4 de julio de 2011

Sobre 'Modernidad líquida', de Zygmunt Bauman (Apunte)

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PRÓLOGO


No hay razones sólidas para ser optimista.
Pero Dios nos libre de perder la esperanza.

Zygmunt BAUMAN


La figura y la obra del polaco Zygmunt Bauman (1925) gozan, a día de hoy, de una difusión poco menos que líquida, de puro fluida: sus libros, cada vez más abundantes -en número, en tirada, entre los lectores- en el mercado editorial, caen gota a gota en los estantes de las librerías, prestos a satisfacer la demanda de ese presunto público postmoderno al que van destinados: podemos decir, en efecto, que Bauman “está de moda” [1]; es un pensador coyuntural.

Vindicar a Bauman entre los filósofos modernos sería concederle un prestigio demasiado “elevado” para el que realmente merece, sobredimensionando su entidad [2]; mentarlo como mero sociólogo del presente implicaría minimizar su potencial alcance filosófico; considerarlo escritor, sin otras justificaciones, sí haría justicia a su calidad prosística y agudo sentido del discurso narrativo; abordarlo cual figura señera de un momento socio-político dado a través del pensamiento que esgrime, bien afirmaría la actual opinión que de él se tiene: el paladín Bauman, premio Adorno, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, entre otros tantos galardones destinados a saciar la vanidad de un puñado de elegidos entre los mortales, resulta, a este respecto, uno de los analistas más actuales (sic) y enraizados en/de nuestro tiempo, lo que, bien mirado, no es precisamente alentador: Bauman, un pensador de segundo orden, cuya relativa estrechez de miras y caligrafía no intentan, sin embargo, engañar a nadie, adolece de una hipertrofia conceptual devenida ejercicio de autofagia desde hace varios lustros [3]; al igual que los más eficientes mercaderes de la alta cultura (Bauman, no se olvide, es judío, y como tal sufrió la persecución nazi), ostenta el monopolio de las ideas recurrentes copiosamente revisitadas: las cuatro o cinco grandes ideas que le pertenecen, gestionadas en sus propias manos, le han llevado a plagiarse a sí mismo con reiterado afán mercantil (?), haciéndose al fin un lugar prominente en el mercado editorial; resultado de esta grafomanía, tan abigarrada como estéril, ha sido el fruto visible de su actividad intelectual: una sarta de libros, tan reiterativos como discutibles [4], y con títulos tales como Modernidad líquida, Vida líquida, Amor líquido, Tiempos líquidos, Miedo líquido, Arte, ¿líquido?, Los retos de la educación en la modernidad líquida, Mundo consumo, Vida de consumo, Vidas desperdiciadas, Confianza y temor en la ciudad, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, etcétera.


De haber sometido a una seria autocrítica el grueso de su producción postrera, de haber compendiado debidamente su investigación -y las mentadas ideas recurrentes afines a ella- en una sola obra, o en un número razonable de opúsculos, el pensamiento baumaniano habría resultado mucho más estimulante y rompedor, aunque acaso menos difundido y/o asentado: la repetición de las ideas centrales, de este modo -y sometidas al juego musical del tema y las variaciones-, han dañado más que beneficiado el prestigio de su artífice: sus muchas entregas no parecen así sino hueros espejismos de ese triunfo capital, y esencial, que fue Modernidad líquida, la obra magna del último Bauman y el libro que someteremos a estudio en este breve, precario escrito [5].

ANOTACIONES [6] A LA OBRA

La idea vertebral de Modernidad líquida [7] es simple, y se basa en la contraposición entre sólidos y fluidos: los primeros se mantienen fijos, estables en su forma; los segundos, por el contrario, fluyen, están sometidos a continuas transformaciones. Si los sólidos pertenecen de lleno al espacio, que ocupan sin presuponer inminentes modificaciones, los fluidos exceden el propio límite fijo, suponiendo el tiempo en cuanto factor inherente a los mismos: es decir, los sólidos “cancelan el tiempo”, mientras que los fluidos “se desplazan con facilidad”. A partir de esta comparativa, un tanto peregrina a primera vista, Bauman extrae/despliega todo su sistema de pensamiento.


