunos objetos del lugar... Que si ya he leído su crítica sobre Walter Ruttmann, me pregunta, a lo que le respondo que no, que ni en lo más mínimo la he leído, tampoco ojeado todavía, ya que nada referido a Ruttmann me interesa realmente, máxime teniendo a Pabst, luego no es extraño que prescinda de Ruttmann, también de su crítica, la Crítica sobre Ruttmann que con todo intentaré leer algún día. Dice: "Ruttmann no fue un genio de primerísimo orden como sí lo fue Pabst, fue algo menos definido... un poeta propenso a contemplar las cosas dos veces, dando por válida la segunda, siempre la segunda... luego un artesano de las imágenes consciente del problema de lo que se debería ver y por contra no se ve, alguien que cansado del mundo visto buscaba en ese callejón sin salida que es la abstracción fílmica una forma que no resulto ser la Forma, de puro superficial y aburrida resultó esa forma, sigo pensando en la interpretación deshumanizada que del mundo y de manera tan poco acertada ofrece la abstracción fílmica, precisamente como consecuencia de Eggeling, primero, y de Richter, después, así Ruttmann fue Ruttmann, tras esos toscos antecedentes de su forma, su cine, un cine en el fondo inane, un experimento que no es cine, así Ruttmann resulta absurdo en lo más, es decir, en su propia innovación, incapaz de resistir el segundo visionado que soportan los realmente grandes sin decaer, luego sin hundirse en el sopor de estar viendo algo que desde el primer fotograma sabe a estéril y falto de gusto. Ahora bien, Ruttmann, a diferencia de Pabst, aporta algo nuevo e irreducible: su cine, sus imágenes en movimiento por tanto, rompen con todo lo anterior y anticipan futuras reiteraciones, puesto que prescinden directamente del elemento humano al filmar esas figuras geométricas en movimiento hijas de la pintura que van, que vienen, envueltas en color y acompañadas de música pero sin apenas continuidad, he aquí su defecto, teorías cinematográficas aparte, le puedo asegurar tras varios visionados totalmente inútiles de Ruttmann. Y Pabst, ¿qué no aportó realmente nuevo el humanista Pabst? Pues nada, definitivamente nada nuevo en la forma, absolutamente nada, acaso releer el todo que dejó Griffith a través del montaje, pero renovando ese todo en el fondo, más que nunca en el fondo, puliéndolo a partir de su conocimiento de los montadores rusos, atravesando así el muro de ese callejón sin salida que él y sobre todo Murnau abrieron y que todavía sigue abierto, seguirá estando abierto, apenas explorado por los pocos cineastas dignos de ser así llamados, esos contados grandes maestros del sonoro, esos primerísimos poetas que como Bresson han visto lo que se ve y también lo que no se ve sin cansarse de lo visto a la espera de lo que está por ver... Pabst es a la luz de una estrella lo que Ruttmann fue a la de una bombilla. El primero revoluciona desde la normalidad: el segundo termina normalizándose víctima de su propia revolución anormal", y esto lo dijo antes de dar el primer sorbo a su taza de café, ahora lo está dando mientras lo observo y me pregunto qué es lo que en su imprecisión me ha querido decir, en tanto que una comparación entre Pabst y Ruttmann resulta indeciblemente odiosa, de puro distanciados los encuentro aunque los dos hagan cine... mas no le discuto, estúpido sería discutirle algo en lo que se encuentra como pez en el agua, dice, no así yo, pienso, puesto que necesito de la música para comprender en una posible totalidad la imagen... pero él no entiende, no quiere entender con profundidad de eso a lo que los oídos atentos llamamos Música, le basta con la música sin más, sabiendo un poco de ella para en la precisión auténtica ignorarla por entero, careciendo por tanto de un gusto propio-por-pensado, toda una carencia para ser hombre de un oficio que requiere indudablemente de cierto gusto propio en lo musical, tan descuidado siempre por los cineastas. Recuerdo que para su primer largo de ficción, frustrado y con banales pretensiones artísticas, escribí en mi diario confirmadas mis sospechas tras verlo, que no visionarlo, contrató a un musicastro de cuarta para que le crease una partitura a la altura de las circunstancias, partitura que resultó ser un alarde de disonancias carente del menor sentido musical; juraría que incluso le gustó tamaña aberración, mas para su segundo y último hasta la fecha largo de ficción, no mucho mejor, prescindió estrictamente de música, todo ruido, pese a que en determinadas secuencias le propuse introdujera algunos fragmentos del más apropiado Satie, aceptó al principio, acabó por desechar mi propuesta tras escuchar con detenimiento dichos fragmentos, dijo, por lo que debió quedar, he de suponer, tan decepcionado en su ignorancia que prefirió no pensar más en el tema, pensé, sigo pensando de aquello a lo que me respondió que era la música menos cinematográfica que podía utilizar, fue lo último que de él pude esperar, puesto que Satie es un compositor tremendamente preciso y válido por tanto para acompañar imágenes sin crear confusión alguna, fue mi sencillo y hasta ingenuo razonamiento, que en nada le satisfizo, es lo que de entonces recuerdo... y ahora lo tengo delante acompañado de su cinematográfico ruido, a poco más de un metro de distancia mascando a dos carrillos un pedazo de su pastel de manzana de siempre mientras yo no hago nada de eso con mi pastel de avellanas de siempre, me sigue quitando el hambre verlo mascar ese pedazo de pastel de manzana, tan jugoso en comparación al mío, juraría que esto mismo ocurrió aquí y a esta misma mesa el día que declinó mi propuesta de recurrir a Satie para su segundo y bien prescindible film. Recuerdo que dos meses después, finalizado el montaje de su ejercicio cinematográfico, como dice, me presto un escrito suyo, su mejor escrito, dijo a favor del mismo, de unas cien páginas y que bajo el título de Sobre la música cinematográfica pretendía diferenciar dos tipos de música claramente irreconciliables, a saber: la música cinematográfica, por un lado, y la música no cinematográfica, por el otro, luego la buena música de la mala música para películas, así literalmente lo dejó escrito; para él, una buena música para películas sería la que escribió un compositor como Miklós Rózsa, un músico realmente cinematográfico, frente a una mala música para películas, que sería algo así como lo que salió de las manos de Max Steiner, ese evidente emplasto de sonoridades estandarizadas, claro que por lo que a mí respecta el mejor Rózsa no es el Rózsa cinematográfico, que bien poco me dice, basta acudir a sus composiciones puramente musicales, así ese notable Concierto Obertura, y que ciertamente ratifica, ratifican un talento melódico estimable, mas sin tratarse de un gran maestro, decididamente no, quedando pues en la obvia segunda fila de los músicos interesantes, por lo general olvidados en el tiempo salvo casos aislados, luego eclipsados por los grandes maestros, de este modo Bartók eclipsa a su compatriota y éste sobrevive en el tiempo a través de su música cinematográfica, la que lo hace ser Rózsa, sus partituras cinematográficas pues, aquí la constatación evidente de la indiscutible inferioridad de la música cinematográfica frente a la música en sí misma, apunto, esa música en sí misma frente a esa otra música decorativa y hasta efectista, puro vacío las más de las veces, necesitada de imágenes que la potencien dada su inconsistente ligereza, sigo sin quitarme de la cabeza la Novena de Bruckner, así tras más de dos mil audiciones a la espera de la corrección del Análisis por parte del musicólogo corrector. Dice: "El cine tal y como hoy es concebido no es cine, no puede serlo, es otra cosa, algo abominable y que me provoca una irritación insufrible, una pasta repugnante que se me pega a cada plano en los ojos, por todo fotograma que pasa, de ver lo que no deseo ver, de tener que refugiarme en otra época que a nuestros ojos fue lo que no fue y que hoy aparece arañada por la garra de la desidia y del horror de una época criminal en la que la incompetencia y el pésimo gusto son garantía de triunfo para los mediocres, esos verdugos del celuloide y aniquiladores máximos del Arte, debe comprender, ya que cuando le hablo de Pabst o de Ruttmann, cuando le comparo la genialidad del primero con la medianía del segundo, no hago otra cosa que reivindicar la grandeza de los dos en comparación con la bajeza de nuestros autores, esos arrogantes e impersonales hijos de la televisión que se limitan a copiar mal de lo malo, de lo poco que aprendieron de sus maestrillos, unos maestrillos que a su vez aprendieron mal de otros maestrillos que en su tiempo procuraron igualarse con los realmente grandes, repito, esos pocos, escasos, contados grandes maestros del cine mudo, origen y punto último de lo que en su más correcta acepción debería ser llamado cine. El cine, pues, es eso que hoy ya no es posible, indudablemente no, y que salvo algunas excepciones que se imponen sobre la morralla coetánea, bienintencionadas y poco más, comprenderá, tampoco con esas excepciones se llega a nada, no son suficientes, ya que en su presunta singularidad terminan por resultar de lo más planas, puesto que nunca, en ninguno de los casos, le puedo asegurar, podrán superar la medianía de la mediocridad en comparación, de nuevo la comparación, con los viejos maestros, esos que serán olvidados, primero, y destruidos, luego, por el soez gusto de las gentes, esas masas que todo lo determinan, todo lo saben sin saber en verdad nada, esas malditas gentes que acuden en tropel al cine para inflarse de los más abominables insultos y que con su necedad y su dinero contribuyen a prolongar este infierno de indecencia que nos azota, que me azota, así mi cine como respuesta a tan terrible caos, luego mis películas y mis proyectos, mi vida cinematográfica, la única soportable, un proyecto con el que pretendo superar este vacío perfecto que tanto hace por los bolsillos de unos pocos, los manipuladores de las mentes, sabrá, así lo cacarean los mismos que en su inoperancia a ello contribuyen, no más allá de un reducido grupo de cinéfilos de pacotilla dados a degustar las raras por raras, las modernas por modernas, las malas por malas, aunque su ignorancia sea inmensa y paseen tranquilamente sus cabezas bajo el sol sin haber visionado lo que al cine aporto Pabst, por ejemplo, que por ser Pabst para ellos es todo un conocido y por lo tanto ya lo conocen, lo han oído y superado, por supuesto, que no visto ni visionado, les basta con imaginárselo, y por eso mismo prefieren ignorarlo, ¿no tienen en Ruttmann algo mucho más raro, más difícil de imaginar por tanto?, se preguntan, dicen unos de los pocos que observan, observo, luego por raro y por Ruttmann más interesante, escucho a cada rato por los pasillos de las apestosas filmotecas, que apestan a celuloide podrido, puro celuloide podrido, y al escuchar tales estupideces me pregunto por el sentido del inconmensurable esfuerzo de los más altos estilistas, cuyo celuloide también se está pudriendo, de los realmente grandes, los únicos en verdad íntegros de cuyo celuloide apenas quedan cuatro tiras a medio pudrir, no me cansaré en repetir, ésos pocos que desde su pausada reflexión han dado forma definitiva al verdadero cine, al Cine, mis maestros imposibles, aquellos de los que aprender es empresa inútil y que inconscientemente te dan esa lección magistral de que el cine es la continua rectificación de la vida, una forma de sobreponerse a la angustia y demás patrañas del mundo vivido, eso de lo que al respecto usted ya se habrá formado sus propias ideas", y esto lo dijo después de pagarse su cubierto de siempre, en la calle y a dos metros del llamado paso de peatones, con el semáforo de siempre en rojo, ahora me lo está diciendo con el semáforo en rojo, que casi siempre nos alcanza en rojo, he podido observar, y no en verde, nunca en verde a nuestra llegada, por lo que quietos debemos esperar a que se ponga de una maldita vez en verde en medio de todo este ruido verde, le comento de pasada, y él asiente, claro que en el fondo poco le puede importar mi comentario, puesto que él va a lo suyo, y lo suyo es la imagen, no un ruido verde, no así lo mío, que es la música, la armonía y no la continuada aberración sonora, esta aberración que supone soportar tanto horror disfrazado de cotidianeidad en un disco de semáforo en verde, aquí a pie de calle, entremezclado con la masa de gentes, ésas antes criticadas y de las que formamos, decididamente sí, parte irremediable, pienso... mientras no puedo quitarme de la cabeza toda la estupidez que me secuestra el tiempo, el poco tiempo que me queda, intuyo, después de mi primer intento de suicidio, por fortuna frustrado, puedo darme con un canto en los dientes, tras dejar el Análisis en manos de ese musicólogo corrector, tras más de dos mil audiciones de Bruckner... hasta que suena el teléfono: ciertamente debería ser mi hermana, es lo que al mirar de refilón el reloj me digo, que ya da las dos, las dos al descolgarlo, me dice con su voz apagada por la distancia, y es cierto, las dos en punto ya, siempre acierta, bien, muy bien, ahora voy, y en breve estoy allí, es decir, en su casa, para comer, por supuesto, que a comer voy, a diario siempre a comer en casa de mi hermana, luego mi casa, no se cansa en decirme, repitiéndome que su casa es mi casa, asiento. De mi hermana, mi única hermana, dos años menor que yo y casada, madre de dos hijos, un niño y una mona niña, dice, y por lo tanto algo estropeada, también ella de su cuerpo, que aunque mujer de su casa no es mi hermana nada fuera de lo normal por estas latitudes, pienso al mirarla y entonces acostumbra sonreírme y no puedo evitar repensar al Manrique de: "Cualquiera tiempo pasado / fue mejor", que mi hermana ya no es la que era, si acaso lo fue, la compañera permanente de mis años jóvenes, ahora una mujer casada con hijos que nada tiene que ver conmigo, he podido comprobar al observarla, aparentando lo contrario, feliz quizá con su así denominado marido, un repelente monigote, otro, sin otra ocupación que la de su dinero, un monigote por lo demás efectivo en la cama, he de suponer por su devoradora satisfacción a la mesa mascando la carne, mirándome está, no así su mujer, mi hermana, que también masca su carne, los huesos de dicha carne repasa ahora, que por algo la cocina ella, a saber: varios pedazos de cadáver de cordero, aceite de oliva, fogón larga hora, dos cucharadas de coñac, algo de sal y no sé qué aditamentos más, afirma, afirmó de pasada mientras nos sirvió el manjar, según el monigote, desde luego no para mí, para nada un manjar, más dado a otras prestancias, cierto que guardo silencio. Sus niños, niño y niña mona, son una parejita muy del gusto del padre, muy salidos a él, se sigue comentando desde los tiempos del primer parto, del niño y por cesárea a todo esto, muy dado éste a tocarme las narices, literalmente, luego por hermano mayor imitado por su mona hermana, puesta a tocarme ella misma también las narices, literalmente está tocándomelas; pero son niños, y por eso se les consiente y se les aplaude, se les consentirá y se les aplaudirá por un tiempo toda su estupidez de niños irresponsables, toda la pueril inutilidad de su edad, basta detenerse en el detalle, subiéndoseme sobre las piernas y metiéndome sus sucios dedos índices, uno por cada lado, en las fosas nasales me los meten, con gran horror ahora mientras el alelado del padre que marchitando a mi hermana los engendró se sonríe agradeciendo a Dios la bendita destreza de su vara sobre este resplandeciente orbe, observo a diario, ahora lo observo horrorizado y por ello se me cierran los ojos, aquí a la mesa a poco más de dos metros, ocho pies de distancia sobre la tierra, pienso y así lo dejo por escrito. Dijo durante la comida: "Comer bien es algo realmente importante. De niño supe lo que era el hambre, y aprendí a saber lo que vale un trozo de pan, este trozo de pan, de palabras de mis padres, como ya le conté hace mucho a su hermana, mi mujer...". Y más tarde: "Yo y mis negocios somos uno, y yo soy yo gracias a lo que como, que debe ser bueno, algo realmente bueno para que yo sea yo, y así funcione, de este modo funciono, y así los negocios, mis negocios, también funcionen, realmente funcionan... Sí, soy yo hombre de negocios, y como todo hombre de negocios necesito comer bien, comer muy bien, y tener una mujer, una muy buena mujer como la que tengo, su hermana, que me prepara mis platos favoritos, me plancha y me peina sin por ello dejar de quererme, basta observar, habrá observado, como me besa mi mujer, su hermana... Por eso, observe, y observando lo que le rodea podrá comprobar como los hombres de negocios realmente buenos, eficaces quería decirle, aquí un servidor, vamos siendo cada vez menos, y esto se debe principalmente a las malas formas del mundo actual, en el que lo estúpido y lo sofisticado se unen de la mano formando una pareja que nos inficiona a nosotros, los pocos que vamos quedando, hasta que seamos los fuertes los únicos en mantenernos en nuestro sitio, es lo primero que pienso y también su hermana, mi mujer", y lo dijo con una afectación nueva, como ocultándome algo, lo que me dio que pensar largo rato hasta que su mujer, mi hermana, dijo ese algo que terminó por arruinarme la comida, a saber: "Lo que mi maridito quiere y no puede decirte, hermanito, es algo tan maravilloso como que... ¡espero otro!". Sí, otro, y una pregunta sin respuesta, ¿para qué?, sigo preguntándome, y es que no puedo, no podía entonces respirar ante su para mí insoportable dicha, la de traer al mundo otro desgraciado condenado al trabajo, a saber lo que vale un trozo de pan por la piel de otro, pensé, y lo dijo, me lo acabó ella de contar, también él luego, durante la comida, siempre a la mesa durante la comida, decirse y contarse, que es lo natural en familia, las cosas sentados a la mesa y no en otra parte, dados a no pensar fuera del tiempo de la comida, luego obligados a no hablar durante el trabajo, para así mantener a flote su negocio, puesto que comer bien es algo realmente importante para la supervivencia del negocio, y del negocio a la comida dista un mínimo pensamiento. Dijo ella acabada la comida: "Los niños son el aliento del mundo", y en efecto lo son, son los niños el aliento del mundo... Salí de allí como siempre, es decir lo antes que pude, bien que sin pecar de ese vicio de las prisas tan arraigado en nuestro tiempo, que por tales son malas consejeras, me soplaba el monigote, así el estúpido refrán, mientras su mujer, mi hermana, le reía a su mona niña una, otra, superlativa necedad, en esta ocasión la de sentarse sobre un valioso manuscrito del siglo XVII, perla de mi vieja colección, que le regale a ella por nuestro amor, por escrito, el día de su licenciatura, la abogada de la familia, como la llamaban por entonces, recuerdo bien lo poco que queda en mí de ese día, únicamente la perdida de mi valioso manuscrito, creo recordar, el día en que mi hermana dejó de ser mi hermana, sin más una estúpida encasillada en su inconsciente estupidez... A mi guarida vuelvo, de nuevo en ella, y todo parece carecer de sentido, recuerdo que escribí, a los seis años de edad esta mediocre idea que en los peores momentos a todos alcanza, deviene universal, a pocos en los buenos, contados los mejores, momentos, una idea que permanece... ahora escribiré esto, lo estoy escribiendo, ya está escrito... y me tumbaré en el sofá a pensarlo, detenidamente lo pensare, para repensar lo poco que me quede claro dentro, una idea mínima que en el tiempo, mi tiempo, apenas ha evolucionado, realmente no ha evolucionado, la superficial idea de pensar que todo parece carecer de sentido... y todo me seguirá pareciendo igual de plomizo, adivinaré, puedo adivinar, de cargado y vacío, tras toda una vida de idas y venidas, la que no he vivido y ya con cegadora claridad anteveo, una sinfonía carente del menor sentido, esa sinfonía que sin haber escuchado creo hasta en lo profundo de mis huesos haber vivido, etcétera... creo que esto no parece tener sentido, simplemente carece de sentido, debe carecer de un sentido lo suficientemente aceptable como para ser tenido en cuenta y por tanto aceptado... y sin embargo lo aceptamos, otra vez hoy lo he aceptado, lo estoy aceptando, mas ¿para qué? Esto es ridículo.

Viernes 14 de enero

...ojeo la agenda y leo, releo el nombre del arquitecto, hoy, como cada viernes, cita en su casa a las diez, es decir, en la casa del arquitecto, por él y de él, por tanto en él... El arquitecto, un tipo definido, atormentado y soltero, asqueado de casi todo, decididamente sí, únicamente no del aire respirable que le queda, es lo primero que agradezco de su persona, una compañía sin fingimientos ni medias palabras, únicamente interesada en su disciplina, su tormento, confesó, que no en ella ocupada, así sus ocupaciones son variadas y van desde la poesía barroca española hasta el ejercicio de la disecación, sobre todo la disecación, a la que se dedica algo más en alma que en cuerpo, así hará unas semanas... Realmente alcoholizado, como bien lo delata, además de la botella, siempre a mano, su estado de excitación continuo y la mala coordinación de sus movimientos, el arquitecto vive en una especie de prisión sin muros del pensamiento, dice, únicamente soportable gracias a la insobornable compañía de su botella, repite. "Mi único interés, mi auténtico tormento, como ya sabrá, descansa en la arquitectura, mi disciplina, pero mis ocupaciones realmente son otras, y no por ello difieren ni lo más mínimo de la que es mi disciplina, en el fondo no... Yo proyecto arquitecturas mentales, nunca sobre el papel, así dejé de proyectarlas hace años, muchos años ya, y seguiré sin hacerlo hasta el día de mi muerte, la solución más probable, o hasta el día de mi triunfo, a cada paso en la reflexión más distante, luego una solución inviable que se quiere y por contra no se puede alcanzar, mas insisto en ella, he de insistir en ella. No me interesa proyectar, eso es algo realmente frustrante y sin continuidad, sabrá... Basta pasearse por las mejores calles de una supuesta gran ciudad y observar, es una experiencia esencial para comprender esa estupidez sin continuidad, la de una arquitectura limitada por su propio espacio, siempre limitada por su propio espacio. Yo formulo mis propias teorías, fruto de mis más abiertas reflexiones, que no son reflexiones sin continuidad, muy al contrario, se abren dando cabida a otras menos accesibles, enriqueciendo de este modo una disciplina necesitada de buenos tratados, de auténticos tratados, mientras voy dándole forma al mío, un tratado que no será hasta el día de mi triunfo, más próximo el día de mi muerte. Ni los renacentistas, con su decena de arquitectos sin errar geniales, supieron escribir un tratado llamado a ser el Tratado de tratados. Ni el mismísimo Alberti supo escribir ese tratado, uno ciertamente bueno, al menos. Él criticaba a Vitruvio, que era y es pésimo tratadista, y puesto a superarlo escribió su De re aedificatoria, como sabrá, algo sin duda más legible, pero que en esencia termina por resultar igualmente malo y trivial; logró así Alberti vulgarizar sus logros arquitectónicos por medio de sus escritos sobre arquitectura, de una obviedad y una simplificación lastimosas, de una ambigüedad y una extensión peores. Como ya indicó Schopenhauer inspirándose en Platón, la arquitectura es la forma más baja de manifestación estética, a diferencia de la música, que es la más alta, lo que no nos puede producir extrañeza, menos a un arquitecto consciente, dada la vulgaridad misma de todos los tratados, desde Vitruvio hasta nuestros días, así el medio con el que todo mal pensador acostumbra aproximarse a la arquitectura, leyendo esa ponzoña inexpresiva", dijo, y sin apartar la vista del perro disecado del fondo, pues en él seguía concentrado desde mi llegada, una hora sin mirarme siquiera, añadió tras rebajar de un considerable sorbo la botella que "ese perro, que por cierto no dejo de mirar me hizo, cierto es que me hizo compañía durante doce años, doce años. Fue un buen perro, como todo perro que es perro y no trasciende su condición de perro, el mejor perro del que un fracasado al borde de la desaparición como yo podía disponer. Hará ya de su muerte unos tres años. Son quince, en efecto, los años que he pasado mirándole a los ojos... pero los tres últimos carecen de cualquier entraña, están vacíos, muy a la manera del común de la arquitectura de nuestros días, un espacio inerte que únicamente atiende a intereses especulativos, un cuerpo con unos ojos de perro disecado que al mirarte parecen pedirte ese hueso de marras que tanto le satisfacía produciéndote a ti, su fiel cuidador, una molestia agradable, pero que ahora, por contra, te deja una sensación de tranquilidad y de quietud ideal que termina por rebelarse falsa y molesta, una sensación de intranquilidad, es lo que siento al clavar mis ojos en los ojos postizos de ese perro que me hizo compañía durante doce años". El arquitecto ya no es hombre duro y macizo, un orden dórico libre de muesca en su disciplina, como gustaba definirse cuando en la arrogante brillantez de sus treinta la proyectaba, pude oír, no ahora, frisando los setenta, un trozo de columna desproporcionada, dijo de sí hace unos días, afirmando que "a los arquitectos nos ablandan los años, aquí tiene mi caso, el de un viejo pegado a una botella, el caso de uno que ya dejó de proyectar, e idénticos son los demás casos, sobre todo los de los que en su ablandamiento, entrados los setenta han dejado de proyectar, difícil edad para proyectar, y varios ejemplos de arrepentimiento e inseguridad le podría dar, de arquitectos que con cerebros prometedores y capacitados en sus años jóvenes han acabado sus días en la más loable inoperatividad, es decir, han sabido mirar y en consecuencia guardar para sí su desproporción, para muchos su estilo. A mi edad, la edad, no basta pensar para proyectar... es un tiempo de horrible inflexión, una mínima fracción de claridad que nos ciega y nos impide seguir adelante al verlo todo demasiado claro... en la que todo lo que pensamos termina por sabernos a mediocre y autocomplaciente, ese ya visto de la edad, una edad en la que uno o bien es un fracasado en lo más o bien, y esto es lo menos generalizado, un arquitecto con nombre, ese monolito al que todos acaban venerando por sus errores, su desproporción, su estilo, de este modo en el común de los casos... Los años buenos de un arquitecto para el ejercicio de la proyección acostumbran ir de los cuarenta a los sesenta. Los contados grandes arquitectos han dado sus mejores frutos, los realmente creativos, en ese arco de dos décadas que va desde los cuarenta hasta los sesenta. Quedan luego los genios, esos que sin llegar a los cuarenta han sabido crear algo realmente nuevo, pero esos que lo han visto todo claro antes de los setenta, bien por su genialidad, bien por su dureza de arquitectos en toda su integridad, son pocos y pueden contarse con los dedos de las manos. El ideal de lo que yo entiendo por Arquitectura alcanzó su mejor momento en la llamada antigüedad clásica grecorromana, quedando en segundo término los logros de los llamados renacentistas italianos y los de la arquitectura musulmana, que siendo intelectualmente la más sofisticada, se ve a mi entender lastrada por ese no-sentido religioso aplicable a toda su traza, es decir a toda traza que mira a su dios sin saber mirarse a sí... Ignoro lo que vendrá después, pero caso de estar bien enfocado, seguirá, deberá seguir, el camino inaugurado por la arquitectura de la antigüedad clásica, trascendiéndola y mirando hacia la naturaleza, que será, después de todo, la única e inmutable arquitectura, la que en verdad resista lo irresistible del paso del tiempo... Lo que con mis arquitecturas mentales pretendo es dar con una forma, la Forma, de aproximación a este inminente futuro... Luego está la música, que es el impulso del arquitecto íntegro. Difícil sería concebir a un arquitecto de sensibilidad que prescindiera de ella en su trabajo. La música es la impulsora, es la mano que mueve la pluma, una intermediaria entre nosotros y la naturaleza que en su armonía naturaliza esas cerebrales formas enraizándonos con nuestro origen material. A su pregunta del otro día y tras la debida reflexión le responderé que Bruckner, afirmándole lo que se temía, es un músico muy arquitectónico, de los más arquitectónicos entre los músicos arquitectónicos. Yo, arquitectónicamente convencido antiracionalista, acostumbraba en mis proyecciones menos evolucionadas de juventud escucharlo repetidas veces para dar con la forma, la más compleja y hermosa de las formas... y el motivo de su Análisis, la Novena Sinfonía de éste, esa catedral de hierro, le confesaré, me inspiró en más de una ocasión, profundamente durante una proyección ciertamente importante, la que vendría a ser mi Proyección y la que, después de todo, de nada en suma, determinó mi posterior fracaso como arquitecto, arrastrándome así por caminos trillados durante otros veinte años, proyectando por tanto obras henchidas de desproporción, precisamente a raíz del muy arquitectónico Bruckner, esa armazón de sonidos que en su progresivo y repetitivo ensanchamiento termina por asfixiarnos, acabó por asfixiarme...", lo que no me sorprendió, esto último sobre todo, puesto que tenía conciencia de la arquitectura musical de la Novena de Bruckner, un espacio que asfixia, tras más de dos mil audiciones, claro que la tenía, conciencia de su magnificencia, de su elevación, ese canto continuado a Dios que Bruckner en su indecisión logró superar haciéndolo completamente musical, un grito inarticulable surgido en el momento mismo del descubrimiento de la luz... algo que casi por arte de magia se transforma más allá de sus notas en una perdurable revelación metafísica, tomado del Análisis esto, efectivo al principio, sí, pero oscuro, muy oscuro e indefinido luego, tras varias lecturas, pésimo ahora, pienso de este fragmento, muy a mi pesar entre los sucios dedos del musicólogo corrector, a la espera de conocer la calificación, según él... Ciertamente hastiado, de pensamientos ajenos, de ideas difusas, abandono la casa del arquitecto y marcho lenta pero ininterrumpidamente hacia el lugar de siempre, es decir hacia el poyo junto a la cabina telefónica, de nuevo hacia el cineasta de siempre, tres veces por semana, hoy, a dos minutos del mediodía, he llegado y no estaba, no está, luego me siento, aguardo sentado, y espero y miro al reloj con impaciencia, sí, de veras estoy impaciente, más que otras veces, de esperarlo a dos minutos de las doce, en este poyo al lado de esta cabina telefónica, de observar a la gente pasar de largo por este lugar sin con sus miradas poder evitarme, unas miradas de refilón, terribles, es a lo que me expongo, a padecer el sopor de estar sufriendo algo que me repugna lo indecible, es esto, tener que esperar una eternidad aquí sentado para conseguir esa ansiada presencia, la de escucharlo y analizarlo y desmontarlo, él en este caso, su palabra antes que su mirada, lo que por extraño que parezca no es extraño, el oído frente a la vista, escuchar su palabra e ignorar su rostro, un rostro condenado a la oscuridad, también él de mí, mirando cada uno al frente, a la masa en movimiento, no al otro, nunca al otro, en contadas ocasiones, esos momentos puntuales, al otro... es lo adecuado, lo realmente necesario para mantener esta relación intelectual en condiciones, me dijo por primera vez de pasada en una ocasión leyéndome el pensamiento, únicamente manteniendo esta relación por amor al Arte, sin dejar de releerme el pensamiento me lo sigue recordando desde entonces, y ahora aparto el reloj y vuelvo la vista al frente y lo veo llegar, lo releo, a las doce en punto, al fin mediodía, dice, con el disco solar sobre nuestras cabezas, me mira, le miro, dejamos de mirarnos y toma asiento... era de prever. Dice: "Ayer pasé toda la noche sin pegar ojo, sin quitarme de la cabeza mi proyecto de filme, algo realmente nuevo... creo estar a punto de dar en el clavo, de hacer algo necesario por el arte cinematográfico. Mi propuesta va más allá de la abstracción y por eso no es una propuesta, es la Propuesta, una que bien llevada, lo que ciertamente es algo harto complicado pero no imposible... mas para la que sobradamente creo estar capacitado, puede dar con la Clave, no una clave, la oportuna y necesaria clave para salir de este callejón sin salida, estudio noche tras noche, ayer más que nunca, hoy todavía, tras toda una noche sin pegar ojo. Mi propuesta, en efecto, va más allá de la abstracción, de toda abstracción, debe ir todavía más allá para ser la Propuesta, para que una vez consolidada pase a ser la Clave, y dar con ella no es nada fácil, no más allá de Griffith y Eisenstein, le puedo asegurar. Únicamente tres cineastas se han aproximado a eso, justo a ese punto que yo denomino la Clave, acaso la Forma plenamente cinematográfica más allá de sí misma, así Bresson, Godard y Resnais, luego capaces de ver lo que no se ve y demostrarlo con la mayor naturalidad, precisión y estilo hasta hoy posibles. Tres concepciones completamente distintas en la superficie, que no en el fondo, inevitablemente no, muy similares después de analizarlas hasta el fondo, tanto que casi parecen meras variantes de Griffith y Eisenstein condicionadas por estos, en cuanto Griffith y Eisenstein son al cine lo que Bresson, Godard y Resnais también son al cine, simplemente Cine, condenados a ello, a dar fe de su cinematográfica fe, me explico. Bresson pudo desplegar su inaudito talento partiendo de sus estudios teóricos sobre el cinematógrafo, y una vez asentados sus principios, firmemente asentados, finalmente asentados, es por eso por lo que Bresson es un cineasta sin continuidad más allá de sus filmes, la repetición en su estado ideal, perlas en toda su pureza engastadas con la mayor sutileza y perfección en un sistema propio imposible de asimilar más allá de sí sin caer en la vulgar imitación de lo inimitable... esto hace de él un cineasta sin escuela, un hombre producto de su intelecto, luego una personalidad intemporal, toda una audacia, no un ejemplo. Godard, por contra, es un experimentador compulsivo que no busca un sistema definitivo en el filme, tal vez lo encuentra más allá de él, lo que me da que pensar que Godard filma realmente antes de filmar, y bien es cierto que sus rodajes en un breve tiempo no son producto de un instante fortuito, muy al contrario, el producto de una reflexión moral esencialmente coyuntural. No visione un filme de Godard sin antes haberse mirado con fijación en el espejo. Su rostro no es la respuesta a su necesidad. Interróguese y nunca encontrará la respuesta adecuada. Un filme de Godard es una respuesta adecuada, no la Respuesta, a esa interrogación, en tanto la interrogación es omitida, está ausente, y la respuesta llega sin necesidad de interrogaciones, puesto que está integrada en la totalidad del filme, de sus filmes, pero llega después, mucho después, en el caso de llegar al intelecto del espectador crítico... es lo que hace que de Godard no nos queden imágenes poderosas, únicamente una imagen por cada palabra, un todo de imágenes por cada película, la imagen mental de su reflexión meta-cinematográfica... Resnais pudo haber sido el más grande, más que Bresson incluso, de haber seguido la línea trazada por sus dos primeros largos, pero esa línea era demasiado cegadora, demasiado intangible, y se le escapó de las manos... Luego, eso sí, está el cine en estado puro, y si aprecia a Walsh sabrá de lo que le estoy hablando, pero en el cine en estado puro no está lo que yo llamo la Clave, juraría que no. Es la hora", dijo, y puestos en camino, ya a la mesa de la cafetería, el rostro pálido y sus manos, ese rostro y ésas sus manos, observo mientras nos dice lo de siempre, pienso mientras él pide lo de siempre, café y pastel de manzana, igualmente yo lo de siempre, café y pastel de avellanas... y él, de nuevo él, sin dejar de mirarme, que si ya he leído su crítica sobre Walter Ruttmann, y yo, realmente cansado, que no, todavía no, le digo, le estoy diciendo, que no he leído ni ojeado su crítica sobre Ruttmann, puesto que mi cabeza está puesta, sigue puesta en Bruckner, del que todavía no me he desligado, le digo, de modo tan ambiguo eso le dije, algo tan sumamente ambiguo que se escandalizó sin ocultármelo, sigo pensando en este mínimo detalle que me llevó a reflexionar el resto del día sobre el significado último de desligar a raíz de esa torpeza improcedente, cierto que tras ello, de pensarlo dos veces, enrojecí, algo nuevo en mí, no sin procurar ocultar mi rostro enrojecido tras la taza de café, que elevada entre tanto me ocultaba en parte el rostro, no sin poder ocultármelo completamente, decididamente sí, sigo pensando tras la taza de café elevada, entre Bruckner y mi desligamiento, tras más de dos mil audiciones y la escritura de un análisis sobre su Novena Sinfonía que pretende, pretendí al escribirlo, sigo con todo pretendiéndolo, fuera, es y sea el Análisis, vuelvo a esto mientras escribo y en consecuencia surge la pregunta, esa inevitable pregunta que vuelve también sobre estas páginas, es decir ¿para qué?, escribo. Y él siguió con lo suyo, la imagen, mas para entonces ya había dejado de escucharlo, realmente, y su propuesta, la Propuesta, no llegó a darme nada que pensar, no me da nada que pensar. No dice: "Creo que estoy siendo demasiado simple. Mejor dicho, simplista. Mi propuesta bien puede no ser la por mí llamada Propuesta, ya que de ningún modo es la Propuesta, acaso un burdo sentimiento de superioridad que no es... pero es que no puedo, realmente no puede una persona de y en mi situación subvalorar su intelecto, el Intelecto. Pretender superar a Bresson o Resnais es un mayúsculo disparate, pero, pese a todo, seguimos con lo nuestro, que no es lo nuestro, todo lo contrario, lo de ellos, de esos a los que pretendemos en arrogancia y mentecatez superar, en eso y no en lo realmente decisivo, la pura innovación. Usted vindica su desligamiento de Bruckner, y eso, puede seguir escuchándome, es algo de lo más ridículo, ¿qué sentido tiene analizar a Bruckner para, concluido el análisis, desligarse de él? Ningún sentido. Yo, por mi parte, pretendo lo contrario, ligarme a ellos desligándolos de su obra, algo absurdo, sí, pero no tanto, puesto que los públicos indiscriminados del presente me aplauden a mí y no a ellos al ver, que no visionar, nunca visionar, mis filmes, por lo demás malos, malos por ahora, cierto, pero míos, míos aunque partan de los de ellos, dado que ignoran a Bresson y Resnais, por nombrarle los primeros que me vienen a la cabeza, los ignoran, de los que con toda desfachatez del mundo parto empeorando lo que ellos aportaron, luego hacen mío esas masas en su subconsciente lo que no es mío, el esfuerzo intelectual ajeno, es lo que en el fondo de mi superficial pensamiento estoy planteando, hacer mío lo que no es mío, simplemente tomar ideas de aquí y de allá, puro pretexto", no dijo ni dirá. Dice: "Creo que le estoy aburriendo, ¿no es así?", es así, y yo, que no, que le escucho con no poco interés, a lo que, volviendo sobre lo suyo, añade que "es el ruido, créame, lo que nos sume en esta inconsistente inercia de la palabra. La llamada Incomunicación no me resulta en nada repugnante, muy al contrario, me ayuda a abstraerme en mis intereses, y esos intereses, por descontado, implican una abstracción plena, de modo que mis intereses son míos y a nadie en verdad le interesan del modo que a mí me interesan haciéndolos interés mío, ni a usted que ahora me escucha, ni a mí de usted cuando le escucho, en cuanto escuchar no es rentable, no en esta sociedad de sordos necesitada de su ruidoso silencio para comprender sin comprender lo poco que le queda en la cabeza, aunque ese poco no pase de ser lugar común, un pedazo de carroña. Como habrá observado, es costumbre desde la infancia en estos tiempos aprender a saber no escuchar, no escuchar oyendo mucho, oyéndolo todo. Ningún crío escucha nada, es decir, algo realmente importante que escuchar de un adulto consciente, un adulto que hable con todos sus sentidos puestos en ello, uno que se haga escuchar, no oír. Los niños ven y hasta visionan, y con ellos, con sus por lo común adormecidas mentes, la imagen evoluciona, y en su evolución matan lo de sus progenitores, que por ser de sus progenitores siempre será mucho más bueno aunque en definitiva no pase de malo, de este modo el agonizante cine sonoro de nuestros días mató al anterior cine sonoro y éste a su vez acabó con el cine mudo, de este modo también los niños, esos niños que serán la cicuta de nuestro mañana, la técnica, verdugos como aniquiladores de sus progenitores, víctimas inconscientes de algo que no comprender, su mera presencia en un mundo inenarrable, y que a fuerza de embustes y aberraciones parecen ir aceptando, ya con el juguete, ya con las caricias de la madre, ya con toda la miseria del mundo concentrada en un televisor, vuelto del revés todo, en efecto. Mi infancia, como sabrá, no fue una infancia normal, no en el sentido de normalidad de una infancia normal. Mi padre dejó a mi madre, o lo que es lo mismo, mi madre lo cansó, cansada ella, los dos. Creo de entonces recordar pocas imágenes vividas. Todo me resultaba dañino, asqueroso hasta en lo menos, así mis lecturas, que decidieron mi posterior dedicación a la imagen. Al pensar en ellas, mis imágenes, al leer en imágenes, las palabras, esas imágenes abortadas, comenzaban a resultarme progresivamente enfermizas, cargadas de posibles dobles sentidos y trampantojos que, mentalmente imaginados, me llenaban de basura el cerebro... Decidí cerrar mi último libro de entretenimiento, por el puro placer de entretenerse uno, según mi percepción de entonces, a los doce años. Cierto que a esa edad tampoco era plenamente consciente de lo que era aproximarse a la lectura desde un punto de vista puramente meta-literario, y digo un punto de vista y no una preferencia, puesto que desde niño leía los libros no por su autor, que en mi ignorancia nada podía decirme, y sí por su presentación, desde la grafía de la letra hasta las ilustraciones pasando por la encuadernación. La irritación que me provocaba dar con un libro con alguna página arrugada, o con las puntas de las tapas mordisqueadas, o con huellas de dedos sucios sobre la primera página, detalles, tan inapreciables ellos a la vista de un niño normal y que, por contra, causaban en mí un repentino dolor de cabeza, recuerdo muy bien, algo que me llevaba a rechazar automáticamente ese libro, cualquier libro, aunque del contenido de ese libro hubiera oído las mil y una maravillas, por impresentable a mi juicio, en cuanto ese libro ya no era digno de mi atención, aunque de ese libro sólo hubiera quedado un único ejemplar sobre la faz de la tierra, el último, realmente no lo hubiera leído, rechazándolo, de pleno lo rechazaba, consciente de su imperfección visual, más allá de su visualidad interior... Ser en estos tiempos tan visuales hombre de imagen no es nada decisivo, decididamente no, puesto que ese supremo arte de la imagen, ese incontestable arte de la concisión narrativa de las imágenes, de una sola pero suficiente imagen, es materia de poetas, y los poetas, los auténticos poetas, son siempre fruto de la letra, requisito imprescindible para ver realmente lo que no se ve, lo que, por consiguiente, debería buscar el cine, lo que pese a todo en ocasiones alcanza el verdadero Cine. Y puesto que soy hombre de imagen, que en nada es decisivo, le decía, bien puedo retirarme y dejar paso a los auténticos poetas, pero, debe comprender, esos poetas auténticos no están, visibles al menos, para regir la visualidad interior de los filmes: le hablo de personas demasiado reservadas e interioristas, de una especie en vías de extinción. Cierto es que no soy fruto de la letra, pero mi respeto hacia ella, mi pasión por el análisis de la misma, me eleva sobre esa cotidiana vulgaridad de la imagen, dándome por ello el espacio que sin duda creo merecer: el de la creación de filmes a la búsqueda de la innovación estilística, a la espera de mi nuevo filme, esperando ver lo que muchos otros jamás verán, visionarán, olvidados en el tiempo Bresson y Pabst", dijo, a lo que más tarde, ya esperando con el semáforo en rojo, añadió: "He pensado sobre lo de su intento de suicidio, algo grave de lo que no le diré más, tan sólo un consejo: visione de una maldita vez La caja de Pandora... Hágalo por mí y lo hará por usted", y dicho esto marchó por su lado, marché también yo por el mío, y un único pensamiento, ése que me llevó a intentarlo hacía ya tres días, me asaltaba, me sigue asaltando mientras escribo, y en mi impotencia, dominado por esta humana fragilidad, callo y soporto, a punto de romperse mi equilibrio, paso a paso, dueño de mis piernas pero no de sus movimiento, por las mismas calles que han logrado inmunizarme de este aire a enfermedad que se respira a cada esquina y en todo portal y que por contra ya no me inquieta ni me da nada bueno, nada malo tampoco que pensar mientras lo respiro, ahora conforme avanzo, camino de mi guarida, sometido a mi reloj interno, presto a no romper este equilibrio que me permite sobrevivir, y entonces recuerdo a ese genio víctima de su propia genialidad que fue Tchaikovsky, atrapado en una época atroz y llena de contrastes, soportable su gris existencia únicamente por ese reloj interno, ese equilibrio vital mismo, tan tosco y vulgar que hace de los realmente grandes algo a la par tan mediocre, mas la comparación es ingenua, incluso ofensiva en mi caso, pienso, y desecho tan trivial recuerdo, uno que me llegó a través de los libros, luego un falso recuerdo, de esos que están sin estar y empero están gracias a la infecta labor de esos condenados tergiversadores de conciencias que son, como pocos, los libros de Historia, condenables por la pretendida imparcialidad de sus contenidos, tan discutibles como la encuadernación o el tamaño de la letra de los mismos. Romper ese equilibrio, pues, es fácil, no así la reintegración en él de nuevo. Las más elevadas distracciones que acostumbra ofrecer una