15 de diciembre de 2015

RESEÑA. "El demonio del mediodía. La acedia, el oscuro mal de nuestro tiempo" (2013), de Jean-Charles Nault

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Ed. BAC (2014), Estudios y ensayos (EE0167)
ISBN: 978-84-220-1756-1


La acedia: he aquí el concepto medular sobre el que se despliega este breve y brillante ensayo de investigación. Ensayo cuyo discurso en torno al concepto inmediatamente referido merece la más seria consideración, puesto que en nuestros días ha pasado a perder cualesquiera significación: la acedia, por así decir, no cuenta ya como problema espiritual en la existencia del cristiano (y ni siquiera figura como mero concepto en el grueso de los diccionarios manuales más completos).

Dom Jean-Charles Nault (1970), padre abad de Saint-Wandrille desde 2009, es el autor del opúsculo, ejemplar destilación y resumen de su tesis doctoral, La Saveur de Dieu (2005), que le hizo acreedor en su día del Premio Henri de Lubac.

Nault, prosista sin estro artístico perceptible (a juzgar al menos por la dinámica traducción de Julián Presa Prieto), no pretende en este ensayo sino poner en claro al lector no iniciado la realidad de un mal del que casi nadie nada sabe: ese mal demoníaco es la acedia, que como el título reza guarda una inequívoca relación con el llamado "demonio del mediodía", en tanto hace su aparición en las horas más intensas y luminosas del día (frente al lugar común que suele vincular los demonios con la noche). La acedia es ante todo un estado del espíritu, que si de ordinario se suele vincular con la pereza, el hastío, la apatía, el desánimo, la desesperanza, excede con mucho estos conceptos para abismarse de lleno en los más quebradizos terrenos metafísicos; en palabras del autor:

"La acedia está en el origen de la desesperación de nuestros contemporáneos, que consideran que sería mejor no existir: en verdad, ella es ese pecado contra el Espíritu Santo, por el que nos negamos a acoger el Amor y el perdón" (p. 80).

La acedia, pues, permanece activa: el gran grueso de la modernidad vive inmersa bajo los devastadores efectos de su brutal tiranía: la epidemia nihilista que asola Occidente, el relativismo consiguiente, el ateísmo bruto que todo lo pudre y anula, es la más evidente muestra del actual vigor del que ésta goza.

Nault, consciente de la dimensión histórica del problema, no olvida desarrollar en su libro una notable historia del concepto (y su consiguiente evolución a través de los tiempos); de los cuatro capítulos y la conclusión que conforman el contenido de éste, el autor dedica los dos primeros a presentar la historia de la acedia (akèdia) en el pensamiento de diversos autores; así, el primer capítulo se centra en la figura de Evagrio Póntico (y los Padres del desierto), mientras que el segundo hace lo propio con Santo Tomás de Aquino. Los dos capítulos finales no harán sino trasladar la realidad de dicho concepto al mundo actual, articulando el discurso desde presupuestos más prácticos.

Por lo demás, la obra es combativa: denuncia los errores en que incurrimos al tiempo que apunta remedios para aplacarlos. Su otro gran mérito estriba en haber devuelto a la olvidada acedia la actualidad que sin duda merece.


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11 de diciembre de 2015

CINÉMA BIS. Joe D'Amato (1936-1999)

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Realizador cinematográfico italiano, de nombre real Aristide Massaccesi. Fue el más prolífico destajista del cine italiano en el último cuarto del siglo XX, con alrededor de doscientos filmes como director en su haber; desempeñó asimismo cometidos de director de fotografía, guionista, montador, asistente de dirección y actor. La calidad cinematográfica fue ajena a sus intereses: indiferente al menor atisbo de puesta en escena, de posibilidad de estilo o de mera tentativa de factura industrial, D'Amato involucionó de un academicismo rutinario a las más profundas simas de abyección creativa, atrapado en sus últimos años en subproductos pornográficos destinados al vídeo. No obstante, una serie de singularidades, de aspectos insólitos y contraculturales, reivindican su figura entre algunos sectores de cinéfilos. 

Debuta como director en 1972. Su primera película destacable es La muerte sonríe al asesino (1973), dominada por la magnética presencia del gran actor Klaus Kinski. No obstante, tras este trabajo que apuntaba algunas maneras, D'Amato se hunde rápidamente en el cine de explotación más burdo. La flauta del éxito comercial le sonará con Emanuelle negra se va al Oriente (1976): se trata de la segunda entrega de una nueva serie en clave racial obviamente deudora de la execrable y germinal Emmanuelle de Jaeckin: la Emanuelle negra interpretada por Laura Gemser. Alentado por la buena acogida del filme, D'Amato volverá a la carga con un puñado de nuevas entregas sobre el personaje privadas del menor interés, con la excepción, quizá, de Emanuelle y los últimos caníbales (1977), imposible mixtura de erotismo y canibalismo, perpetrada con especial oportunismo tras el auge del subgénero "cine de caníbales". Su ritmo de trabajo se recrudece: en 1980 dirige nueve filmes. En consecuencia, la calidad de su cine sigue descendiendo. Y, contra todo pronóstico, la condición de "autor de culto" comienza a irrumpir entre los consumidores del vídeo: tras la sala de cine, sus películas parecen gozar de una "segunda vida" en los estantes del videoclub, auténticos balones de oxígeno del celuloide barato durante la década de 1980. Aunque suele firmar sus películas con seudónimos dispares, David Hills, Alexander Boroscky, James Burke, su no-estilo ya aparece plenamente codificado: realice un filme erótico del calibre de Calígula 3 o una seudo-fantasía heroica como Ator el poderoso (1982), el sello D'Amato persiste impasible: una absoluta incoherencia interna, un paupérrimo no-sentido del espacio fílmico, una perpetua sumisión a los golpes de efecto, sin mayor consistencia. Al igual que Lucio Fulci en sus inextricables filmes terroríficos rodados entre 1980 y 1982 (por lo demás los más valorados de su filmografía), la obra de Joe D'Amato gana en adeptos conforme sus resultados, en un sentido normativo, son cada vez más contrarios a la mera razón. 