Surge la asociación de manera inevitable, vinculando lo sólido con el pasado (el mundo de ayer), mientras que lo líquido/fluido vendría a representar la modernidad, nuestro inmediato presente. Bauman indica el momento germinal de esta fluidez en cierto pasaje del Manifiesto comunista, donde el dúo Marx-Engels aboga ya por “derretir los sólidos”, esto es acabar con la sempiterna tradición y sus antañonas e inamovibles estructuras de poder: léase el orden político y la ordenación de clases; Bauman identifica estos sólidos premodernos como elementos deteriorados, “condenados y destinados a la licuefacción”. Pero el objeto futuro que lo sustituirá, al menos en principio, no será un fluido, sino otro sólido, al parecer nuevo y mejor, y por tanto más definitivo y/o acorde con su época. Sin embargo, tal intercambio de sólido obsoleto a nuevo sólido no llegará a consumarse debidamente: la sustitución de unos códigos por otros, en el proceso mismo, habrá de pervertir la esencia histórica de estas relaciones de poder:

“Derretir los sólidos” significaba, primordialmente, desprenderse de las obligaciones “irrelevantes” que se interponían en el camino de un cálculo racional de los efectos; tal como lo expresara Max Weber, liberar la iniciativa comercial de los grilletes de las obligaciones domésticas y de la densa trama de los deberes éticos; o, según Thomas Carlyle, de todos los vínculos que condicionan la reciprocidad humana y la mutua responsabilidad, conservar tan sólo el “nexo del dinero”.


Irrumpe así, pues, el inevitable vil metal. Sobre este presupuesto, Bauman afianza su crítica al sistema de la modernidad líquida, sistema basado en la delimitación espacio-temporal de unos contrarios claramente diferenciados, mas presumiblemente difusos: la elite global contemporánea, que ha tomado los hábitos del nomadismo, por un lado; y la ciudadanía, la multitud de sujetos sedentarios que sobrellevan sus supuestas vidas en un contexto de “amos ausentes”.


Y en medio de este entorno más o menos hostil, más o menos determinado, aparece el sujeto sufriente y/o desesperado: el individuo. Bauman opone, por ende, individualismo a ciudadanía, presuponiendo que la vigencia del primero tiende a ahogar la presencia de la segunda como realidad social; sendos conceptos materializan una problemática que entra de lleno en las paradojas de los espacios público(s) y privado(s). La única realidad visible/viable, pasa por tanto a ser el individuo: nuestra sociedad, que no ofrece otras posibilidades para el hombre sin posibles, aboga por la supremacía del individuo como elemento-pieza central de una sociedad viciada y onanista: una sociedad de individuos, de soledades compartidas, de egoísmos recíprocos, donde todos y cada uno se anulan a partir de su previa (auto)afirmación; la presunta libertad del individuo deviene así, cual punto sin retorno, estafa masoquista aupada por el sistema:

“La capacidad autoafirmativa de los hombres y mujeres individualizados en general no alcanza los requerimientos de una genuina autoconstitución. Como observara Leo Strauss, la otra cara de la libertad sin frenos es la insignificancia de la elección, y ambas caras se condicionan mutuamente: ¿por qué prohibirse lo que no tiene, en definitiva, mayores consecuencias? Un observador cínico podría decir que la libertad llega cuando ya no importa”.

En tanto que la libertad no le concede al moderno el mínimo poder real, la problemática se despliega como por inercia: lo inane sustituye a lo trascendente, los líquidos pasan a ocupar el espacio de los sólidos: todo fluye, nada permanece.