ciudad como ésta y por extensión el grueso de las ciudades europeas a sus ciudadanos, necesitados de romper esa cotidiana vulgaridad, son los llamados actos culturales, las más evidentes naderías seudoculturales surgidas de un propósito vulgarizador directamente absurdo, el de hacer de la llamada Cultura negocio de unos pocos, esos políticos tan culturales, y escaparate del populismo, en cuanto efectivo ejercicio del adormecimiento de las mentes, mas pretendiendo todo lo contrario, abrir así esas mentes a las más altas parcelas del conocimiento, toda una mentira indisoluble, por tanto. Basta asistir a los llamados actos culturales y descubrir, siempre con el mínimo esfuerzo posible, el lado capitalizado y mentecato de un fuego de artificio sin más continuidad que la de la charlatanería y la necedad seudointelectual, de este modo el común de los asistentes, gentes entre los treinta y los cincuenta años, sumidos en la putridez de la edad, la de la reproducción, con sus automóviles y sus abrigos, sus viles billetes y sus intercambiables muecas, sus muy suyas y bien ganadas pertenencias, distintivos inalienables de un lugar común que pretende pasar por la más exquisita flor del más selecto jardín botánico, aquí una observación. Basta acudir a los llamados actos culturales y padecer en los propios huesos la incultura de dichos actos culturales patrocinados por el sinfín de entidades bancarias y empresas en potencia y fuerzas políticas imaginables, toda la oficialidad vestida de blanco para acoger en su gruta de tortura a sus números alienados, para darle a cada uno de ellos la sempiterna palmadita en la espalda y decirle lo imprescindible que es, que sin su nombre esos mismos actos culturales serían realmente imposibles, y que esos actos culturales, esos mismos actos culturales que con tan buen gusto frecuenta, son para disfrute y felicidad de su persona, de su respetable persona, sigo preguntándome ¿para qué? Basta acudir a uno de esos actos culturales y comprobar lo inculto y vulgarizador de ese acto cultural... Bien recuerdo como ya desde niño comenzaba a padecer hasta lo más profundo de mi ser esos actos culturales patrocinados siempre por alguna de esas entidades bancarias y empresas en potencia y fuerzas políticas imaginables, siempre sobre estupideces mil, sin la menor garra y gravedad y verdad posibles, así dichos actos culturales, destinados al adormecimiento de las mentes, también de la mía, una por entonces falta de vida y llena de dudas, unas que difícilmente podrían saldarse de boca de mis maestrillos, menos todavía de boca de alguno de mis idiotizados compañeros de colegio, menos si cabe todavía de boca de mi familiar entorno, aprisionado y sin soporte posible alguno, movido todo ello por esa inercia tan característica de los pueblos, pues de un pueblo salí, sigo pensando todavía lo poco que de entonces puedo pensar, después de tantos años, cuán mísera y trastocada fue mi infancia, una verdadera escombrera llena de caídas irreparables en las que el peor daño nunca fue consecuencia de una caída irreparable, todo por un pedazo del horror nuestro de cada día, por algo tan insignificante como un niño, y ese niño, el niño de entonces del que ahora escribo, tuvo que crecer y esperar a ver como el mundo lo pisoteaba, lo aplastaba contra el suelo como un gusano, por tanto, y ese gusano pisoteado y aplastado contra el suelo tuvo que ingeniárselas para con su demacrado cuerpo pisotear y aplastar contra el suelo a otros tantos, siempre de manera involuntaria, a través de las mismas tácticas que para con él habían empleado, así las competencias absurdas en el estudio, llegado a la ciudad, corrompido por la impune maldad de la gente, la dañina presencia de sus compañeros de residencia, las primeras caricias ejercidas sobre él por el dinero, toda la descomposición de un mundo enfermo a sus pies, recuperándolo de su viejo estado de gusano pisoteado y aplastado, exprimiendo sus esencias aprovechables a entremezclar con el restante caldo perteneciente a otros gusanos en una noria de manipulación y terror tolerada por los propios gusanos, todos pisoteados y aplastados primero por un sistema, el llamado Sistema, del que todos habían oído decir algo, pero del que ninguno sabía absolutamente nada, no podía, en su condición de gusano pisoteado y aplastado primero, pues, saber nada, sumidos sus pensamientos imposibles en el barro del suelo, y junto a los demás, ya definido su futuro junto a los otros, marchó por la llamada calle del buen porvenir, mas en su condición de gusano crítico sabía algo que los demás apenas intuían, algo que le ayudaría a hacerse con un par de muletas a la medida de un gusano y llegar hasta la duda, y dudando, interrogándose después, podría, pudo dar cabida en su ser a otros pensamientos menos dados a ser propios de un gusano, de un gusano con muletas, de ciudad en este caso, puesto que lo que de su pueblo en él quedaba ya no era ni mucho menos nada, una sombra perversa que no le daba nada serio que pensar, no más en pensamientos sin continuidad, algo a olvidar, por consiguiente... Sumido así en el barrizal de la ciudad, laberinto enfermizo sin salida, formuló una hipótesis llevadera y ciertamente lógica para con sus pensamientos, la Hipótesis del Mundo, así la llamó a sus veinte años dejándola por escrita en unos cuadernos hoy perdidos, y de ella extrajo las más probables por lamentables conclusiones, unas que en su horrible dilucidación iban más allá de todos horrores posibles... una que derivando del más atroz pero evidente pesimismo aquietaba su angustia vital y lo liberaba, dándole así un alivio efectivo aunque poco duradero, una forma de saber estar consigo mismo que, pese a su superficialidad, le bastaba para saberse arruinado y por contra salvado, seguro del absurdo, observando entre tanto como la humanidad agonizaba en sus propias convenciones, él, consciente de su superioridad, podía considerarse luz en la oscuridad, el no-ejemplo a seguir, un caso particular que sin ser realmente un caso particular tenía vida propia y auténtica, convirtiendo en ley universal toda actuación suya, decididamente sí, hasta el más torturado de sus actos, todo por puro amor a su existencia, una de la que nada sabía, nada quería saber, acaso indagarla más allá de Platón, Kant y Schopenhauer, sus filósofos de cabecera, y penetrarla ayudado de la Música, su única compañía irreducible, necesidad espiritual y puente transferible entre el mundo terreno y el Otro, ése que se le escapaba, a día de hoy se me escapa, escribo y ratifico lo escrito...

19 de enero

...escucho de boca de mi hermana que "sería necesario, hermanito, visitases a nuestra tía del cuadro lo más pronto posible... ella desea verte, me dijo, y no quiere morir sin haberte visto una vez más, una última vez más", de este modo sobre nuestra tía, la tía del Tiziano, para entendernos, así la llamábamos, y ése era, es todavía, precisamente, su mayor atractivo, el de poseer una tela de Tiziano, una de sus muchas Magdalenas penitentes en su casa, al tacto antes que a la vista incluso, la sensación siempre nueva de deslizar las yemas de los dedos sobre la rugosa superficie de dicho Tiziano, por primera vez a los quince años, contadas veces luego, tres o cuatro a lo sumo, y poco más, recuerdo. Una relación muerta, como todas las mías con parientes más o menos próximos, también con ésta, mi tía, maquillada como siempre la he visto y torpe fingidora las más de las veces que solía pretender agasajarme con sus caricias y toqueteos, enferma ahora de un cáncer de estómago terrible, según mi hermana, y a poco de la muerte que tanto desea, según el monigote, escucho todo esto comiendo a la mesa un pedazo de carne de cerdo acompañada de una salsa verdusca, de guisantes con pimienta, así mi hermana antes de comentarme lo de nuestra tía del Tiziano, enferma de un cáncer de estómago terrible, y asentí, sigo asintiendo mientras trago, incapaz de asimilar con un mínimo de rigor lo que me dice, me dicen, y el pedazo de carne de cerdo verdusca se me antoja de pronto el cáncer de mía tía extirpado para postre y en mi plato, y yo, tenedor en mano sigo, dándome un pútrido atracón y escuchando algo que me resulta cada vez más lejano, intangible incluso, en cuanto habrán pasado cinco años ya de la última vez que vi a mi tía, sigo preguntándome ¿para qué puede necesitar de mi presencia antes de la muerte que tanto desea? ¿Acaso para decirme al oído que ese Tiziano que en sus tiempos colgó de la cabecera de su cama y ahora aguarda oculto en el cuarto ropero de la casa será mío muerta ella? Decididamente no, no sería capaz mi tía de actuar de ese modo, es decir, cometiendo ese gesto, uno fuera de lo común, el de legar a un sobrino suyo a todas luces lejano una tela de tan alto valor económico, más allá de su ridícula iconografía, por encima de todo un cuadro del Maestro, me decía siempre al enseñármelo, pasando luego a contarme su historia, la del cuadro, una de esas historias que no merece la pena ni contar, menos todavía escuchar por lo nimio y afectado de sus contenidos, fruto de la casualidad, la de que la abuela de mi tía, criada de una antaño aristocrática casa en los años del franquismo, dejase un buen día su trabajo en esa casa y obtuviera de manos de su Señora y a modo de agradecimiento por los servicios prestados una tela, una de las muchas de la antaño aristocrática casa, que arrinconada en el desván de la misma aguardaba ser masacrada por la polilla, tomando la señora en cuestión la decisión de quitársela de encima, a sus ojos ennegrecida y con una poderosa capa de polvo encima, algo inaudito, en tanto esa arrinconada tela, un Tiziano que entonces no lo era, abandonaba la antaño aristocrática casa de la mano de una de sus muchas criadas como si nada, un Tiziano regalado a una criada por sus servicios, la abuela de mi agonizante tía con su regalo, aquí la parte más interesante de esa historia. Años después, y tras la previa identificación y posterior restauración, el cuadro de la en tiempos criada pasó a ser el Tiziano de la familia, finada ésta, ya no una criada, únicamente de su casa hasta su último día, mas con un detalle para con la tela, en verdad grave, que hacía de ese Tiziano algo frustrante, puesto que no era un Tiziano completo, faltándole pues unos centímetros, recortada la parte inferior del lienzo, detalle que impidió el ingreso de la tela en el Museo del Prado, interesado al principio, luego no tanto, finalmente no, ya por entonces saturado de obras de Tiziano, según mi agonizante tía en mi primera visita a su casa con la finalidad de contemplar su Tiziano, no una obra maestra auténtica, tampoco una obra relevante siquiera, todo lo más una más, mas una más del Maestro. Desde entonces, la obsesión de mi tía, y en menor medida de mi tío, por Tiziano, aumentó casi hasta lo enfermizo, no así por la Pintura, única y exclusivamente por Tiziano, y más todavía por sus Magdalenas penitentes, por el espíritu del Maestro en suma, a la vista siempre su Magdalena penitente, tela para la que llegaron a realizar esfuerzos considerables en lo referido a su feliz conservación, decían, después de haberla asegurado y exhibido con notable éxito, según los periódicos, tras su paso por varias exposiciones itinerantes, siempre con la máxima seguridad posible, requisito indispensable para el que mandaron realizar un enorme cajón ligeramente superior a las dimensiones de la tela, realizado en madera de nogal y acolchado en su interior, una obra de arte protegiendo a otra, dijo mi tío, destinado a hacer las veces de medio de transporte de ésta. Conscientes del peligro de robo de obras de arte, optaron por contratar a un pintor que les realizase una copia, por lo demás poco certera, del original, delatando su torpeza, la del pintor en el trabajo de la copia, en el rostro, de nariz y orejas por entero fallidas, copia que dieron por válida y que colgaron en el lugar del que durante tantos años había pendido el original, la cabecera de la cama del matrimonio, pasando el original a ocupar de manera permanente el cajón que habían mandado realizar en caso de transporte y que ahora, ya en casa y por tanto concluido el período de exposiciones itinerantes y por tanto lejos de todo posible transporte, podría ocupar el fondo del armario ropero, lugar en el que, por lo demás, no recogería, no recoge ni la más mínima partícula de polvo, así mi tía en mi última visita a su casa y, por consiguiente, a su Tiziano. Más que una coleccionista de obras de arte a pequeña escala, de una única obra de arte en definitiva, mi tía era una mujer aburrida de la ciudad y, en consecuencia, de sí misma en cuanto consecuencia de un entorno alienante, necesitada de alguna distracción ligeramente ambiciosa, y su biblioteca, por entero dedicada al arte del Maestro, de este modo libros únicamente sobre Tiziano, lo que le llevó varios años enteros de almacenaje y posterior lectura, la de esos libros, para luego darse a una pormenorizada lectura, de nuevo esos libros, indagando hasta el detalle y haciéndose de paso una clara idea de lo que leía, ya que no analizaba, al disponer a mano de una obra del estudiado como ejemplo, una Magdalena penitente nada menos. La pincelada del Maestro fue uno de sus mayores intereses, el tema del que, como dijeron varios supuestos conocedores, viejas amistades mías que la animaron, podría escribir un libro realmente denso, un estudio poderoso, aunque no pasase, pienso, del mero refrito de ideas ajenas mejor o peor distribuidas, así el sempiterno quiero-y-no-puedo de los interesados en el arte de un artista determinado, cuyo interés, el de sus estudios, descansa estrictamente en el apartado bibliográfico... Mi tía, que no mi tío, propietario de un negocio de colchones o así, al parecer ya jubilado, consumía sus tardes antes de su descubrimiento de Tiziano recorriendo escaparates e iglesias, siempre necesitada de vestido y oración, especialmente de vestido, pude comprobar al sorprender la saturación de su armario ropero, presto a contemplar por una vez más, hará ya cinco años, su Tiziano. Mi tía, pues, antes que una estudiosa concienzuda del pintor o de una mujer con posibilidades intelectuales, era una aburrida crónica de su tiempo, su existencia, y en consecuencia una víctima más de las paredes de su casa. Todo lo que pueda decir, escribir de ella está aquí demás, puesto que toda posible profundización en su imposible persona me lleva a pensar, y por ello a repensar, en su Tiziano, lo que de verdad queda en mí, lo único que en el tiempo quedará de ella en mí, su Tiziano. Que iría a visitarla, le dije a mi hermana, y que iría esta tarde sin falta, a lo que complacida me sonrió, también el monigote, aunque antes quizá por el buen sabor que le dejaron, le están dejando en la lengua las pasas con nata, abundante nata que, por cierto, no dudaron mis sobrinos en refrotármela por el pantalón, uno por cada bolsillo, del derecho el niño, del izquierdo la mona niña... hasta que sobre las cinco llego a casa de la aludida, tras una larga caminata, primero, que me llevó a tomar un taxi, segundo, antes de bajarme a dos manzanas de la misma, tercero, puesto que al estar cortado por obras el paso, reza un letrero, pese a la ausencia de pruebas visibles que lo refute, lo que me obligó a dar un largo rodeo hasta dar con mis huesos en la puerta de la casa cuyos dinteles hacía lo menos cinco años no cruzaba, ahora cruzo e identifico sin titubeo alguno el timbre a pulsar, a la vista y en letras pequeñas el nombre de mi tío bajo el nombre de su empresa, efectivamente en letras grandes, no tan grandes, pero claramente grandes en comparación con las otras, las de su nombre. Pulso así el timbre, y en ese instante, en este preciso instante, algo me tira de la espalda, invitándome a marchar corriendo a cualquier otra parte, no a casa de mi agonizante tía, una con la que nada tengo que decirme, absolutamente nada, acaso comentar de pasada el estado de conservación de su Tiziano, su único tema para mí de interés y sobre ella, ahora sobre la cama la imagino, soportando ese cáncer de estómago insoportable que la debe estar matando, sin duda la está matando, me pregunto ¿para qué habré seguido las recomendaciones de mi hermana? La voz de mi tío irrumpe ronca desde el otro lado, e identificándome a mi respuesta, algo sorprendido por el cambio de voz, en efecto, me abre la puerta invitándome a subir, y subo... y ya estoy en la cama junto a mi tía agonizante, y ella me mira y yo también mientras mi tío, tras de mí con lágrimas disimuladas en los ojos, a la sombra y en uno de los ángulos de la habitación, en la que se respira ese olor, este olor a descomposición tan característico de las habitaciones que en sus lechos acogen a esos enfermos siempre reconocibles tocados por la muerte, la inminente, a mis ojos la enferma, que hará de ella en breve futuro cadáver y alimento de la tierra, respiro mientras pienso en la putrefacción, pienso en ella mientras escribo pasado ese atroz aunque mínimo espacio de tiempo, el de la contemplación del más esclarecedor de los cuadros, uno que en mucho me recuerda otro, el de mi intento de suicidio por intoxicación visto desde fuera, y ahora es cuando creo comprender lo incomprensible de toda existencia y su inevitable fin, al tener más próxima que nunca una respuesta, no la Respuesta, viéndome en el cuerpo desmadejado de mi agonizante tía tendido sobre el lecho, con sendas piernas formando ángulo recto, sus ojos perdidos en los míos y una mano sobre el caduco pecho, presintiendo ese próximo por inevitable último latido, procurando así anticiparse al fatal aunque liberador momento, siguiéndole el juego al tiempo, me mira y la miro y todas miradas entre nosotros son pocas, no más palabras, no palabras, nunca palabras fueron tan vanas, menos ahora y aquí, sólo miradas, en este instante congelado en el que dos personas completamente ajenas la una de la otra se escrutan intuyendo algo que va a llegar y que de puro simple no es menos inquietante, más todavía incluso, que la contemplación en vivo de la más tosca copia del Maestro, de este modo sobre la cabecera de la cama, con alzar ligeramente los ojos la encuentro, una copia del original, casi una ironía, el abrazo de la muerte, algo tan falso como la vida, algo de lo más ridículo, también esta muerte, más allá de toda solemnidad, y es entonces, justo en ese ridículo y solemne instante, cuando algo me tira no de la espalda, bien lo hace de la lengua, de mi humedecida lengua, mas no tengo nada que decir, menos aquí para con mi agonizante tía escribir, y dejo de ver, de modo que visiono, y lo que visiono me resulta grotesco, una grosería visual, una afrenta de un gusto pésimo, esa falsificación colgada que pretende pasar por ser el auténtico Tiziano, y esa vieja que lo encargó, agonizante y salivando, con su mano sobre el pecho, y ése, su primer y último marido, esperando la hora, la inamovible hora, mas ya es demasiado, en verdad ya es demasiado, hasta que hastiado de tanta solemnidad me dejo tirar de la lengua, y la risa, de repente, mi respuesta sin palabras, para nada las palabras, cae atronadora sobre este silencio, y la mujer ni se inmuta, mas me mira con unos ojos nuevos que parecen sentenciar condena, y el de atrás, ése, violentado y medio llorando, me saca de allí, de aquí, de este antro apestado a horror y muerte, y expulsado, casi de una patada afuera salgo, lejos de esta casa maldita que nunca me ha dado nada realmente, absolutamente nada, no más la contemplación de un insignificante Tiziano y su copia, maldito él y malditos sus condenables dueños, mis tíos, los más viles individuos con los que un joven de mi edad pudo topar a su llegada a la ciudad, de la que, también ellos, decían, haría de mi ser algo de provecho, los maldigo y sobre sus tumbas futuras escupo, escribo y refuto lo escrito... De regreso a mi guarida los pensamientos se me amontonan uno tras otro conforme avanzo por las resbaladizas calles, todos fracasados, esos mis pensamientos, y el cerebro, falto de aire, frena su alcance, mi actividad pensante, sumiéndome en una espiral de incongruencias, resultándome todo no ya incomprensible, más bien insostenible, puesto que todo, mejor, todo lo poco que por comprensible puedo aceptar, me resulta directamente pueril y nada formado, una especie de provocación contra mi persona, algo que bien podría atemorizar a un niño, mejor, tampoco a un niño, a una mariposa que dotada de conciencia esperase su final prisionera en una mano ejecutora a pocos segundos del alfiler... y ahora, mientras escribo y reflexiono lo por momentos irreflexivo de mis actos, no dejo de preguntarme ¿a cuento de qué tamaña reacción frente a la agonizante?, es decir, ¿a causa de qué esa risa ofensiva y en el fondo inane?, es lo que me pregunto una y otra vez, y que por simple, incluso burdo, me atenaza, llevándome a mirar al espejo, y en consecuencia a interrogarme sobre mi alcance mental, mi salud mental, no dañada, decididamente no, pero sí muy susceptible, precisamente tras más de dos mil audiciones de la Novena Sinfonía de Bruckner, tamaña monstruosidad por mi parte, de ella en gran parte y por ende motivo de ésta mi presumible susceptibilidad, la de escuchar con los ojos, la de visionar más allá, mejor todavía, visualizar, así los contrastes más bruscos, las interrelaciones entre sonido e imagen, música e imágenes, como consecuencia quizá de ese violento contraste que me precipitó a la risa entonces... el silencio acompañado de la respiración de una enferma terminal, por una parte, y los latidos de mi corazón, por la otra, envuelto todo ello de un aire mortecino y viciado, sumado a este sonoro sopor la afrenta visual, una grotesca falsificación de un Tiziano mutilado de ridícula iconografía amparando a la enferma bajo su abrigo, la Magdalena penitente con sus ojos alucinados gimoteando alguna enfermiza plegaria a su Dios. Me cuesta realmente comprender esto, mirar atrás, más allá del más atrás, el día que hoy acaba en el más completo desorden, y que ordenar, reordenar por encima de todo, lo hace algo a mis ojos y sobre todo a mis oídos irreconocible, también irreconciliable para con mi percepción del mundo, de imágenes y sonidos que sobre el papel doblemente fracasan, no ya los meros sonidos, tan lejana la Música, también las imágenes, pese a la inevitable proximidad de ésas que evito, las más mías, imágenes del subconsciente que están aquí sin yo advertirlo, en las personas con las que trato, en los objetos que de una u otra manera en más estimo. Dejó en su Cosmos Gombrowicz escrito: "Observar a las personas presenta siempre obstáculos. No sucede lo mismo con los objetos inanimados. Sólo los objetos pueden ser verdaderamente observados", de este modo en su Cosmos Witold Gombrowicz, año 1965...

20 de enero

Durante el sueño he vivido una pesadilla espantosa como pocas, apunto... Cita a las nueve con el Tío O., leo en la agenda, con el hermano de mi madre, siempre todos los lunes de cada semana, hasta su desaparición, según me dijo, me sigue diciendo, él, mi tío, uno de los pocos, en definitiva el único tío mío de verdadera confianza en lo referente a mis intereses intelectuales y más allá, pese a sus setenta y ocho años, todavía en activo, de profesión científico y poeta, poeta y científico, nunca por separado... Llego a la hora exacta, en el minuto exacto, algo realmente necesario para no desmerecer de su palabra, dijo en su momento, por lo que acostumbra recibirme con los brazos abiertos, así hoy, mas sin fingimientos de ningún tipo, en verdad siente lo que dice, él, incapaz de engañar a nadie, menos a mí, su único sobrino digno de confianza, dijo y lo refuto dejándolo por escrito... El Tío O., fuera de toda duda, el único miembro de la familia que supo ver en mí ciertas aptitudes que convenía no dejar escapar, de su boca a su hermana, mi madre, cuando yo contaba con apenas seis años, recuerdo muy bien. Poeta y científico, siempre al margen de cualquier signo de oficialidad corruptora, viviendo por y para la poesía y la ciencia, sus únicas motivaciones para seguir estando vivo... El Tío O., sin duda alguna, es el miembro de la familia que más tendencias suicidas a manifestado a lo largo de su existencia, más fracasando en el intento, en una familia particularmente nada dada al suicidio. Que yo recuerde, cinco han sido hasta el día de hoy el número de intentos, siempre frustrados en el último momento, por él, mi tío, precisamente y debido a su aprecio por la vida, alegó, un aprecio a todas luces desproporcionado, el de un viudo que perdió a su mujer de una neumonía neumocócica descuidada, él, precisamente él, hombre de ciencia, lo lamentó hasta acariciar por primera vez la idea de suicidio, una que después hasta cuatro veces más lo menos repitió, sigue lamentándose de su imperdonable torpeza, algo imperdonable lo de haber aceptado la muerte de su mujer por algo tan superado por la ciencia como es una neumonía neumocócica que degeneró en la pleuresía purulenta que la mató, atendida en el último momento, cuando ya era demasiado tarde... Dice: "¿Qué motiva al ser humano a dejar por escrito un ridículo pedazo de su innata estupidez congénita? ¿De qué nos servirán el día de mañana todos esos conocimientos extrasomáticos si, en lo más profundo de nuestro ser, no superamos la triste condición de auténticos animales con la particularidad de arrastrar un cerebro distinguidamente desarrollado? Luego, ¿para qué seguir viviendo si todo lo que vive, en efecto, está condenado a desaparecer y, por ende, a repetirse en otros nuevos seres, impidiendo así la evolución auténtica del pensamiento, más allá de esa porción de libros brillantes que van quedando como testimonio de la evolución de éste, fuente de conocimientos extrasomáticos, luego olvidados y progresivamente plagiados y reescritos sus textos hasta hacer de ellos, los cimientos incuestionables, engendros irreconocibles y, por tanto, desechables por caducos? ¿Qué me motiva, pues, a seguir estando, de este modo escribiendo, si todavía en lo más profundo de mi ser no he trascendido la condición de animal con un cerebro distinguidamente desarrollado? Aquí empieza el inconveniente de escribir, pienso a cada rato y en especial mientras escribo, y en la contradicción creo poder acercarme sin fracasar al punto que tanto ansío, pero ese punto en mucho me supera, y todos mis esfuerzos no sirven de nada, así también yo escribo por escribir, mas pretendiendo huir de mi soberbia, excluido en una sociedad que no es tal, un matadero de sutilísimos métodos, desde la descarga eléctrica hasta el despedazamiento pasando por el previo despellejamiento de la víctima, la aniquilación del Yo en una sociedad tremendamente individualista que se individualiza aniquilando al individuo, no físicamente, peor todavía, intelectualmente, desde que es engendrado y parido por su madre, previamente aniquilada, también ella, su madre, hasta que pasa a disposición del llamado Sistema Educativo, que anulará en un tiempo mínimo y de manera precisa cualesquiera brotes humanos manifieste el individuo a aniquilar, luego el nuevo no-individuo, cuya plasticidad pronto quedará excluida de sí misma, es decir, incluida en la sociedad de la exclusión, la de la descarga eléctrica y el despedazamiento pasando por el previo despellejamiento. Existir es algo obvia y hasta jocosamente mortal, el penoso resultado de una cópula inconsecuente, y el sexo, sigo pensando, el juguete provocador que primero anula nuestras cualidades, que nos reduce a lo que en verdad somos y seremos, más allá de toda posible evolución y en su más amplio sentido, animales con un cerebro distinguidamente desarrollado, siendo lo demás un cuento muy negro y de final cerrado, en el que esa artimaña del amor no existe al no poder justificarse en sí misma, nunca en sí misma, por mucho que ese astuto comercio de almas que es la Iglesia Católica no dude en hacer de su irracional sentimentalismo plato fuerte para las masas, afirmando lo contrario, estupideces que ni ellos mismos creerían borrachos... Del amor, en efecto, ya nadie puede decir ni escribir nada sensato sin caer en el ridículo, en el más sangrante de los ridículos, incluso. Del amor entre un hombre y una mujer, lo que por amor acostumbramos entender con mayor profusión, apenas quedan unas ruinas en la mitad de un desierto, el desierto que se abre con toda relación humana, especialmente entre un hombre y una mujer. El amor fue tema de una época, la forma sutil de magnificar el deseo, también el sexo. Amor y sexo son indisolubles, no se comprenden y por ello viven reñidos. El amor no es complemento del sexo. Tampoco el sexo lo es del amor, del amor auténtico. El auténtico amor, el Amor, debe odiar a muerte al sexo. El Amor es algo demasiado íntimo, pura abstracción, y por ello debe ignorar todo aquello que no se corresponda con su naturaleza metafísica. De la pureza y del amor se han escrito páginas innumerables, mas del amor puro, del auténtico amor, todo parece haber quedado reducido a un concepto que hoy es mera convención y que únicamente se manifiesta en la literatura, no digamos ya en la poesía, no así en mi poesía. En la literatura y en sus páginas no más, se forman las pasiones más auténticas, por eso, de Ovidio a Tolstoi pasando por Sade, por nombrarle a tres de los grandes tan distanciados en el tiempo y hasta en el tratamiento de sus contenidos, la variación ha sido realmente mínima, y el tema que ha segregado desde las más notables cabezas la más excelsa tinta se ha convertido en forma de negocio, una especie de ejercicio de mimesis a respetar puntillosamente, en el que lo extremo deviene ridículo, y lo ridículo, ya asimilado y pese a su ridiculez aceptado, deja de serlo y cae en lo vulgar: de la vulgaridad se alimentan todas esas mentes nacidas para el sexo, en pocas palabras, para la satisfacción de sus impulsos primarios, y el Amor, sobrino, no sabe de impulsos primarios... Fuera de toda duda, al Amor lo remató la nueva brutalidad de nuestra era, cuando esa violencia por la violencia tan animal que nos caracteriza sofisticó sus trazas de la manera más fría y consciente posible, la manera humana", dijo, y levantándose del sillón, se acercó a la estantería del fondo y tomó de ésta uno de sus muchos manuscritos inéditos, demasiado buenos para ser publicados, decía, y abriéndolo, afirmó que "se trata de algo único, fruto de quince años de concienzuda reflexión, cuarenta páginas no más que son obras de arte en sí mismas, en las que ni falta ni sobra nada, ni una palabra está de más, todo encaja en este monumento dedicado a la muerte, al arte del suicidio, realmente un arte", de este modo mientras lo ojeaba, titulado por lo demás Del Arte del Suicidio y de sus irreversibles consecuencias, muy apropiado, cierto... Dice: "El siglo XX es, más allá de todo logro científico o literario perdurable, más