La década de 1990, en fin, supone la apoteosis de todos estos tics: va abandonando poco a poco el cine hasta instalarse en el vídeo, lo que le permite acoplarse a unas condiciones bien peculiares de trabajo: rodajes relámpago, presupuestos mínimos, absoluto desprecio de las reglas escolares del cine; pasión, en definitiva, por filmar, por practicar un voyerismo narcotizador y turbio, meramente respaldado por el pretexto industrial. De aquí a su prematura muerte, la existencia de Joe D'Amato se limitará a grabar plano tras plano, película tras película: en 1996, 23 filmes; en 1997, 26; en 1998, 22. 


En Epdlp:

Joe D'Amato


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24 de noviembre de 2015

CARTA ABIERTA al autodenominado "artista" Abel Azcona, sacrílego profanador del Cuerpo de Cristo y parásito del "arte" oficialista español (anti-español)

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Cortesía de www.youtube.com



Sr. Abel Azcona (lo de Sr. es un decir, léalo como SeRpiente):

Cuando un católico topa con un reptil de su pelaje (con perdón de los reptiles), lo mejor que puede (y debería) hacer, es detener el paso, santiguarse y proclamar a voz en grito: ¡VIVA CRISTO REY! 

Abel Azcona, usted no es un artista: usted es NADA. No gaste pues tanta saliva en hacerse llamar "artista": lo que usted supone, lisa y llanamente, es una infecta y apestosa excrecencia más de la España progre, izquierdista y proetarra; la España laicista y atea de Rodríguez Zapatero y sus secuaces; la España de la ideología de género y el movimiento animalista; la España de la cristianofobia institucionalizada, enemiga de Cristo y de la Santa Iglesia Católica; la España pútrida y satánica que hoy sufrimos, mixtura de mierda y retórica babosa, de la que usted, triste larva, no es sino pieza blanda e intercambiable.

Al agraviar a Jesús Sacramentado, al injuriarnos con tamaño acto de vileza a nosotros, los católicos, usted (flanqueado por el impresentable Ayuntamiento de Pamplona) ha incurrido en un delito reiterado de profanación y un delito contra los sentimientos religiosos. Las consecuencias de su acción criminal, téngalo bien presente, no quedarán impunes (sí acaso queden libres de aplicación penal aquí en esta vida terrena y miserable, mas no así en la Otra, en la que usted sin duda no debe creer, pero de la que no podrá escapar).

Sepa, Abel Azcona, que su presunta "originalidad" como "artista" no es tal. Agotadas las tentativas del arte conceptual más burdo, el advenimiento del "todo vale", del relativismo en una palabra, ha terminado por sumir su seudo-discurso (como el de tantos otros fatuos pintamonas y mamarrachos del mal llamado arte posmoderno) en una cháchara insignificante y abyecta, de la que el primero en envilecerse es usted mismo. 

Usted no crea, meramente empuerca con su presencia un mundo ya de por sí muy puerco. 

Lo que usted necesita, al fin y al cabo, es una buena serie de exorcismos. Satanás está dentro de usted, ¿le resulta divertido, eh? El Maligno goza haciendo el Mal. Los malvados se regodean en el mal, pues participan de éste; usted sólo es su vulgar instrumento. Siga pues sirviendo a su señor. Pero sepa que tiene todas las de perder, y que este ultraje, más pronto que tarde, será desagraviado. Rezaremos por usted.
   
24 de noviembre de 2015




Firmas:

DENUNCIA ANTE LA FISCALÍA EL MAYOR 
ATAQUE CONTRA LOS CATÓLICOS
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17 de noviembre de 2015

RESEÑA. "Hay un camino a la derecha" (2015), de Santiago Abascal & Kiko Méndez-Monasterio







En un subgénero tan efímero y poco estimulante como es el de los "libros de político", la aparición de este Hay un camino a la derecha merece cierta consideración. Si de algo carece la política española (al menos entre sus oligarcas y cabezas de lista), es de figuras carismáticas, capaces de articular (con las ideas) y defender (con los hechos) un ideario consistente y, ya de paso, llevarlo a cabo (no sólo con las "gestas" futuras, sino con el prosaico ejemplo del día a día). Abascal, hombre íntegro (por ahora y suponemos que por siempre), parece estar llamado a ser el político que llene este vacío humano.