Sujeto castrado y sin voluntad, el moderno transita por los espacios de la modernidad en medio de multitudes de animales en celo, no por intercambiables menos diferenciadas estadísticamente. La entidad física de los espacios antaño transitados como intermediarios de lo público y lo privado (el ágora de la polis griega, por ejemplo) han desaparecido en beneficio de unos espacios de mera transición absorbidos por los centros de poder, inmersos éstos de lleno en la esfera de lo privado: la propia experiencia de lo empírico así nos lo permite comprobar: plazas, parques, calles, marquesinas de tranvías, etc., quedan así como lugares “a la sombra de…”:

“Ya no es cierto que lo “público” se haya propuesto colonizar lo “privado”. Es más bien todo lo contrario: lo privado coloniza el espacio público, dejando salir y alejando todo aquello que no puede ser completamente expresado sin dejar residuos en la jerga de las preocupaciones, las inquietudes y los objetivos privados”.

Conforme el espacio público desaparece -pues tiende a desaparecer-, las estructuras de poder sofistican sus nexos internos de comunicación privada, ocultando su arquitectura, in-visibilizándose “hacia la extraterritorialidad de las redes electrónicas”, esto es hacia la dimensión virtual del poder, bien característica por otra parte del ya referido nomadismo del poderoso moderno; esta invisibilidad termina de amarrar al ciudadano-víctima a una subsistencia tan precaria como individualizada: su nicho vital, con todo cuanto ello -y para mal- supone.

CONCLUSIÓN PROVISIONAL (?)

“La nuestra es una época de cerraduras patentadas, alarmas antirrobo, cercas de alambre de púas, grupos vecinales de vigilancia y personal de seguridad; asimismo de prensa amarillista “de investigación” a la pesca tanto de conspiraciones con las que poblar de fantasmas un espacio público ominosamente vacío como de nuevas causas capaces de generar un “pánico moral” lo suficientemente feroz como para dejar escapar un buen chorro de miedo y odio acumulados”.


Aunque Bauman no diga nada nuevo, y pese a que su exposición sufra de una hipertrofia harto acusada, el débil hilo de su discurso no invalida sus ideas esenciales y/o motrices. Bauman es prolijo, también prolífico, pero no demagógico: acerca el problema a la problemática, y muda (valga la metáfora) la lente óptica por el microscopio electrónico: de la tesis directa al discurso elíptico, exuda la repetición que, al vehicular su progresión, afirma una deliberada sumisión a un esquema en negro, escorado empero hacia el pesimismo más flagrante, acorde con su época, que es la nuestra: un mundo no por abyecto menos identificable en sus múltiples aristas, postulados o afrentas al entendimiento.

Modernidad líquida, obra diestra a su manera aunque decepcionante, ratifica el trabajo del último Bauman como empresa agotada, o a punto de agotarse: lectura ingrata a la par que necesaria, indica un rizoma en perpetua germinación/degradación: la modernidad inquieta, en perpetua convulsión. Las tesis/ideas fijas, en efecto, ya son obvias.


Entrar a cuestionar la calidad de los últimos ensayos de Bauman excedería con mucho el discreto propósito de este empeño llamado a ser resumen funcional, pero bien convendría indicar que leer a Bauman, leerlo al menos hoy, apenas pasa de ser una distracción de buen tono, algo tan políticamente correcto y progre en esta España que le ha concedido el Príncipe de Asturias como abrazar la izquierda, el feminismo, el ateísmo, la emancipación de los colectivos marginales o el consumo de pornografía (dura o blanda). Y es que en el decadente prostíbulo de Occidente, frente al férreo cuartel oriental, poco puede hacer el moderno que no sea consumir pornografía en grandes dosis: Bauman, puritano a su manera, condena tales dislates, mas sin caer en la cuenta de que su “onanismo estilístico” apenas genera pornógrafos/imitadores en potencia: no basta con leer a Bauman y “razonar lo que dice”, es preciso desoírlo y hacer tabla rasa de sus mercancías, ya putrefactas, en plena licuefacción. Sólo así podremos entrever el relativo alcance de sus tesis, el limitado contenido que articula, la dudosa verdad que predica. Sólo así comprenderemos que somos hueras aves de paso, y que la muerte no tardará en arrancarnos del nido de esta modernidad no por líquida menos indiferente.