allá de Einstein y de Kafka, insisto, el siglo del suicidio, una tendencia francamente muy extendida y entendida y, lo que es peor, terriblemente aceptada en tanto asumida, algo que se manifiesta en un elevado porcentaje de individuos desde el despropósito hipersensible de su infancia, justamente desde el momento en que se interrogan a sí mismos sobre el dudoso sentido de su existencia, sin encontrar nunca una respuesta lo suficientemente tolerable, no más allá de la filosofía, en el caso de que la frecuenten, asimiladas las enseñanzas de los estoicos romanos. ¿Y qué mejor que el suicidio para acabar con un problema que en su momento se presenta inacabable? Del suicidio se ha escrito mucho, y de ese mucho muy poco tiene realmente una calidad satisfactoria, es decir, un resultado esclarecedor que sobrepase lo obvio redundante. En el ensayo muchos han sido los que han fracasado, más también en la novela, máxime tratándose de obras que aunque encuadradas en la ficción tienden puramente a ser ejercicios testimoniales, lo que en principio supone un verdadero punto de apoyo para el que la escribe, así la facilidad de escribir sobre uno mismo, el tema, la cualidad de abrirse al supuesto lector y, por ello mismo, lo complejo de no caer en las vías fáciles y efectistas del común de las novelas con pretensiones de realismo emocional... Fácil es detectar en el ensayo la mucha estupidez y el mucho efectismo morboso del mundo capitalizado, que por algo son libros muy vendibles y accesibles, sabido es por todos, estando a la altura de la nefasta mentalidad de los tiempos, algo no tan sabido, y eso es precisamente lo que la masa, el lector inconsciente, quiere, efectismo morboso para resarcirse de su nulidad, auténticos seudoensayos... La novela, y sobre todo la poesía, cuando trata del suicidio tiende al desgarro, al más ridículo y hasta pornográfico de los lloriqueos derrotistas, y eso, sobrino, es basura, pura basura destinada al consumidor indiscriminado... Wittkower, el reputado historiador del arte, más conocido por otros empeños, es autor de un conocido estudio sobre el suicidio de ciertos artistas renacentistas, estudio que por la expresión de su rostro puedo deducir ya conoce sobradamente y que, pese a sus inevitables carencias, que no son pocas, es uno de los pocos escritos que logra penetrar con cierto rigor sintético en la entraña de lo que yo he estado analizando durante estos quince años dedicados al suicidio, no al arte del suicidio, un análisis del suicidio esencialmente histórico, consecuente con el tiempo vivido, una aproximación que supere la barrera de la mediocridad del suicida medio, conducido por su vida aburrida y sus problemas aburridos al suicidio, a través del análisis de varios artistas, es decir, individuos con unas inquietudes intelectuales, es de suponer, por encima de la media... Mucho más satisfactorio, aunque poco tenga que ver en lo superficial con el anterior, me resulta el Thomas Bernhard novelista, aunque tampoco me satisfaga por entero: más allá del rigor histórico del ensayista Wittkower, el Bernhard novelista generaliza el horror del individuo, su propio horror, haciéndolo rigurosamente universal, y eso, efectivamente, se debe a que Bernhard, a diferencia de Wittkower, fue un individuo tendente al suicidio, un inquieto estudioso del suicidio, no del arte del suicidio... En este sentido, mi aportación es parcialmente nueva, y no una mera repetición, dado que se aproxima a este arte de la manera más completa y distanciada posible, tomando las viejas fuentes con el más escrupuloso de los respetos, así, un autor de los más frecuentados como es Schopenhauer, no ha sufrido retoque alguno, sirviéndome de soporte, a modo de apoyatura, nada más, pero apoyatura en el sentido en que el suicida que desea colgarse de una cuerda necesita de un taburete sobre el que apoyarse para experimentar la irreversible experiencia de darse muerte, de este modo yo, su tío, más frustrando la empresa en el último momento... Lo que he pretendido con mi Arte del Suicidio es algo quizá nuevo y hasta definitivo, y no pecaré de simplista, puesto que dicho ensayo, pues es un ensayo, en efecto, va más allá del simple conocimiento, es más, se trata de un puro reconocimiento: al partir mi empeño de la experiencia, mis intentos de suicidio, no tengo que recurrir a otras fuentes, sinónimo de inseguridad, ya que de mis intentos de suicidio respondo yo, y esos son el mejor material con el que he podido, pude trabajar, la mejor prueba, sujeta a datos auténticos e irrefutables, datos de primera mano y, asimismo, dignos de respeto, más allá de toda mala jugada que durante el proceso de escritura pueda haberme propinado la mente, algo, con todo, muy poco probable... El suicida optará por infinidad de formas, de artes, como las llamo, todas ellas harto pueriles y ridículas vistas desde fuera, así la cuerda, el disparo, la caída, el gas, la electricidad, el agua, la pastilla, el fuego, la inyección, el puñal, tantas y tantas formas posibles, todas ellas de lo más pueriles y ridículas, están en el inconsciente de la gente como su pan de cada día y que uno, por mucho que ponga de sí mismo, por mucho que ponga de su Yo suicida, automáticamente quedará invalidado para escribir un verdadero texto que no se hunda en lo fácil, en lo inconsciente, algo en lo que acostumbra caer la mayoría, aventurando opiniones insoportables e hipótesis inconcebibles, desde esos tratados del siglo XVI hasta las últimas piruetas, todo en vano, antes, durante y después del momento de afrontar el suicidio, mejor todavía, el arte del suicidio, un arte pueril y ridículo que me sigue ocupando varias horas del día, no por su puerilidad y ridiculez, más bien por la extrema madurez que contra uno acarrea aplicarlo, aunque finalmente termine por resultarnos, a nosotros los vivos, por esas cuerdas y esos puñales, algo de lo más pueril y ridículo", dijo, y deslizando su vista por la alfombra hasta detenerla en la ventana, un agujero de niebla enmarcado, me pregunta que si todavía sigo pensando en eso por lo que tanto interés mostraba el otro día, y le respondo que sí, que es en lo único en lo que desde entonces he pensado, sigo pensando, pensado y hasta llevado a cabo, más fracasando en el último momento, por lo que cambia aquí, al decírselo así, la expresión de su rostro, antes indiferente pero ahora afectada, una expresión realmente afectada y, añado además, que aunque de mi intento de suicidio, de mi primer intento de suicidio no he hablado con apenas nadie, con él ahora y con el cineasta antes, con nadie más he hablado en lo referido a mi primer intento de suicidio, algo que me provoca un profundo estremecimiento, de pensarlo me sigo estremeciendo, precisamente hace de ello hoy una semana, justamente el lunes de la semana pasada, a pocas horas de salir de aquí, de su casa y de su compañía, dado al fin por terminado mi Análisis sobre la Novena Sinfonía de Bruckner, un trabajo atroz y monstruoso, tras más de dos mil audiciones de la misma, una sinfonía que a fuerza de forzar ya no me dice nada, pienso, resultándome en exceso hueca y de lo más mediocre, escribo de una sinfonía que siempre consideré uno de los grandes hitos del arte de la sinfonía, una obra maestra absoluta equiparable en su grandeza a la Quinta de Beethoven o a la Novena de Schubert, decididamente no, a él, mi tío, en ese momento, le dije, y él: "Detesto a Bruckner, pero más a los musicólogos que pretenden hacer de lo suyo algo definitivo... Ensordecedor e inconexo, Bruckner me aburre profundamente, resultando un auténtico pastiche sonoro, de lo más ambiguo en su pretendida grandiosidad... No andaba la crítica de entonces muy equivocada con él, y ya ve ahora usted, tan magnificado por esas nulidades del mundo de la musicología, su mundo, aunque de usted tenga mejor opinión... Es el típico caso de músico centroeuropeo, de esos que tanto se llevan ahora, dicen, y que se venden por duros e intelectuales, claro que Bruckner ni es duro ni intelectual, menos todavía un digno discípulo de Wagner... Claro que no tiene que salir de este bendito país para descubrir casos de música por la música y nada más. Escuche con seriedad a Isasi, desafortunadamente uno de nuestros menos escuchados, menos todavía analizados, y sabrá de lo que le hablo, o a Toldrá, también ignorado, que no todo es Falla y Turina, menudos esos dos, perfectos ejemplos de la oficialidad de nuestra música nacionalista, así llamada nuestra música, aunque eclipsados por lo que más se lleva, se dice al respecto de ese invento que es la zarzuela, la más prolífica y condenable parcela de nuestra música, y si me permite la no tan odiosa comparación, con no pocos elementos en común con el todavía más condenable ejercicio de lo taurino, una muestra de la bestialidad que late dentro de la mediterránea cabeza del español de toda la vida, todavía en nuestros días", dijo... hasta que, ciertamente cansado y con un dolor de cabeza nuevo y de lo más extraño, salí por donde entré unas dos horas después, harto de tanto monólogo, esto es a las once y siete minutos de la mañana, así tras mirar el reloj, y aprovechando, como cada lunes, la proximidad de la casa del Tío O. respecto de la mejor librería de viejo de la ciudad, según la cartela, aprovecho y entro a ella, haciéndome de paso con dos libros, una primera edición de la Storia della dodecafonia de Vlad, el primero, y una llamativa obra titulada La sepultura de Miguel de Cervantes, del año 1870, memoria escrita por encargo de la Academia Española..., reza su subtítulo, el segundo... Al llegar al lugar de siempre, dos minutos antes de las doce, el cineasta ya está esperándome allí sentado y con un cuaderno entre las manos, su propuesta, "la Propuesta", me dice, a lo que tomo asiento, apartando a un lado la bolsa con los libros minutos antes adquiridos, le escucho, y él, que "toda trasgresión que pretenda romper con las llamadas normas formales establecidas está condenada al fracaso. La pretendida ruptura nunca rompe: no más se asimila y ya asimilada termina por ser olvidada, por ello es superada. Mi propuesta no aspira romper norma formal alguna, todo lo contrario, ordenar la saturación formal para crear un sistema, el Sistema, pero de un modo matemáticamente fijado y no hermético, no únicamente mi sistema, siguiendo unas reglas que atiendan exclusivamente a la significación última del plano, más allá de todo posible sentido utilitario, partiendo de las reflexiones sobre la puesta en escena aplicadas a su cine por Bresson y Dreyer, dos de los cineastas más cinematográficos, auténticas leyes universales sobre el arte cinematográfico... dando así autonomía pictórica al plano, es decir, estudiando y precisando la planificación y el color, y luego pasando a ordenar la palabra, reduciéndola, es decir, rompiendo así con el elemento no-cinematográfico, aquí sí con la concepción cinematográfica de Godard, que para pensar se expresa por medio de la palabra, haciendo de su cine un ejercicio meta-cinematográfico de naturaleza en última instancia literaria y sin continuidad más allá de su sistema. No pretendo con esto vulgarizar el arte cinematográfico al simplificar la concepción de los autores a una única concepción, más bien, marcar unos principios integradores estilísticos, válidos para cualquier película cinematográfica, algo realmente pretencioso y discutible, de ello soy consciente, pero una forma, quizá la única posible dentro de lo imposible, de salvar al arte cinematográfico de su extinción... Esta concepción mía que dará forma definitiva al Sistema cinematográfico no tiene que plantear una ruptura temática: lo que busco es una relectura sin palabras, a la manera del cine mudo de una temática indeterminada, mas confiriendo a las imágenes un sentido metafísico y no metafórico, acabando con toda clase de posibles subrayados, desde la hoy inexistente iluminación al objeto, retornando a la abstracción del cine en blanco y negro pero renovándola desde la unificación, como advirtió Bresson, del color, del que pocos, contados cineastas han sabido dar una verdadera lección, así Bresson, Fellini, Ford, Hitchcock, Kurosawa, Powell, Renoir, Vidor y Visconti han sido maestros primerísimos del color como elemento metafísico de expresión, es decir, no como un elemento expresivo de las emociones convencionales que plantea el cine que no profundiza en él, sin encontrar una reflexión realmente pensada, es decir, el color como artificio inconsciente para con el espectador, así de ciertas sensaciones por asimiladas cuidadosamente estudiadas por el autor de la fotografía, que decorativas y poco convincentes y aceptables después del visionado y oportuno análisis del filme visto llegan repugnar y hasta ofender en su descarado simplismo. Claro que la emulsión del cine siempre será la del blanco y negro, que es la más abstracta y por tanto cinematográfica de las formas posibles... hasta el momento en que se establezca el Sistema, que en lo superficial poco difiere de la corrección de los clásicos en technicolor del Hollywood clásico, de este modo un cine muy exigente pero poco pensado, basta acudir a una de esas deliciosas películas del mejor Curtiz o del mejor Minnelli, en las que el color, junto a la iluminación y el objeto sabe estar, pero no más allá de un saber estar, es decir, no como elementos metafísicos de expresión, todo lo más dando a entender por metáforas visuales ideas simples sobre las que volver es algo poco probable, tan flácidas llegan a resultar. Que el color se emplee mal en el cine es algo más que obvio y sobre lo que no volveré. Que el color se emplee de la manera correcta, empleando un sistema coherente y abierto, ley universal, eso es ya algo prácticamente imposible de percibir en película alguna de nuestro tiempo, máxime viviendo el efecto de la televisión, que es la negación más violenta e influyente de los últimos decenios sobre la progresiva degeneración del hoy extinto arte cinematográfico. Mi propuesta, la Propuesta, soluciona de manera exacta el problema, pero requiere de una competencia artística y una sabiduría estética sobresalientes, una base notable sobre la que pueda trabajar y crear un cineasta sobresaliente. Al color se integrará en la banda sonora la música, la auténtica palabra, música y hasta ruido, pero no palabras, no palabras como palabras, palabras como ruidos en el mejor de los casos, puesto que la palabra aniquila, está de más y debe ser eliminada. Un filme con palabras siempre es el mismo filme para el común de los espectadores, no así un filme que prescinda de ellas, que siempre podrá interpretarse personalmente, de tantas maneras como espectadores asistan a la proyección del filme en un cine debidamente preparado, más allá de la linealidad o sencillez de su argumento: aquí comienza la abstracción, y de eso, efectivamente, tenemos una auténtica mina en los filmes mudos, los que en verdad requieren de un cineasta, de alguien extremadamente sensible que como Pabst sepa contar esencialmente en imágenes las más complejas ideas y las más profundas reflexiones, rompiendo definitivamente con esa lacra de que el cine, ante todo el cine actual, debe ser entretenimiento, adjetivo el de entretenimiento que aniquila la verdadera esencia del auténtico cine... espiritual, en efecto, debería ser el adjetivo empleado... así el cine debe ser espiritual, acaso alimento del alma destinado a la formación estética del ser humano, debe porque debe", dijo, y cerrando el cuaderno, añadió, añade: "Es la hora, pero he pensado que... si no le importa, en efecto, bien podríamos romper con la, digamos, así llamada rutina, modificando el paseo", y yo, que sí, que quizá sea eso lo mejor, modificar el paseo para romper con la así llamada rutina, celebrando por tanto su propuesta, la Propuesta, el Fin debe ser, en tanto yo escucho y él me explica con todo detalle el Fin que es su propuesta durante el paseo, le digo, le dije, pienso ahora mientras escribo... algo necesario en verdad ese kantiano principio del que necesitamos ciertos individuos para llegar a lo definitivo, por hacer de nuestra acción Fin y en consecuencia ley universal, sí y sí, de puro convencidos en nuestro pensamiento, que en esencia debe ser conocimiento moral y por contra estamos a poco de ser destruidos y pulverizados por todo lo que nos rodea, lo que no está siendo escrito, pienso, más allá de toda filosofía intelectualmente salvadora como apoyatura, por este aire infernal que respiramos firmes ante el despeñadero y que se nos impone, capaces de soportar con todo una última embestida, otra embestida más mientras nos crecemos buscando esa satisfacción que nos llene y que nos eleve, que con todo nos llena y con todo nos eleva por encima de este mundo del que ineludiblemente dependemos pero que en lo más aborrecemos, viviendo, comiendo y respirando de su mezquindad, aguantando firmes hasta el último momento en la contradicción, así el que escribe como masoquista irresoluto, pienso, todavía un ingenuo sumido en la desesperación del presente, dudando de todo, de este modo desde el día en que tomé conciencia de mi situación, condenándome desde dentro por tan desafortunado nacimiento, escribo mientras resuena en mí la voz del cineasta, que insiste y resiste en lo suyo, que es su propuesta, la Propuesta que es Fin, algo en lo que no creo, decididamente no, intento creer en ello pero no puedo, acaso me supera y separa, así su absurda propuesta, la Propuesta que no es, condenado a fracasar él por individuo y su propuesta por consecuencia de su individualidad, él y su propuesta en mí, sí y sí, él y su acción física e intelectual para dar de sí la Propuesta que es Fin, ahora no, decididamente no... Escucho, pienso, escribo y repensando lo escrito vuelvo sobre la síntesis de lo escuchado. El pensamiento se derrumba sobre sí mismo. La contradicción hunde al individuo en un estado de ambigüedad insoportable. Ninguna pieza parece encajar, y todo lo escrito se torna falso y por ello absurdo y por consiguiente producto de un mal sueño hijo del tejido orgánico del cerebro. Con las piezas sueltas, las palabras, nos vamos a otro folio en blanco, pero no tardamos en volver sobre lo escrito, de modo que reordenamos esas palabras, esos supuestos significados, haciendo de lo escrito a través de lo pensado un elemento de duda que en su complicación continua nos invalida, atándonos lenta pero ineludiblemente las manos, privándonos de la escritura por el placer de la escritura: así la escritura como necesidad se intensifica, pero no como necesidad liberadora, muy al contrario, como necesidad hermética y única y exclusiva de nuestros pensamientos, encerrados en sí mismos, descifrables en nuestros cerebros, así llevándonos al punto de partida del pensamiento más puro, procurando de este modo volver a una infancia fingida, librándonos de toda filosofía y de todo pensamiento ajeno, haciéndonos una forma de pensamiento propia, aunque en el fondo anulada por esas referencias y esos pensamientos ajenos que siempre quedan, enterrados en nuestro subconsciente y de los que somos conscientes, cierto, pero de los que por conscientes no podemos arrancarnos del subconsciente... En nuestra ruptura con la rutina en el paseo llegamos, casi sin advertirlo, al antiguo matadero de la ciudad, suspendida toda actividad hará tres decenios y en completo estado de abandono, exactamente igual a como lo dejaron, dice, según le dijo un viejo trabajador, desollador para más señas. La puerta, como es habitual en lugares de esta catadura, sigue abierta, por lo que entramos, sigo preguntándome ¿para qué? Dice: "Un matadero. Un lugar cinematográficamente posible. Observe esos ganchos del fondo en la sombra. ¿No percibe los restos de un grito quebrado? Es un grito completamente extinguido, el grito del último animal aniquilado aquí, un cerdo del que ya nadie quiere recordar nada, ni el mismísimo ejecutor que le dio muerte, si vivo hoy, querrá recordarlo siquiera, el grito mortal de ese animal, su último animal aquí. ¿Percibe el horror del que le hablo? No es nada obvio: es algo que a la sombra de la obviedad camina. No y sí, ¿lo percibe? ¡Percíbalo! De esos ganchos no cuelga un trozo cualquiera de carne de animal brutalmente aniquilado: de esos ganchos no cuelga nada", dijo... A la mesa de mi hermana hubo cerdo en cierta salsa para comer... Lo hubo para comer, hasta aquí mi pesadilla.

23 de enero

...y amanezco con Bruckner, no con la Novena, tras más de dos mil audiciones de la misma, con la Séptima hoy, ayer con la Sexta, anteayer con la Quinta, sigo levantándome con el desigual Bruckner sinfonista, sí hasta su Octava, fuera de toda duda la mejor manera posible de romper con esos pensamientos, los que me precipitan al suicidio y, en consecuencia, al placer por visionar una escenificación mental del mismo, la única escenificación fingida de mi suicidio antes de mi suicidio, desde dentro y desde fuera, consciente con todo de la ridícula atrocidad que implica, la absurdez de darme muerte, en la soledad de mis horas, con Bruckner pues rompo con esos pensamientos, con el Bruckner sinfonista que concluye con la última nota de su Octava, pero no con el Mahler sinfonista, no con el tan manoseado y prepotente Mahler sinfonista, uno de los compositores más tópicamente intelectuales, mi compositor de adolescencia, efectivo de lo más entonces aunque todavía vivo en mí, al que inevitablemente regreso y sobre el que con insistencia repienso en las mismas ideas al dedicarme a Bruckner, amigo de Mahler... En un mundo de pensamientos mediocres, de la cuna a la tumba, hasta la música termina por resultar mediocre, de este modo a unos pocos sin duda, y tanto más mediocre resulta en cuanto es arrojada al aire por amor a esos rastreros ingresos económicos, lo inevitable para que sea, puesto que toda cultura tiene un precio, se sigue diciendo, y toda música realmente exquisita, es decir lo más cultural de lo cultural, tiene un precio, el justo precio, lo que en verdad vale esa música realmente exquisita, que es lo más cultural y por tanto tiene el precio más cultural, el precio realmente justo, ya sea un Mahler o un Bruckner el compositor a prostituir por ese precio, el justo precio de la cultura, su precio... Pensamientos mediocres en tiempos mediocres, escribo. ¿Qué escribo escribiendo pensamientos mediocres? No basta con escuchar, pensar, escribir y repensar lo escrito volviendo sobre la síntesis de lo escuchado; no basta con no bastar. Que "En cuanto el hombre habla, empieza a errar", volviendo a Goethe, no merece comentario alguno. Que en cuanto el hombre escribe, empieza a dudar de sí mismo, escribo, es lo primero que pienso tras repensar el verso del imperecedero Goethe. De lo hablado a lo escrito, ¿qué dista de lo hablado a lo escrito? ¡Aquí un pensamiento mediocre!, sí, puesto que escribo, cierto, pero pensando inevitablemente en lo hablado, algo que por hablado no puede, mejor incluso, no debe ser escrito. Todo intento de escritura que pretenda volver sobre lo hablado haciéndolo legible aniquila la substancia de lo hablado: lo hablado, lo dicho, es el pálido y mediocre reflejo de lo que debía haber quedado por escrito: lo que aquí escribo es artificial y por tanto falso, el traspaso al papel de lo pensado, pensado pues para ser hablado y que, fracasado, termina quedando aquí, por escrito, pensé mediado el segundo movimiento de la Séptima de Bruckner, una sinfonía sobre la que mucho he hablado pero de la que apenas nada he escrito, poco que ver con la Novena, luego un terreno sobre el que mis esfuerzos analíticos no han pasado de esto: lo espontáneo y poco fiable dicho y por dicho y no tomado realmente como propio no escrito, aquí un pensamiento mediocre, escribir de lo hablado a partir de lo escrito por otros ya antes leído por uno, así mientras escribo sobre lo perdido, lo espontáneo y natural de todo ser humano, su palabra, su palabrería arrojadas al aire, no lo artificial y por tanto falso del traspaso al papel de lo hablado, la destrucción de lo hablado al quedar por escrito... El desayuno. Vierto en el vaso la leche fría, dos cucharadas de azúcar después. Observo ese vaso de leche y bebo de esa leche fría hasta dejar el vaso vacío, siempre esa leche fría todas las mañanas, la misma leche fría día a día, pienso sobre lo ahora escrito, pensé entonces, no esta mañana, todas las mañanas, mientras bebía de ese vaso la leche fría, para así escribir esto, no sobre la leche fría, sobre el estúpido acto de beberme la leche fría. Al desayunar comprendo que mi cabeza no puede dar más de sí, que mi cabeza está llena de estupideces inabarcables para un único vaso de leche que, fría de enero a enero, me sirve para mirarme en él y no encontrarme reflejado, no en ese espacio blanco que he de beber, bebo de manera irreflexiva mientras procuro escapar de él: es el inevitable sentimiento de angustia que me llama a seguir atento cada uno de mis movimientos, esos que procuro desde fuera ver, visionar incluso, consciente de mi incapacidad, de mi inutilidad más allá de las cosas estúpidas y triviales, ya sea beber como un animal de un vaso de leche la leche que adquiero todos los miércoles por la mañana vertida la leche sobre el vaso y añadidas después dos cucharadas de azúcar. Beber y comer, poco más, de poco más vive el hombre actual. Es un cadáver con un complejo sistema estomacal, un cuerpo perfectamente adaptado para darse a los más soporíferos banquetes, recuerdo todavía, hará ya muchos años, cuando sentarse a la mesa, todavía un niño, implicaba sentarse a la vida, comer y beber era vivir, y ver a los otros comer y beber era la celebración de la vida. Aquí una filosofía, amor y sabiduría a la mesa, y lo demás, ¿qué puede bebidos y comidos importar lo demás? Realmente lo demás no importaba, no debía importar... y si hoy importa, no importa en verdad, nunca importa realmente lo demás. Lo primero es la salud y el trabajo, se dice, y tras la salud y el trabajo, se sigue diciendo, que venga lo demás, escucho, mas lo demás nunca lo es, ya no queda tiempo para ello. La gente agoniza, también yo, escribo, y en mi agonía bebo y como, luego vivo, ayudado por una salud que es la salud de los sanos, de los que agonizan bebiendo y comiendo y, ya después, se dan a lo demás, es decir, al disfrute, la recompensa, el fin de semana, el verano de todo niño en edad escolar, el equilibrio engañoso de toda vida mediocre que satisfecha aprueba la recompensa para luego retornar al trabajo, cumplido lo demás. Lo demás ya no es sentarse a pensar, llenar páginas en blanco, proyectar construcciones, componer sonatas, respirar la corrupción del vecino y hacer de ella poesía, una pequeña obra de arte, una gran obra de arte incluso, algo que nos sirva, me sirva, para seguir aquí sentado, pensando y después escribiendo, o pensando simplemente, o pensando y hablando con los otros sobre lo pensado, luego repensando lo pensando en el momento de arrojarlo al aire... Durante el desayuno y durante la cena soy consciente de algo, precisamente del gran problema contemporáneo, y no me basta con sentarme a la mesa y desayunar y cenar, es decir beber de ese vaso de leche fría, mañana y noche, mientras vuelvo sobre mi último sueño, la última pesadilla, prácticamente ya diluida, a poco de gestarse otra de nuevo, y procurando hacerme con algunos viejos recuerdos, los mezclo, así los mezclo y hago de esa pesadilla pasada o que está por llegar algo meramente aceptable, no una pesadilla, un paso adelante hacia la incomprensión total, y lo que en principio podría interpretarse como esa forma de equilibrio sin más que es el sueño, pronto deviene auténtica enfermedad, y el horror de estar despierto, de seguir despierto con los labios pegados a este vaso de leche fría, mañana y noche, escribo, me arrastra hacia un auténtico estado de infantilismo del que con gran dificultad logro salir, salgo, no hasta que me pongo a escribir, aquí, y pensando, repensando lo estúpido del presente, ahora, así regreso hacia el imposible pasado, hacia mi atroz infancia, los primeros años, los que todo lo determinan, el inevitable fracaso del individuo en su caída por el despeñadero del mundo, magullado y ensangrentado, plenamente consciente de su inconsciencia, un continuo magullares y ensangrentarse, de caerse y de levantarse, todos por igual, de sufrir la violencia de los compañeros, nuestros primeros agresores, esos que con toda su crueldad nos hacen salir de la irresponsabilidad que nos conceden por unos años de lo más estúpidos nuestros padres, unos años que podían significar formación plena y provechosa, no así, un tiempo de irresponsabilidad y espera... y sintiendo una cierta nostalgia, sí, ya creo sentirla, por esa época y por mi única hermana, por ese cementerio y por esos sus cuatro muros desde mi ventana, al descubrir esos agujeros en el suelo acabada la llovizna, caigo, lleno de contradicción, temeroso de topar mañana con una piedra acaso demasiado artera, sobre la cama, rendido al fin, incapaz de asimilar nada, dándome a un nuevo sueño, a poco estoy de darme a él, por hoy ya es suficiente... pero, ¿qué hace todavía ahí esa carta sin abrir?... por lo que la abro y leo, y ya leída, apenas asimilado su ininteligible contenido, presa de mi irritación, la rompo en pedazos. Una carta del musicólogo corrector no puede ser una carta digna de tal nombre. Nada en ella supera cierta y bien mediocre medianía, la habitual al respecto, nada en ella indica lectura seria ni esfuerzo alguno, nada en ella es acertado ni fracasado, todo huele a falso y copiado, precisamente en esos comentarios sacados del manual, le corrijo, precisamente tras su supuesta corrección, él de mi Análisis y, por tanto, de mí, brutalmente despreciado. Que en su incapacidad el musicólogo corrector ha creído entender lo que nunca he querido dar a entender es obvio y no merece reconsideración alguna. Que sus comentarios son indignos de tal nombre, de un musicólogo corrector, pues, es lo que más me inquieta, la incompetencia de nuestros llamados profesionales, de él sobre todo, todo un musicólogo, dicen, el musicólogo corrector, un brutal engreído que no ha dudado en calificar mi Análisis sobre la Novena de Bruckner, tras un esfuerzo intelectual de varios meses, tras más de dos mil audiciones de la misma, una empresa ejemplar y monstruosa reducida a su mínima expresión posible, más de dos mil páginas, primero, apenas doscientas, luego, al dar por concluido el empeño... de "trabajo particularmente flojo y embarullado, incapaz de penetrar en la verdadera entraña del músico estudiado, menos si cabe en la obra escogida, una sinfonía de la que, leído lo leído, no parece usted haber entendido NADA. Calificación: Suspenso. Le espero en mi despacho el próximo miércoles, día 29, a las 9 de la mañana...", de este modo en la carta, apenas leída ya rota en pedazos. Sí, por hoy ya es suficiente.