Si la política española de nuestros días es un pozo sin fondo de corrupción y envilecimiento, si los sofistas y demagogos han pasado a ocupar el lugar de los verdaderos teóricos y los políticos, no deberíamos buscar las causas de este viraje en la mediocridad humana de nuestros líderes, sino en ese fracaso comprobado que ha supuesto la democracia española en sus cuatro décadas de recorrido; pero no, no prolongaremos este argumento abordado ad nauseam. El malestar de los españoles ante la mera realidad de su existencia, ese cabreo reprimido sustentado en la falta de valores firmes, en el auge de un relativismo de bazar indiscriminado, en el catastrófico influjo de la ideología de género a través de las instituciones, en una sarta de inconvenientes y despropósitos que no pretendemos aquí enumerar, han terminado por hacer de la vida del grueso de los españoles un espantoso tránsito material entre su existencia terrena (insegura, precaria e irreligiosa) y su muerte inminente o futura (fijada por la estadística de pasado mañana). En mitad de este panorama tan poco apetecible, la voz de un discurso político consecuente está ausente. Y los poderes fácticos no están por la labor de que dicha voz se deje oír en la vida española. 

Hay un camino a la derecha asume la forma de una conversación entre gente civilizada, sin complejos: de una parte y como hábil "preguntador", Kiko Méndez-Monasterio; y de la otra, Santiago Abascal, presidente del partido Vox y ex-militante del PP. Como no podía ser de otro modo, el enfoque es positivo y electoralista. Pero, ¡ojo!, también sensato. Abascal, que como pensador político carece de originalidad (ni falta le hace), acusa empero una honradez (su biografía es ejemplar a este respecto) y un sentido común (en el discurso) insólitos en un político español de nuestros días. A diferencia de muchos estómagos agradecidos, Abascal no vende humo al hipotético votante de su partido, sino posibilidades bien razonables en un contexto que se ha tornado insensato e irracional.

El punto de partida del libro es simple: ¿dónde está la derecha en España? ¿Qué ha sido de ella? Abascal, sustentado en los hechos y el sentido común, es claro: la derecha no goza (en 2015) de representación en la Cámara Baja. Y la razón de ello es que el supuesto gran representante de ésta, es decir el PP, ha dejado de ser un partido de derechas (pp. 55-56): 

¿El PP es hoy un partido de izquierdas?

Indudablemente. Pero da igual, para mucha gente no es creíble esta afirmación. Hagamos la pregunta al revés. ¿Cuánto de derechas, conservador, liberal y nacional es el PP? ¿Cuánto si no defiende la unidad nacional y la aplicación de la Constitución en Cataluña? ¿Cuánto si dejan intacta la legislación abortista de los socialistas? ¿Cuánto si su ministro de Hacienda sube impuestos por encima de los deseos -expresados electoralmente- de los comunistas de IU? ¿Cuánto si no persigue (la) ilegalización de Bildu? ¿Cuánto si acepta la nociva y antipatriótica Ley de Memoria Histórica que consagra por ley la idea maniquea de derecha mala e izquierda buena? ¿Cuánto? Nada. Cero. El PP de Rajoy es la nada, es ideológicamente amorfo. En eso no se distingue de Ciudadanos, por ejemplo. 

La abdicación del PP con respecto a su ideario primitivo es uno de esos fenómenos que Abascal, con implacable precisión, confirma al lector no esclarecido. Ese desplazamiento hacia la izquierda, en cualquier caso, afecta a todas las formaciones políticas españolas. El PP de hoy, por así decir, ha pasado a ocupar en el mapa ideológico el lugar antaño ocupado por el PSOE. Éste, a su vez, se ha radicalizado, aproximándose a las posiciones de IU. La estruendosa irrupción de una formación antisistema como Podemos ilustra este recrudecimiento de la izquierda radical. Ubicado el PP en un anodino centro-izquierda del mapa ideológico español, la derecha por así decir queda huérfana y/o ausente, sin representación. En consecuencia, no hay derecha, en tanto que no hay nada con representación a la derecha del PP, que ya no es "la derecha".

Vox, "la (genuina) derecha", vendría pues a llenar este vacío. Y Hay un camino a la derecha, libro ameno y sin irritantes incoherencias, no aspira sino a ponernos en claro las claves de este proyecto que merece todo nuestro apoyo. Les deseamos la suerte que sin duda se merecen, léase lograr algunos escaños en las próximas Elecciones generales para así, y desde sus futuros sillones en la Cámara Baja, dar voz a los españoles sin voz.
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13 de noviembre de 2015

URBS CAESARAUGUSTA, CIRCA MMXV

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 Al recuerdo de la Zaragoza histórica, pilarista y castiza, baluarte de la Hispanidad y Santuario de la Raza. 

A esa Gran Urbe que fue y que empero ya no es sino pútrido despojo agonizante, devorado por los necrófagos de la impiedad, el laicismo y los tubos de escape.



Monstruo de obscenidad,
Enclave demoníaco, hollín
De nuestro espíritu, luto
Perpetuo y enquistado, vil
Disparo en el alma, exangüe.

Callejeo por tus inmundos
Intestinos, siempre reo,
Cual hostigado instrumento
De tu brutal trato, perdido
Entre la burocracia y el pánico.

El miedo, la codicia y el Horror
Riegan tus sacrílegos glóbulos,
Al tiempo que un hedor de
Muerte, harta nuestro apetito
Pragmático, irrecuperable.

Todo en este industrial osario
Está atravesado: del recién
Abortado al moribundo,
Del politicón al meteco, todo
Supura vergonzante eficiencia.

El alambre que tanto atraviesa
Es la lepra de hoy ayer inoculada;
Su composición, simple: soberbia
E imbecilidad, narcisismo y colorete,
Satisfacción, dúplex y Progreso.

Todo en este fúnebre nicho
Debe ser computado; la muerte
Y el muerto, la vida arrancada,
La risa canalla, el oro y la médula,
Aplastados los cuerpos, ¡clavos!

Cae una lágrima. Tiembla la bolsa.
Un magnate se agita. Escupen humo
Cien mil ciento trece chimeneas
Sobre la crin de mi caballo rojo.
Guarde Dios a las escolopendras. 


15 de marzo de 2015

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8 de noviembre de 2015

CINE. "Calanda" (Juan Luis Buñuel, 1966)

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Entre 1973 y 1975, el nombre de Juan Luis Buñuel generó ciertas expectativas entre la crítica cinematográfica gracias a la aparición, sucesiva, de tres largos "llamativos" como unos fuegos de artificio: Cita con la muerte alegre (1973), La mujer con botas rojas (1974) y Leonor (1975). 

Otro hecho, más bien accidental, resaltaba la personalidad de esta incipiente promesa: el firmante de aquellas piezas afectadas y pretenciosas era hijo del mismísimo don Luis Buñuel, el denominado "genio de Calanda". Apuntalada la continuidad del rizoma genético, se preguntaron algunos, ¿perpetuaría acaso el nuevo valor la genialidad del progenitor?

La pregunta previamente formulada resultaría hoy risible si el nombre de Juan Luis Buñuel evocara en la memoria de algún cinéfilo recuerdo alguno. Mas Juan Luis es un completo desconocido, incluso para los más incombustibles arqueólogos del cinema. Hará unos años, en nuestra breve entrada escrita para El poder de la palabra (http://www.epdlp.com), resumimos su biografía en estos términos:

Director de cine francés. Iniciado en el cine de la mano de su padre, Luis Buñuel, como ayudante de dirección de algunos de los filmes de éste, como ‘La joven’ (1960) o ‘Viridiana’ (1961), y de algunos otros de Louis Malle, pronto afrontaría la dirección, logrando su primer trabajo importante con el cortometraje ‘Calanda’ (1966), impresionante documental sobre la Semana Santa de Calanda (Teruel), pueblo natal de su padre, que debe contarse entre lo mejor de su producción. Los comienzos de los años 70 suponen su gran momento como director, con la realización de tres largometrajes. ‘Cita con la muerte alegre’ (1973), el primero de ellos, es el mejor apreciado por crítica y público, consiguiendo en el Festival de Cine de Sitges la medalla de oro al mejor director; pero ni ‘La mujer con botas rojas’ (1974) ni ‘Leonor’ (1975), obras desiguales y olvidadas en las que la influencia del padre es notoria, consiguen prolongar su nombradía como director, lo que le llevará a refugiarse a continuación en la televisión, como bien ponen de manifiesto sus trabajos posteriores, circunscritos a este ámbito. 

Es un texto timorato, que intenta "salvar del fuego" lo mejor de su artífice. Y lo mejor que Juan Luis filmó en toda su vida no fue otra cosa que esa Calanda de 1966 que el texto tanto enfatiza. [Ni que decir tiene que Calanda, villa natal del padre del realizador, se ofrecía más pronto que tarde a un trabajo de estas características].

Pero apuntemos algo más, ni que sea brevemente, sobre la obra de este realizador sin numen cuya mayor desgracia de cara a la galería (¡paradojas de la vida!) no fue otra que la de ser hijo de un genio auténtico. 

Si algo caracteriza la filmografía de Juan Luis Buñuel es su absoluta inconsistencia y mediocridad. Un atento estudio de su puesta en escena confirma la irritante torpeza del realizador por imponerse como "autor". El ejemplo paradigmático de todo esto es Leonor, o de cómo una película de vampiros que hubiera merecido la dirección de un Mario Bava, en manos de Buñuel Jr. deviene vergonzante ejercicio de auto-justificación autoral. El desprecio por el género terrorífico y el perpetuo chantaje cultural afloran a lo largo de un metraje cansino e invertebrado, falto del menor talento narrativo. Era previsible: en sus días de presunto apogeo, Juan Luis Buñuel nunca se consideró un funcional artesano, sino un AUTOR "con voz propia". Cometió el error de sobrevalorar sus aptitudes, en verdad limitadas.    

Es comprensible que tras este fiasco, Juan Luis no reincidiera en el cine de distribución normalizada. Atrapado entre la televisión y el vídeo, se hundiría lentamente en un ostracismo comercial que en nada habría de recordar los años postreros de su genial padre.

Su obra maestra, como ya hemos dejado claro, es su segundo corto: Calanda supone una pieza sin grandes pretensiones, similar en espíritu a otro documental del padre, el alucinado Tierra sin pan (1932). Pero si aquel viaje a las Hurdes retrataba una realidad sublimada por un surrealismo combativo (lo que terminaba por hacer de la pieza un "falso documental" en toda regla), Juan Luis, mucho menos imaginativo que su padre, se contenta con filmar lo que ve (casi a la manera de un Jean Rouch): así, en Calanda, de algún modo, antropología y cine directo se dan la mano.

No obstante, el corto no es tan simple como a primera vista podría parecer. A lo largo de sus 21 minutos de duración, su clásica estructura acusa tres partes claramente diferenciadas, a saber:

1) Prólogo: tras los títulos de crédito, el objeto "Calanda" es presentado al público en su dimensión social, cultural y económica. Lo que vemos son unas pinceladas ilustrativas de escasa fuerza, cuya única razón de ser es preparar el cuerpo del filme.

2) Cuerpo: en el que se desarrolla todo lo relacionado con la Semana Santa de Calanda: oficios, procesiones, el momento clave de "Romper la Hora"; sin hacer omisiones a lo pintoresco, allí donde la observación y el gusto por lo costumbrista irrumpen. Cohesionadas estas dos vertientes (la Global-Universal, por un lado, y la Anecdótica-Particular, por el otro), lo filmado adquiere un sabor muy especial.   

3) Coda: la coda, breve como un suspiro, cierra de modo abrupto el documental, informando sobre la prohibición de tocar el tambor más allá de la hora fijada...  

Lo que en su rústica simplicidad difunde esta Calanda es una tremenda autenticidad. El arraigo a la Tradición y lo castizo, la Fuerza suprema del Catolicismo Romano a través del Acto (que el autor, por momentos, se diría intenta parodiar -la aparición de los vehículos en plena tamborrada-... aunque en ningún momento lo consiga), llenan de vida las imágenes de un documento único y excepcional. 

Como para confirmar lo dicho, cuatro décadas después Juan Luis Buñuel volvería a la carga con una nueva entrega sobre el mismo asunto, bajo el título de Calanda, 40 años después (2007). Nada que ver con la pieza anterior (de la que rescata varios planos). El resultado es muy mediocre, casi televisivo en su factura. Mal montada y peor filmada, carece del menor encanto. Visualmente nula, trivial en el contenido y adocenada en la exposición, ratifica a partes iguales una hipotética degradación de la Semana Santa de Calanda y el mal oficio de Juan Luis Buñuel tras la cámara (y ante ella, en cuanto participa como principal actor-narrador...). Lo que sí resulta evidente es que durante el rodaje de esta innecesaria segunda entrega don Luis Buñuel no se paseó por entre el equipo. Ni su espíritu asistió a su hijo, más perdido que nunca. 


Zaragoza, 8 de noviembre de 2015
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27 de octubre de 2015

RESEÑA. "A tiempo y a destiempo (Apostolado de la pluma)" (2000), del P. José Pascual (Benigno, O.S.B.) Benabarre Vigo





Escritor austero y preciso, poco amigo del ornato y sí de la Verdad, mas dueño de un estilo propio que ya quisieran para sí no pocos periodistas, el P. José Pascual Benabarre Vigo (Aler, 1915), que cumplió 100 años el pasado 23 de mayo, tiene en esta voluminosa obra que aquí traemos, una antología en toda regla de sus opúsculos como articulista católico en Puerto Rico; una labor prolífica y fructífera que desarrolló desde 1955, sobre todo, en dos valientes publicaciones del país: "El Visitante" y "El Oriental".

Antes que nada, conviene decir que A tiempo y a destiempo (Apostolado de la pluma) es toda una rareza bibliográfica, uno de esos tesoros literarios cada vez más anómalos que no ven la luz sino para unos pocos privilegiados. Al no gozar este título de una distribución normalizada (como sin duda alguna hubiera merecido), su difusión ha sido harto limitada, por no decir subterránea. Ello no obsta para vindicar los múltiples valores de un trabajo duradero y memorable, certero resumen de los años más intensos del autor como apologista católico y teólogo.

A tiempo y a destiempo, previa introducción, presenta una estructura tripartita, a lo largo de sus 370 páginas. 

La primera parte, "Artículos", supone el grueso del volumen y reúne un total de 150 piezas de diverso signo. La prosa del autor es viril y contundente, sin ornatos superfluos ni retóricas vanas. El P. Benabarre se mueve como pez en el agua en las más complejas cuestiones políticas, morales y religiosas. Sin titubeos ni ambigüedades, nuestro hombre va sembrando la Fe y la Verdad a manos llenas (con razón podemos hablar, tal y como reza el subtítulo de la obra, de un "apostolado de la pluma"). El contenido de los breves artículos es vario al tiempo que coherente: una sólida estructura invisible equilibra el conjunto, dotado de voz propia dentro de la más estricta ortodoxia. Entre los artículos, figuran, entre otros: "Del sacramentalismo a la vida sacramental", en dos entregas; "María: modelo de fe y madre de los creyentes"; "La Iglesia, la mujer y el hombre", en dos entregas; "Contra el cansancio espiritual"; "Cristo fundó una sola Iglesia"; "Vida Ascendente", en tres entregas; y "Vivir la fe".    

Mucho más breve, la segunda parte, "Cartas", recopila 18 cartas en las que el P. Benabarre, todo un "desfacedor de entuertos", se desahoga contra una serie de personalidades heterodoxas, entre ellas el polémico teólogo Hans Küng o el ex-presidente del gobierno español Felipe González. Como en los artículos, el estilo es vivo y combativo, sin sumisiones ni medias tintas.