NOTAS


[1] Mero apunte: el pasado día 24 de marzo visitamos la madrileña Casa del Libro, y comprobamos con sorpresa cómo en el expositor de la sección de sociología, el autor que gozaba de mayor número de obras era Zygmunt Bauman: al menos seis libros presidían el tinglado, tres de los cuales llevaban el mismo adjetivo -“líquido/a(s)”- en sus títulos: Modernidad líquida, Amor líquido, Tiempos líquidos.

[2] Factor que comparte en su última etapa con otros tantos pensadores de la modernidad, típicos exponentes del imperante “pensamiento débil” acuñado por Gianni Vattimo y que, afirmado por el problema-desencadenante de la globalización, ha dado autores de diversa categoría y valor, desde un enfant terrible tipo Slavoj Žižek -en realidad un pensador de poca monta desgastado en mediocres polémicas- o un vocero del vacío consumista como Gilles Lipovetsky, a unos ya finados Hans Blumemberg o Jean Baudrillard, por citar algunos nombres resonantes.

[3] El punto de inflexión en la producción ensayística de Bauman, y el comienzo de su gloriosa decadencia y ascensión al éxito de los inefables best sellers, lo marca su libro Modernidad y Holocausto (1989), para muchos una obra maestra de la sociología moderna, para otros un discutible mamotreto que tergiversa unos hechos aterradoramente simples; en cualquier caso, el trabajo más importante -¿y duradero?- del autor.

[4] A propósito de la “carpintería” de Bauman -y de su dudosa creación de “nuevos” conceptos-, se ha llegado a hablar de un ensayismo líquido, en jocosa expresión de Enrique Gil Calvo (véase “Retrato intelectual del ensayista líquido”, en el suplemento cultural Babelia, El País [18 de agosto de 2007]): “Bauman se ha especializado en un género literario con buena acogida, como es la crítica de la posmodernidad y de la globalización. De ahí que el suyo pueda caracterizarse también de pensamiento débil […] aunque aún sería mejor llamarlo ensayismo líquido, puestos a reciclar la etiqueta semántica con que bautiza sus últimos best sellers. […] Algo tan caricaturesco que roza la autoparodia, por lo que cabría pensar en un irónico rizar el rizo para reírse de sí mismo, lo que quizá nos permitiría calificar al autor de disoluto (al modo de los libertinos dieciochescos), a fuerza de querer resultar disolvente en cuanto liquidador de la modernidad”.

[5] En cuanto a Modernidad líquida propiamente dicha, nuestro resumen la abordará de manera lineal, replegándose a sus contenidos/ideas, progresivamente totalizadores/as: flanqueados por un prólogo y un epílogo de lectura indispensable, aparecerán tratados implícitamente los cinco capítulos de la obra, a saber: 1) Emancipación; 2) Individualidad; 3) Espacio/tiempo; 4) Trabajo; y 5) Comunidad. Cada uno de estos capítulos, subdivididos a su vez en varios subapartados, abordan la idea fija de la “modernidad líquida” desde múltiples puntos de vista/momentos trascendentes de su gestación, pero bajo el denominador común de un enfoque abiertamente crítico-pesimista. Sobre estos presupuestos versará el siguiente apartado del presente escrito, titulado “Un resumen de la obra”, subrayando debidamente el artículo un y enfatizando, por tanto, el carácter no concluyente de lo destilado a través de la lectura del libro.

[6] Toda tentativa de resumen de una obra compleja preludia, per se, un fracaso relativo: ¿ha sido fiel el estudioso/trabajador seleccionando lo uno y omitiendo lo otro? ¿Vehicula debidamente su resumen las ideas legítimas del autor o, por el contrario, las bastardea en un caldo de lugares comunes? ¿Representa, en tanto resumen, un resumen operativo o más bien una simplificación confusa? Preguntas cuya respuesta excedería con mucho el objetivo central de este escrito, pero ahí quedan.

[7] Se ha utilizado, para la lectura y cotejo del texto capital, la siguiente edición del mismo: BAUMAN, Zygmunt, Modernidad líquida (trad. de Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide), FCE, Buenos Aires, 2007. Todos los extractos de fragmentos del texto, previa indicación [“…”], procederán de esta edición/traducción.

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