9 de julio de 2009

Sobre 'Puente y puerta' (ensayo de 'El individuo y la libertad'), de Georg Simmel




Simmel parte de una evidencia que conviene subrayar: “La imagen de las cosas externas posee para nosotros la ambigüedad de que en la naturaleza externa todo puede ser considerado como estando ligado, pero también como estando separado” (p. 45). A partir de aquí, de lo esencial, fundamentará nuestro hombre su en apariencia poco novedosa tesis sobre la ambivalencia del límite, sobre el significado de lo interno y lo externo, anticipándose con mucho a Eugenio Trías y sus investigaciones sobre el concepto de límite. Sin embargo, Simmel, el hombre Simmel, anclado en su siglo XIX, razona su discurso desde un materialismo aprehendido cabe lo empírico del conocimiento histórico, así la mismidad del hecho ligador consustancial a la naturaleza humana y su respuesta unívoca para con la naturaleza externa que lo hace hombre -“Sólo al hombre le es dado, frente a la naturaleza, el ligar y el desatar, y ciertamente en la sorprendente forma de que lo uno es siempre la presuposición de lo otro” (p. 45)-: es decir, el hombre, nexo de unión entre lo uno y lo otro (léase lo que cabe ligar versus lo que no), puede entender esto no como un resultado de su naturaleza y su egocentrismo consustancial, sino como una necesidad de afirmarse en tanto que hombre: surge así el problema de la conciencia histórica, y mucho antes de que Ortega dijera que el hombre no tiene naturaleza, sino historia, Simmel ya planteó esto desde la perspectiva del ejemplo concreto: el puente y la puerta. Dos conceptos, dos realidades. Mas entre ellas dos se afirma el camino, elemento capital, referencial, que torna objetivo lo subjetivo del propio caminar hecho camino, invalidando por cierto el sentido último de los famosos versos de Machado -“Los hombres que por primera vez trazaron un camino entre dos lugares llevaron a cabo una de las más grandes realizaciones humanas. Debieron haber recorrido a menudo la distancia entre el aquí y el allá y, con ello, por así decirlo, haberlos enlazado subjetivamente: sólo en tanto que estamparon el camino de forma visible sobre la superficie de la tierra fueron ligados objetivamente los lugares” (p. 46)-, así la referencia que verifique lo esencial primero como irrefutable, dado. El nexo del camino le permite sistematizar a nuestro autor su discurso sobre el puente y la puerta. Para Simmel, en efecto, “el puente simboliza la extensión de nuestra esfera de la voluntad sobre el espacio” (p. 47), la superación de un obstáculo (el río), un espacio recurrible (vía el puente), no habitable, no aislador como la puerta limitadora, pues la puerta es el aparte del camino, la entrada al habitáculo, lo finito único frente a lo “infinito” inequívoco -“Por el hecho de que la puerta, por así decirlo, pone una articulación entre el espacio del hombre y todo lo que está fuera del mismo, por esto, supera la separación entre el dentro y el fuera” (p. 49)-; separación que no obstante en ningún momento garantiza superación -“La finitud a la que nos hemos dirigido limita siempre en algún lugar con lo infinito del Ser físico o metafísico” (p. 49)-. Simmel lo sabía, y somos nosotros los que, al dictado de su privilegiada lectura antropológico-filosófica, podemos recorrer los caminos y los puentes, y abrir las puertas y hasta las ventanas, sí, para desandar el camino de la historia que nos habita y comprender, al fin, cuán largo ha sido el recorrido andado por la humanidad hasta llegar al encuentro de sí misma.


Véase:
SIMMEL, G., El individuo y la libertad (trad. de Salvador Mas), Península, Barcelona, 2001.


Mayo de 2009

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