La última parte, "Con pluma ajena", recoge 7 textos de autores diversos sobre el P. Benabarre. En ellos se pone de relieve su dimensión humana como sacerdote y misionero, su profundo conocimiento del alma humana y la Presencia de Cristo como horizonte del hombre. 

Una gran obra desconocida, en definitiva, que merecería gozar de amplia difusión, y que pone de manifiesto la calidad literaria de uno de los más sólidos escritores católicos aragoneses del último siglo: el Padre José Pascual Benabarre Vigo.

Zaragoza, 27 de octubre de 2015.

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7 de octubre de 2015

RESEÑA. "Historia de la literatura fascista española" (edición de 2008), de Julio Rodríguez Puértolas






Hay libros que, involuntariamente, descalifican a sus autores. Éste, sin ir más lejos, es uno de ellos.

El profesor Rodríguez Puértolas ha llevado a cabo un notable esfuerzo de investigación en su antología de los textos de una presunta literatura fascista española. No obstante, y pese a lo en apariencia elogiable del esfuerzo, Rodríguez Puértolas falla en la forma y fracasa estrepitosamente en el fondo.

El primer gran error de la voluminosa obra es el título, virtualmente indefendible. Pese a que el autor intente esclarecernos de las bases del mismo en la introducción, las razones de tal elección son tan amplias y abiertas como peregrinas, es decir, inconsistentes. Lo "fascista" deviene en manos del compilador mero adjetivo sin otra sustancia que la alineación epidérmica de un conjunto de obras literarias bajo unas directrices ideológicas más o menos definidas (que no definitivas): el tradicionalismo, el conservadurismo, la reacción, Falange, el franquismo y la derecha española surgida con la democracia, parecen ser, por así decir, las vías por las que transita esta "literatura fascista española". La cosa, como vemos, no parece muy rigurosa, de puro difusa.

La forma del texto, astuta en grado sumo, aboga por estructurar los opúsculos y sus autores por géneros (narrativa, poesía, ensayo, etc.), siguiendo una línea cronológica meramente escolar. Rodríguez Puértolas, que no ha dudado abrir la obra con una dedicatoria bastante explícita de su orientación ideológica, y tras los coyunturales prólogos explicativos de rigor, afronta el cuerpo del texto con una objetividad pretendida, aunque maliciosa. Su objetivo no es otro que hacer que los propios textos "fascistas" hablen por sí mismos. Y es aquí donde el profesor Rodríguez falla: su selección, basada por lo demás en el efectismo de unos contenidos sacados de contexto, apunta muy bajo: se diría que el compilador no más busca sonrojar, herir, inquietar, incluso hacer reír, al imprudente lector no prevenido. Por esta manera de proceder, la enorme antología de "piezas doradas" de la literatura "fascista" española aquí acopiada, carece, en última instancia, de verdadero rigor crítico-analítico. El enfoque, que se pretende objetivo, no es sino plano, incluso burdo. Los comentarios de Rodríguez Puértolas, por lo general "neutrales", apuntan todos hacia una dirección concreta: señalar a alguien. Todo el índice onomástico es una perfecta "lista negra" de los literatos españoles que en su día le bailaron el agua al "fascismo". ¡Tiemble quien en tal índice aparezca! Convertido en un trasunto de inquisidor "rojo", el hábil catedrático despliega sus listas a placer, sacando a colación títulos de obras y nombres de personas que en su día fueron, ¡ay!, artífices de "literatura fascista española": desde los inevitables José Antonio Primo de Rivera, Dionisio Ridruejo y Ernesto Giménez Caballero, hasta los "depurados" Pedro Laín Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester o Camilo José Cela, entre otros muchos, tienen cabida en la Historia. Y es aquí donde se entrevé con claridad plena el fondo de toda la cuestión, bien evidente en cualquier caso: en la inequívoca dimensión política de un entramado no tanto literario como ideológico. En cuanto a las apreciaciones estéticas sobre el valor de obras y autores, Rodríguez Puértolas se desentiende por completo.

Obra pues de resentido, Historia de la literatura fascista española no merece tamaño título. Mejor le hubiera ido, pensamos, el de Retazos de una literatura española con influjos fascistas. Mas dudamos que con un título así, una editorial tan tendenciosa como Akal -pese a sus muchos aciertos editoriales- hubiera accedido a darle vía libre en el asfixiante mercado del libro de nuestros días, dominado por el batiburrillo conceptual y la mediocridad estandarizada. 
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3 de octubre de 2015

EL ARTISTA DE SÍ MISMO (Apuntes del natural)

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EL ARTISTA 
DE SÍ MISMO
(Apuntes del natural)
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JOSÉ ANTONIO BIELSA ARBIOL

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NOTA PREVIA

Recupero este relato que en su día preferí dejar reposar en el cajón del escritorio. Todo él es un homenaje entre cariñoso y melancólico a la figura de mi finado paisano don F. P., con admiración y el mayor de los respetos. Era un hombre particular y memorable. Este relato meramente está inspirado en su espíritu. En lo demás, cuanto en él se dice compete al ámbito de la más estricta ficción. He dicho.

3 de octubre MMXV




A la memoria de F. P.


Solía encontrármelo rebuscando por entre los contenedores de la basura. En aquellos días previos a su desaparición, ésa era su gran prioridad: hallar, seleccionar y, finalmente, aceptar cualesquiera objetos que bien pudieran servirle de alguna ayuda en su “proceso creativo definitivo”, como decía. Parecía que lo que tenía entre manos era algo de extrema importancia. Aunque, a decir verdad, mi desconocimiento sobre aquella empresa era absoluto. ¿Qué pensar? ¿Qué decir? ¿Qué escribir de todo aquello?
            La gente, embrutecida en su cotidiana vulgaridad, no miraba bien a mi amigo Paco Pallarés.
            - Está como un cencerro… -decía A.
            - Pero si tiene el síndrome de Diógenes… -añadía B.
            - …huele que apesta, hará años que no se lava el muy… -apostillaría un predecible C.
            Sin embargo, aquel hombre de ochenta y ocho marzos, más que un trastornado con demencia senil, más que un loco vulgar adicto a recolectar porquería, era lo que se dice un espíritu libre ebrio de tanta libertad como podía respirar. ¡Frasecitas! Este “sabio de la vida y más”, como solía definirse, era antes que nada un artista de sí mismo, un esteta de la mugre, un iluminado del fango, un genio entre cretinos. Sus enseñanzas, impartidas de ordinario junto a los contenedores de la basura, acostumbraban para las inteligencias cerradas ser extrañas en grado sumo:
            - Lo que hoy tires a la basura mañana lo recogerás -decía en una.
            Ó:
            - Hoy me miras feo… pero mañana te verán cadáver.
            El presente y el futuro, el hoy y el mañana, adquirían en sus alocuciones pertinente significado.
            - Yo no trabajo para el mañana, sino para el hoy que nunca llega a ser. Unos llenan su tiempo de minutos, yo lo lleno de paraguas.
            En efecto, había logrado almacenar en su vivienda más de un millar de paraguas, viejos y rotos, verdes y rojos, una legión de mil paraguas capaz de hacer frente a las redivivas legiones del mismísimo César.
            Este recolector de objetos encontrados, preferiblemente producidos en serie, este esteta de la cochambre menos refractaria, acostumbraba filosofar largo y tendido con un servidor de las más diversas y eruditas materias. Más que de un diálogo socrático, claro está, se trataba su divagación de un monólogo absoluto y absolutista, capaz de sumir a un tribunal de catedráticos de metafísica hegeliana en la más cruda ignorancia. La cosa, como botón de muestra, podría arrancar así:
            - ¡Qué tal! Ya te decía yo que… ¿Qué te decía yo? Más despreciable que la basura, muchacho, mucho más despreciable que ella, es el propio sujeto que la produce, que la arroja, que la expulsa, que la vierte, que la empaqueta, que la abotona, que la multiplica, que la trivializa, que la cosifica, que la edifica, que la decodifica, que la sacraliza... La basura de cada uno es la sombra de su ser y de su no ser. Por eso, cuando abro una bolsa, nunca sé lo que me voy a encontrar dentro. El aspecto externo en ocasiones da indicios de algo: si la bolsa chorrea, quiere decir que el alma que la produjo era muy líquida; si es seca, quiere decir que ya se le secó el alma… ¡El alma lo es todo! Lo que yo te diga. Pero ¡ojo!, si veo esa bolsa en manos de alguien, qué sé yo, de alguien como el Poncio el Picapedrero, bien sé que su basura no va a serme del todo desagradable, pues la basura del Poncio el Picapedrero, por ser de quien es, merece algo de respeto. ¡No es una mala basura! Mejor dicho, es una basura… con algo de alma, ¿me entiendes? Con alma de piedra. Pero no todas las basuras son del mismo tenor. No. Por regla general, la gente buena produce basuras buenas. Y la gente mala, por lógica matemática indestructible, produce unas basuras muy malas. Deja que te cuente… El otro día… ¿Qué pasó? Pues que me llevé tres bolsas de la basura que había tirado la Tomasa la Boticaria, ¿y qué te crees que me encontré dentro? Pues de todo y nada bueno. Por encontrarme, hasta me encontré una pata de gallina. ¡Así de sopetón! La gallina es mal bicho, pero la pata de gallina no es mala… es diabólica. Con una pata de gallina no se puede hacer un mal de ojo a tu vecino, pero sí con un huevo de gallina. ¡Qué extraño! El huevo lo produce la gallina. Y la basura la produce la Tomasa. ¿Entiendes algo de esto? ¡Pues yo sí!
            Y así podía proseguir cuatro o cinco horas más. Sin decaer un ápice. Sin perder el sur ni el norte, ni el este ni el oeste, ni siquiera el centro. Se diría que aquel artista de sí mismo estaba tan enamorado de su propio pensamiento que intentaba, a toda costa, derramarlo a chorro libre por los cuatro puntos cardinales del orbe. Ni más ni menos. Con la increíble esperanza de calar hondo en las más variopintas conciencias. ¡Y vaya si lo lograba!
            - ¡Todo en la vida es música! Yo tenía tres hermanos. Los tres eran músicos y tocaban en su propio trío. El primero mantenía la melodía. El segundo mantenía la armonía. Y el tercero me mantenía a mí, que por entonces era un tocador de armónica, y como tal no daba pie con bolo, bola o bolón.
            Humor no le faltaba. Erudición, tampoco:
            - …siempre he estado en deuda con Diofanto. Viejo cabrón verbenero. La verdad que la problemática de las secciones cónicas me ha traído de cabeza desde que aprendí a desaprender. Esas secciones del cuerno le ponen a uno mal de cabeza. Llega un momento que uno, al final de la lección, no sabe absolutamente nada, de tanto como cree saber. Pero, mira tú las cosas, que lo de las secciones cónicas, eso, no se le olvida a uno con facilidad de la cabeza. Las secciones, ¿sabes?
            No obstante, Paco Pallarés era algo más que un orador ametrallador. Era capaz de inquietar a sus prójimos sin proponérselo. En una ocasión, me dijo:
            - Puedo asegurarte que lo mejor que he podido dilucidar a lo largo y ancho de toda mi existencia regalada es la absoluta inconsecuencia de cada uno de mis actos reflejos. Es un movimiento de tira y afloja, de mete y saca, de abre y cierra, de rompe y rasga, un movimiento así, que no conduce a lugar alguno. Mira la mano, ¿la ves? ¡Mírala bien! ¿La ves la mano que parece que se mueve como sin querer moverse? Los tecnócratas de la muerte lo llaman enfermedad de Parkinson. ¿Sabes tú quien era ese tal Parkinson? Un señorito con unos tembleques que daban miedo, sin duda. Metía miedo el tal Parkinson con sus movimientos. Se movía como si le movieran. ¿Un demonio? ¿Un espíritu? Es todo tan inefable, ¿no crees?
            Nada respondí. Aquello adquiría dimensiones más propias del Dante. Pero Pallarés aguantaba el tipo impasible, con temblores o sin ellos. En otra ocasión, mientras probaba un paraguas, me dijo:
            - La frase más sensata que he escuchado es ésta: “El que pueda entender, que entienda”. Pues eso. La dijo el Cristo. Y con ella está todo dicho. ¿Te has enterado? ¿Tú me entiendes? ¿A qué no me entiendes del todo? ¡Ya quisieras entenderme, granuja! Por la baba de tus muertos, te puedo asegurar que la baba de muerto es más nutritiva que la baba de caracol, ¡carajo! Yo no sé en qué tú no crees. Pero sin embargo te tienes en pie. Vives en un estado larvario, en un estado de indefinición más propio del triglifo que de la metopa. Como quien dice Diego, yo digo Higo. Lo digo así: H-i-g-o. ¿Me tiendes, hijo de mil perras sifilíticas? La gente dice alfa, yo digo beta, y el Filiberto el Mancebo pide urea. Lo importante, ¿me sigues?, lo importante es abolir el orden lógico del discurso. Mandarlo todo a cascarla. Refrotar la frasecita por las narices del oyente, metérsela hasta el fondo del gaznate, luego estrujarla, y hacer con sus tripas de cerdito capitalista un buen puré. Toma nota, ¿no tienes lápiz?
            Asentí.
            En otra ocasión, a las puertas de su casa (que más que casa parecía almacén de objetos empeñados), me mostró un curioso librito por él manuscrito e intitulado Quietista, sin más. Se lo pedí prestado, pues mi curiosidad era máxima ante todo cuanto provenía de él. Y así, pude trascribirlo de mi puño y letra.
            He aquí su extraño contenido:

