19 de abril de 2008

EL INSTANTE DEL COMIENZO (Artefacto)

DALÍ
La desintegración de la persistencia de la memoria


EL MAYOR PROBLEMA ES SIEMPRE EL COMIENZO. Primero pensar: ¿qué justificará hacer esto? Mejor todavía: ¿qué justificación natural me obliga hacerlo por hacerlo? Si la cabeza es resuelta, y si esa justificación es pura necesidad, entonces, para bien y sólo para bien, tarde o temprano habrá que comenzar; habría que hacerlo, que dar comienzo. Y el comienzo, que como decimos es el mayor problema, no lo es tanto en el caso de un comienzo destinado por naturaleza a no ser acabado: ¿qué obra humana de verdadera consistencia, incluso que cosa por sí misma, tiene un comienzo, por así decir, no problemático, libre de la posibilidad de quedar sólo en comienzo? Todo comienzo bueno (o a primera vista que pueda conducirnos a un final) es un problema y es problemático, y por ende, el mayor problema siempre es el comienzo de lo problemático, el pensamiento que conduce a él y su justificación para con nosotros mismos (siempre que exista una justificación así), nuestra obligación natural para con él. El comienzo sin más. Éste es nuestro problema, el eterno problema: comenzar un verdadero comienzo, pensarlo con la convicción de que no estamos erigiendo nuestra estupidez en comienzo de un sinfín de estupideces producto de nuestra debilidad humana, para llevarnos a un falso final, falso por no meditado o por no espontáneo.

Es pues el problema al que se enfrenta nuestro protagonista, al que podríamos en nuestra trivialidad dar un nombre cualquiera, pero al que no se lo daremos, no tanto porque no lo tenga, sino porque no lo merece para el caso: él, nuestro protagonista, está por encima de una cosa así. Basta pensar: ¿llamarlo A lo haría diferente de llamarlo B? Nuestra convicción no nos dice que no, pero tampoco que sí.
Decíamos, pues, que nuestro problema, nuestro protagonista ante su problema, se enfrentaba al eterno problema, y se enfrentaba con la seguridad de que dicho problema no era tal problema. Y esto, por insólito, le torturaba enormemente.
De niño había experimentado la facilidad de comenzar algo del modo más natural. Por ejemplo, un dibujo: bastaba dejar que la mano, guiada por la infantil cabeza del modo más inconsciente, guiase a su vez el lapicero sobre el papel con la mayor clarividencia, para así comprobar cómo, él, que como niño nada original o cuando menos relativamente original ante el mundo podía enseñar, sí podía enseñarse a sí mismo un montón de cosas que a los otros, quizás en su falta de originalidad receptiva, les resultaban invisibles. Y esa sensación tan natural en todo niño, la de hacer algo porque sí, sin pensar siquiera qué es el comienzo, qué nos ha llevado hasta él, era, vista ahora y con la perspectiva de los años, de la llamada madurez, toda una invitación a pensar las cosas por lo que en verdad eran, y eso contando con la certeza de que fueran algo. Porque, ¿qué era, propiamente, comenzar algo?
En su vida había sentido varias decenas de veces la sensación de que iba a comenzar algo, e incluso la sensación de que estaba a punto de comenzar algo, pero, ¿era sólo una sensación verdadera o, por contra, sólo era una sensación cualquiera? ¿Y qué era una sensación verdadera frente a una sensación cualquiera? ¿O no es verdadera una sensación cualquiera, incluso cualquier sensación?
Ahora estira su diestra, apaga el flexo y con la otra cierra el cuaderno gris: todo al mismo tiempo. Sobre la mesa y a su izquierda, las Reflexiones sobre la Historia del Arte de Wölfflin. A su derecha, la Teoría de la Religión de Bataille. Frente a él, doce metros más allá, como escrutándole en ese preciso instante con mirada reprobatoria, el busto en escayola de su Platón, siempre junto a la puerta de salida. Tras de sí, a diez pulgadas, colgada de una escarpia, una “reproducción exacta” de Ulises y Calipso de Böcklin. Y sobre su cabeza, un techo demasiado pesado que, en caso de derrumbarse, aplastaría todo contra el suelo... Pero eso jamás ocurriría, pensó, piensa de nuevo, porque esa casa, más que una casa, era otra demostración de cuán lejos quedaba su arquitectura de la edilicia desechable a la que otros se adaptan sin apenas pensarlo: esa casa, adaptada a él y diseñada por él mismo sobre el plano y luego construida por los más eficientes operarios con los más excelentes materiales, era una casa pensada para durar, una casa que difícilmente podría derrumbarse, y aunque la posibilidad era remota, en caso de derrumbe no lo haría, cuando menos, en un plazo de mil años sin sufrir agresión externa que la debilitara o, sencillamente, llevase al derrumbe. Estaba seguro, pues, de que su cabeza estaba a salvo, y de que el remoto problema de que el techo se derrumbaría sobre su cabeza de un momento a otro, quizá justo al ponerse manos a la obra, era, después de todo, un problema remoto.
Por consiguiente, ¿qué le impedía comenzar de una vez lo que tenía que comenzar? Sí, lo sabía a decir verdad: la propia naturaleza del proyecto. Y aunque el problema de comenzar eso ya no era el problema, sino el propio acto de comenzarlo, ¿qué le hacía estar así, sentado ante el cuaderno gris cerrado, sin otro pensamiento en la cabeza que comenzar lo que debía comenzar si no quería desmoronarse y perderse para siempre?
La propia naturaleza del proyecto: ¿era éste el único problema que le surgía de pronto ahora, realmente ése era el problema? Fuera o no, sabía que aquel día era el día, y que de ningún modo retrasaría más lo que tantos años había retrasado ya.
Pero antes, como preludio al Comienzo, decide hacer algo que, tal vez una hora antes, no habría siquiera decidido, y esto, esta decisión, se traduce en salir de aquella habitación e ir en busca de alguien que, de algún modo, le saque de su problema. Extrae del cajón su agenda y, tras ojearla muy por encima, cuenta el número de números de teléfono de sus conocidos, y de esos tantos números, deduce que sólo uno le sirve en ese momento.
Descuelga el teléfono y llama.
(Conversación telefónica [7´14´´])Cuelga. Está decidido: acompañará al amigo a la conferencia sobre Levinas que dará comienzo a las siete de la tarde en F.
- ¡Qué lejos está de mí la verdad! –exclama para sí, aunque en voz alta, Él.
Queda así pues aplazado el instante del comienzo, una vez más.

BÖCKLIN
Ulises y Calipso


No hay comentarios: