18 de abril de 2008

EL ÚLTIMO CONCIERTO (Relato)


Era el más grande de los virtuosos del piano desde Rubinstein. Y no sólo eso: iba a dar su último concierto.
La obra privilegiada que iba a conocer los honores de la ejecución como epílogo a tan desbordante carrera era el Concierto para piano de Robert Schumann. No por nada, era su concierto favorito.
Todas las localidades estaban agotadas. Otros tantos miles de personas se habían quedado en la calle, sin poder adquirir la preciada entrada. Era el maestro de maestros, lo sabían, y ninguno quería faltar a la que sin duda sería su más brillante ejecución, su obra maestra.
En cuestión de minutos ese gran virtuoso saldría a escena, y todos aplaudirían como quien aplaude al más eximio reconciliador de corazones.
Toses y carraspeos.
Respiraciones entrecortadas.
¡Intachables suspiros!
Ya nadie aguantaba más, pero por respeto... guardaban silencio. Sí, los músicos ya estaban en sus puestos, y el director de orquesta acababa de hacer su aparición como mero actor secundario. Aplausos leves, ¿y a cuento de qué? Pues muy sencillo era: él, el mayor virtuoso del piano desde Rubinstein, seguía sin salir, y su público no podía aguantar más, parecía no poder aguantar más: muchachas en minifalda ocupaban las primeras filas de las plateas; sesudos estudiantes de musicología dominaban el espacio del coro; una fanática muchedumbre de aficionados de toda laya caldeaba los anfiteatros; lo mismo ocurría en el escenario, donde ancianos y no tan ancianos taconeaban en sus butacas a la espera de lo inesperado... Mas el silencio casi era absoluto.
Y entonces... entonces se produjo lo que todos los allí congregados venían desde largos e interminables minutos esperando: él, el gran virtuoso del piano, el mayor de todos desde Rubinstein, iba a dar su último concierto, que no iba a ser otro que el de Schumann. ¡Qué extraña decisión para un concierto de despedida! El público habría preferido el primero de Tchaikovsky. Los músicos se hubieran decantado más por el Emperador de Beethoven... pero ninguno de los allí presentes imaginaba que el gran virtuoso del piano iba a escoger el de Schumann. Sólo cuando se supo por medio de los programas de mano que ese concierto era el favorito del protagonista, todos parecieron entender: “sí”, se decían, “es un gran virtuoso, es lógico...”. Y allí estaba, o parecía estar... y la expectación iba en aumento: una cabeza calva y arrugada hacía acto de presencia tras la ventana de la puerta batiente, cuyos goznes chirriaron por primera vez al abrirse, como anunciando algo insospechado, fulminante como una disonancia... Era él, y no hubo quien no se quedara de piedra.
Para sorpresa de todos o de ninguno, el gran virtuoso ya no parecía el gran virtuoso. Sesenta y dos años no eran pocos años... pero a más de uno le habría parecido leer en ese cuerpo caduco de rostro adormecido unos ochenta no precisamente recién cumplidos. Cierto era que el gran virtuoso había estado todo un lustro sin dar un solo concierto, sin aparecer en público y todo eso que ahora no viene al caso. ¡Cierto era! Pero, ¿quién podría esperar algo así? Las manos, “manos de esqueleto”, al decir de una señorona muy entendida en materia de manos, presentaban efectivamente el aspecto de manos de esqueleto. Y el hombre, encorvado y fatigado, parecía todo menos un jinete sobre su corcel, o un pianista a su piano, si se quiere... La tormenta de aplausos, empero, no se hizo esperar, y el gran virtuoso hizo la sempiterna reverencia ante su público, una reverencia muy poco grácil, a decir verdad... Pero en su mirada, que no manifestaba la menor emoción, era difícil entrever algo que no fuera indiferencia.
El gran virtuoso se sentó al piano. La inquietud de los presentes era indescriptible, tanta o más como cuando el sacerdote parte la sagrada hostia ante los fieles... El gran virtuoso ya estaba sentado. ¡Admirable! Todos pensaban lo mismo: ¡Admirable gran virtuoso sentado ante su no menos admirable gran piano! De pronto alguien tosió... y se lo comieron con la mirada, todos sin excepción, músicos y director de orquesta incluidos... salvo el interesado, el gran virtuoso, que seguía cabizbajo, con los ojos como cerrados, “entrando en calor para el gran combate”, en el pensamiento de cada uno de los allí presentes... ¿acaso con excepción del interesado?
Presto, al fin el gran virtuoso abrió los ojos, alzó la cabeza y, asintiendo ante la pregunta gestual del director... Sí, había llegado el momento... pero... ¡un momento!, ¿qué le ocurre ahora? ¡El gran virtuoso está llorando! La orquesta, atónita, no sabe si arrancar con el Allegro affecttuoso o... ¡Dios mío!, ¿qué le ocurrirá? El director baja de su puesto para socorrer al gran virtuoso... pero éste lo rechaza con un gesto despectivo de una brutalidad sorprendente. De pronto, el gran virtuoso, con el puño cerrado, golpea el teclado: un sonido roto parece ser su respuesta. A continuación, el gran virtuoso se pone en pie, descarga una sonora patada al asiento y lo tira hacia atrás... Nadie es capaz de reaccionar más allá de la estupefacción primera. El gran virtuoso, cesando a duras penas en su llanto, se dirige al público y, como ebrio, dice:
- ¡Escuchadme, público idiotizado! Se dijo que éste iba a ser mi último concierto... y así va a ser. El concierto del desconcierto, mi gran concierto, y va a ser mi gran concierto porque, sencillamente, va a ser mío. Quien pagó una entrada, es de suponer, no pagó por mí, sino por Schumann y su concierto, pero Schumann es Schumann y su concierto es suyo, y yo soy yo, ¡qué diablos! No, no tengo que lucir mi fracaso aporreando como mono de feria el piano e insultando así la memoria de ese gran artista. Si habéis pagado por verme, aquí me tenéis, pero sabed que me niego a interpretar un concierto que no sea el mío propio. ¡Sois horribles! Toda mi vida he tardado en comprender que el público, ese gran desconocido, no es más que un sádico y repelente ejemplo de maldad en potencia, masa odiosa y almibarada de mentes perversas... ¡Toda mi vida he estado aporreando el piano para haceros la vida más soportable! ¡Romanticismo, romanticismo, romanticismo me pedíais! Y romanticismo condensado os di... En ese sentido, soy una distracción cara, algo más distinguida, incluso sutil, que la barraca del feriante, pero una distracción en definitiva... El gran virtuoso me llaman, sí, lo soy, es evidente... soy el más grande de todos, y vosotros no podéis hacer nada por remediarlo. Soy tan grande como el más grande de los grandes. ¡Estoy harto de la falsa modestia! Puede creerme Dios, ¿oís? Soy el gran monstruo sagrado del piano, y vengo aquí a que me chupéis los dedos del pie –y al decir esto, el gran virtuoso se arrancó el zapato derecho y tras despojarse del calcetín, enseñó el pie al gran público, cuyos cinco dedos se movían con una habilidad pasmosa, sobrecogedora, casi pianística–, a que me los chupéis hasta el fondo de vuestro desgraciado ser... ¡Me habéis destrozado la vida! Vuestra crueldad no conoce límites... Desde los cuatro años estoy pegado a un piano de cola. Mi madre así lo quiso. Quería que su niño fuese pianista virtuoso... y su niño sólo quería ser niño, pero entonces, ¡entonces uno cree tener toda la vida por delante! A los once años di mi primer concierto público, ¿recordáis? Toqué a Rachmaninov ante un puñado de viejos capitalistas inflados de mermelada. ¡Cómo odio a Rachmaninov! Es peor que una indigestión de cerezas pasadas. Desde los once me pasearon por toda Europa: París, Budapest, Roma, Varsovia, Viena, Madrid, San Petersburgo, Lisboa, Berna, Zaragoza... ¡aquí me tenéis! A los quince comencé a grabar discos para la más poderosa discográfica del mundo: lo primero, claro, fueron los conciertos de Rachmaninov, ¡y las ventas fueron inmejorables! Mi madre se llenaba los bolsillos del modo más vil martirizando a su pobre hijo... que jamás sería nadie. ¡Tocaba de domingo a domingo catorce o quince horas diarias el piano! Y pronto mis dedos comenzaron a hacer “cosas raras”, y por eso mismo fui castigado... ¡Sabía que estaba a-punto-de encontrar mi estilo! Un estilo propio, único e intransferible, sin traicionar la obra, ¡pero eso no le interesaba a nadie! Tuve que someterme, y no hice otra cosa durante los siguientes cuarenta y tantos años que ejecuciones mecánicas y sin alma... de una perfección pasmosa, eso sí, pasmosa pero sin alma. Pisoteé todos los auditorios de medio mundo, ¡y aquí me tenéis!, fracasado en lo que más quería y al borde del precipicio... Pero ahora lograré ser original por una vez en mi vida: este concierto os lo ofrezco en exclusiva a todos vosotros, detestado público. Es único... porque jamás se repetirá. ¡Que lo disfrutéis!
Y dicho esto, el gran virtuoso sacó de su bolsillo algo que no era sino una pistola, la empuñó y, llevándose el cañón a la cabeza, apretó el gatillo: cierto, fue una sola nota, contundente y definitiva, tan dolorosa como lo había sido su propia vida.
 
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