24 de enero

...al llegar a casa de arquitecto "Vivimos para la muerte. El hombre vive de la muerte de los otros mientras se prepara para su propia destrucción. El arquitecto vive proyectando y proyecta para matar, proyectar es morir lentamente, y no en un sentido metafórico, proyectar es firmar un proyecto de muerte. El que proyecta se destruye a sí mismo: en su vacío aniquila al otro y logra aniquilase a sí mismo. Saca de sí toda su vulgaridad, toda la inutilidad que lleva arrastrando dentro de sí desde que pisó por primera vez una escuela, y hace de ella su primera máxima... Todo arquitecto es, por naturaleza, un tipo vulgar y fracasado, un individuo tremendamente egocéntrico poseído por el irresistible hedor de los números, excepciones aparte. El arquitecto que vive de sus proyecciones de manera continuada es el típico ejemplo de nulidad arquitectónica, es el seudoarquitecto que proyecta para matar y ganar dinero. Entre proyección y proyección debe el arquitecto auténtico dejar pasar un tiempo mínimo de reflexión, el tiempo imprescindible para dejar madurar sus ideas. Sus proyecciones, las del seudoarquitecto, son verdaderas muestras conscientes de exterminio masivo, prisiones sin muros que alienan y hunden al individuo hasta reducirlo a lo que en verdad es: un árbol arrancado de raíz. Vea, vea esas edilicias tan modernas, esas secuelas del fascismo arquitectónico que todavía hoy se siguen levantando y respirando y habitando, que indudablemente se seguirán levantando y respirando y habitando hasta el final de los tiempos, así se están levantando y respirando y habitando. Nuestra inercia será nuestra seguridad del mañana. Hormigón, hierro, vidrio y plástico: aquí los ingredientes básicos para dejar por satisfecho al cliente. Esta falsa arquitectura es el proyecto criminal de todo seudoarquitecto que vive de sus proyecciones y que, indudablemente, proyecta para matar, pocas veces de manera inconsciente, las más de manera plenamente consciente... Todos nacemos con la naturaleza dentro, algunos lo hacen con la escritura dentro, otros con la música dentro, incluso unos pocos con la física dentro, pero ninguno, absolutamente ninguno, nace con la arquitectura dentro. La arquitectura es brutal e incomprensible e inhumana, y así parecían entenderlo los antiguos: sus obras arquitectónicas son gritos desesperados erigidos contra la vulgar rutina de su desesperante existencia: esas formas geométricas por ellos dispuestas son auténticas muestras de poesía arquitectónica pensada inconscientemente, acaso lastradas por una finalidad religiosa o meramente ociosa, cierto, pero directamente inútiles en cuanto medio de aniquilación del ser humano: los antiguos no construían realmente para su muerte, sí construían para la muerte, la muerte, que la tenían muy presente, también yo, ¿o no la percibe en mis ojos? Esos templos y esas pirámides y esos teatros son finalmente espacios de reflexión: su única función es hacer pensar, bien mediante el culto a la muerte, bien mediante el simple pasatiempo, pero están destinados a hacer pensar inconscientemente al individuo en el momento mismo de su contemplación o utilización. No pensar inconscientemente en ellos debía ser algo prácticamente imposible. Hoy, por contra, toda edilicia que pasa por arquitectura impide precisamente eso: no ya pensar, pensar inconscientemente es lo que descaradamente impiden esos edificios que pasan por ser lo último sin ser realmente nada. Vea, vea esos llamados bloques de pisos con piscina, así llamados, esas infernales aberraciones que ejemplifican perfectamente la descomposición de nuestra sociedad, verdaderos ataúdes con forma de pisos minúsculos vendidos a precios desbordantes, a tanto el metro cuadrado, escucha uno. Es en esos pisos que constituyen el bloque de pisos, y es en esos bloques de pisos que confirman la suerte del ciudadano medio, allí es indudablemente donde se forman y conforman las más terribles pretensiones, en ese espacio inhabitable, perfectamente creado para el desorden, un espacio minúsculo como un ataúd, la única y última propiedad del cadáver contemporáneo, de ese ser humano que no lo es, todo lo más un animal embrutecido por la televisión y el vecindario y la ciudad con su ruido y su aire irrespirable y su masa humano-animal numerada, a tanto por barba, escucha uno, ora para lo de hoy, ora para lo de mañana, siempre a tanto por barba, todo con un precio, el precio de la mentira, la vida en un piso de un bloque de pisos como antesala al nicho de un bloque de nichos allí en el cementerio. Decídase por la incineración, es la forma más digna de volver al principio. No somos nada, le diría a todo esto el típico predicador católico a sus parroquianas viejas. En verdad lo somos todo, absolutamente todo, le digo", dijo, y levantando la cabeza para beber de nuevo de su botella, aparta al fin la vista del perro disecado del fondo, y mirándome, de pronto al bajar la botella, casi leyéndome el pensamiento, me dijo, dice: "¿No quiere echar un trago?", a lo que acepto, asintiendo, por lo que con mano temblorosa me la acerca, su botella por primera vez, y bebo... mas es repugnante y hasta ignoro lo que estoy bebiendo, pero eso poco importa ahora, estoy bebiendo de su botella, ¿no es eso poco? No es poco, cierto, y le devuelvo la botella. "Es la tinta de mi cerebro", dice, y volviendo sobre lo suyo, añade: "Sí... La ciudad moderna es el no-ejemplo de ciudad moderna. Tony Garnier y su nada proverbial perversidad han sido los inevitables referentes de todo seudourbanista con pretensiones de urbanista auténtico. Lo que en Garnier fracasó fue aceptado ciegamente por la sociedad, convencida de que la llamada ciudad industrial era algo más que una ciudad, un espacio humanístico y tecnológico abierto a la simplificación y, por tanto, a la más monótona y mortal repetición... Una mentira, nada más, pero una mentira que ya es una verdad. Aprenda a mirar con imparcialidad al pasado y descubrirá que tras de un urbanismo improvisado late un corazón vivo. Esas ciudades medievales descritas como horrendas son infinitamente menos horrendas que cualquier ejemplo de ciudad moderna, son auténticos organismos vivos en los que únicamente se respira el olor a muerte de lo inminente, lugares, por ello, en los que el noble acto de pensar es inevitable y, ante todo, inconsciente, claro que cada uno es digno de pensar a su manera, y me refiero a una forma de pensamiento que hoy por hoy es completamente desconocida: la que todo individuo, por vulgar que sea, se hace de las cosas, algo inaudito analizada la nefasta mentalidad contemporánea... La comodidad mata al hombre, lo aliena en el peor sentido posible. La comodidad es esencialmente una forma de destrucción intelectual particularmente eficaz para con el vulgo, y me estoy refiriendo a un vulgo superficialmente letrado, inficionado en escuelas y demás mataderos, realmente el más iletrado. La ciudad del pasado, la auténtica ciudad medieval, era un agujero de podredumbre, sí, y vivir en ella era una empresa harto complicada y por ello productiva pese a lo destructivo de su podredumbre: había que crear mentalmente, había que hacer duradero lo efímero y condenado a desaparecer... La ciudad del presente, la típica ciudad occidental, es un museo de muerte en el que únicamente se exhiben especimenes disecados alrededor de los cuales revolotean un aburrido puñado de moscas, usted y los demás, también yo, que observamos indiferentes esos restos que ya nada nos dicen y que, de puro cansados, acabada la visita regresamos a nuestras casas, que son nuestros nichos, así todos esos bloques de pisos con piscina que tanto se estilizan en los suburbios de toda ciudad desnaturalizada por la especulación y el mal gusto de la masa... Lo que con mis arquitecturas mentales pretendo es replicar contra toda esta nefasta tendencia inaugurada por Garnier que consolidó las bases del llamado urbanismo racionalista y que, en suma, no ha sido más que una engañosamente bienpensante e involuntaria provocación contra el auténtico urbanismo y, por ende, contra el hombre y contra la auténtica arquitectura, la monstruosa arquitectura, la prodigiosa arquitectura...", dijo, para tras un silencio volver a la botella... y ya después, que "poco salvaría yo de esa hipócrita inocentada que fue el Racionalismo arquitectónico, con cierto reparo algo del Le Corbusier teórico y poco más, algunas notas sueltas sobre el papel apetecibles y muy poco más... No tiene más que estudiar a ese Gropius, ¡estúdielo!, tan burdamente mitificado, y ya estudiado analícelo y destrípelo, es decir, no tiene más que reducir el grueso de su obra y de sus escritos a sus justas y bien limitadas dimensiones. Es realmente deleznable, ¡pero si el pobre hombre no sabía ni dibujar!, se dice, y este detalle, en verdad molesto, nos está siendo vendido en todos esos dudosos manuales de arquitectura como una auténtica proeza por su parte, la de llegar a ser nada menos que Gropius el arquitecto sin saber dibujar, eso sí, sin saber dibujar en sus crudos tiempos pero disponiendo a su alcance de ese montón anónimo de peones asalariados que le supieran sacar los bollos del fuego, Gropius el salvador, dudoso teórico y execrable arquitecto, presente en toda fuente como el imaginativo, el talentoso, el ético y el estético, el padre y el grande, entre otros tantos adjetivos no menos ambiguos e irritantes... El dinero mueve montañas, toneladas de dinero lo mueven todo, en efecto, y el Racionalismo, más allá de toda posible dignidad para con el ser humano, como se dijo, es un falso ejemplo de modestia y un falso ejemplo de precisión. Lo que en verdad buscaba el Racionalismo, pienso, y nada ni nadie me hará cambiar de opinión, es el ejercicio de la máxima producción que, bajo la excusa estética del cubismo trasladado a la arquitectura, pura reducción de gastos, pretendía aniquilar al individuo en tanto engranaje de la máquina, dije en una de mis últimas conferencias con una reacción por parte de los asistentes negativa, que llegaron a sentirse incluso ofendidos descargando toda su irracional violencia contra mi persona a través de gritos y silbidos, se dijo, claro que, evidentemente, yo no me percaté de nada de eso... La verdadera ciudad, la verdadera arquitectura fuera de toda duda, está integrada en la naturaleza misma, y en ella y en nosotros, sus pobladores, descansa su sentido último... en el caso de que tenga un sentido último. Nuestros más lejanos antepasados eran conscientes de este problema, pero para ellos, indudablemente, no era un problema, era una simple cuestión pendiente que en sus cabezas, sus mentes creadoras, se estaba formando y reformando continuamente. Nuestros antepasados vivían como los demás animales lo hacen en sus guaridas, por lo general arquitecturas proyectadas involuntariamente por la misma naturaleza, que es la maestra indiscutible de todo arquitecto serio. ¿Qué podría hacer más que caer en el más patético de los ridículos un Gropius compitiendo con la naturaleza misma? Hasta la más mínima de las cuevas tiene más posibilidades de habitabilidad que cualquier ejemplo de higienista piso obrero con orientación N.-S. ¡Es ridículo! El llamado ser humano es un animal pretenciosamente ridículo, ¡un triste animal milagrosamente poderoso!, pero un animal terriblemente animal, el más animal de los animales. El ser humano come, el ser humano bebe, el ser humano copula, el ser humano muere y se pudre y de su cadáver salen otros animales apestándolo todo. Una cueva, eso es lo que quiero, acabar mis días en una mínima cueva, vivir en ella para morir en ella, libre, a la intemperie, como un animal realmente consciente de su animalidad y que a toda costa quiere librarse de ella, ser distinto. Sí, ¡el ser humano lo es todo, pero es un todo de mierda, de apestosa mierda!", dijo, escribo. Ciertamente hastiado, abandono su casa, ciertamente hastiado siempre, también hoy así lo he abandonado, de este modo antes de acudir al lugar de siempre, esto es, a mi encuentro con el cineasta, así hoy, así tres veces por semana. El arquitecto, pienso mientras camino hacia el lugar de siempre, un tipo realmente analizable, me digo, un caso en apariencia particular pero realmente en nada particular, el de un alcohólico víctima de su propia potencia intelectual, un caso, otro más que, habiéndose apoyado en exceso en el alcohol, la tinta de su cerebro, ha caído, realmente, fuera del tintero. El arquitecto y el alcohol, dos buenos amigos, el uno del otro, sobre todo el uno del otro. Primero un trago, un pequeño trago, nada más que un mínimo trago, y luego otro trago, y así hasta llenar de tanto trago una bañera. Los primeros síntomas son mínimos, por algo son los primeros síntomas. Un alcohólico, dijo el arquitecto, es un ser únicamente consciente en su ebriedad, y todo lo demás, prosiguió, viene así, bien con una simple gastritis o, peor todavía, con una encefalopatía, eso es lo que primero viene, se dice, pero la botella está ahí, sigue ahí, y nada la nubla, nada, ni su propio contenido la nubla, mas la atrofia cerebral sigue y sigue, es agradable sentir esa punzada a medianoche, llena de sangre la solitaria cabeza, tirado por el suelo, sí, así son mis noches, tirado por el suelo bebiendo de la botella, consciente de la perdida de reflejos, cada vez más acentuada, en tanto uno corre de pronto el peligro de ser atacado inoportunamente por una neuritis óptica que de la noche a la mañana se complique privándole incluso del sentido de la vista, algo atroz en tal aislamiento, sí, pero algo a lo que se expone un alcohólico y, por consiguiente, mientras disfruta de su más preciado bien, de la boca de la botella, la boca más de fiar, créame, el mejor sustitutivo sexual que un hombre de ciencia como yo puede encontrar, claro que lo mejor, lo más sugestivo y brutal de todo el proceso, son las llamadas alucinaciones, que efectivamente son trastornos mentales y no realidades, como así las aceptamos, las acepto cuando me atacan, objetos, objetos en movimiento, siempre objetos en movimiento, así escalpelos, cuchillas y tijeras, y en ocasiones, agotada toda mi tinta, hasta llegar, privado durante la noche de la última gota, a ese cenit que es el llamado delirium tremens, que es mi estado de autoinvestigación idóneo, eso sí, sonorizado siempre con algo de Webern, mi músico predilecto para afrontar el llamado delirium tremens, con abundante Webern y abundante vitamina B1 y benzodiacepina luego, esto último en efecto suministrado por mi asistenta al encontrarme tirado a primera hora de la mañana por el suelo, una condenada vieja de la que por una cifra irrisoria dispongo y que pese a su fealdad y su estupidez cumple bien con lo acordado, es lo que para salir y no quedarme ya allí necesito, es decir, quedarme encerrado allí dentro, es lo que para volver a repetir la experiencia del llamado e inexplorado delirium tremens necesito, le digo, me dijo en una ocasión, repienso mientras evoco el momento, completamente en su lucidez ausente él, que en efecto no era él y sí otro el extraño que con su voz me hablaba, una auténtica locura, sí, esta relación extraña entre mi fracasada persona y el arquitecto, un fracasado al borde de la desaparición, como gusta definirse. ¡Mierda!



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