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Certeza. He aquí la Palabra, diáfana y consabida, mas de puro manoseada, tergiversada con intención:
            Certeza de un Error.
            De un Delito.
            De una Omisión imperdonable.
            De una dirección moral abocada al fracaso inminente. Certeza de lo que ha usted(es) se le(s) antoje. Pero de una cosa, ante todo:
            certeza
                        de (ausencia de)
                        QUIETUD.

            LA ABOLICIÓN (DEL ORDEN) DEL DISCURSO, ese mal endémico de nuestro tiempo, conlleva implícita una caída en el
                 a
                 b
                 i
                 s
                 m
                 o
                  
                            Esta caída
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                      o
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                   e
                  c
                 s
                a
            no es nueva; ha tenido soterrados panegiristas, Nietzsche, Blanchot, mi primo el Flaco de Mendoza, todos ellos ya muer-
                      tos.
            Mas no obstante
                                      No
            es sino la huida del ser lo que aquí postulo, traigo a las mientes de

U-s-t-e-d*,

* Sujeto fragmentado...

inaprensible lector, me digo a mí mismo.

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PARERGON I

Hoy, lo que humaniza al Hombre no es el hombre (el Otro), sino las estancias vacías, los claustros desiertos, los libros llenos de polvo y silencio, olvidados en los enmohecidos estantes de las bibliotecas de nuestros muertos.

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Siglo de manos, acuñó Rimbaud a su siglo. Un siglo-juguete comparado al ¿nuestro? Pero, ¿es acaso nuestro?
                        pues nos han robado:
                                      hasta el Ser.
            Cierta obra de Miguel de Molinos -que sí viene al caso, pero que me ahorraré divulgar de puro consabida- ahonda en esta cuestión con peculiar gracia. ¿Y?
            - Oiga, ¿me permite que le robe unos minutos?
            - ¡Está de guasa! ¿Qué demonios pretende hacer usted con mi tiempo, mi mío tiempo? ¡Es precisamente lo que más me falta! Y tiene usted la desvergüenza de venir ¡a “robármelo”!

                Sin du-
                da que us-
                ted y la miel
                (da)                 TIEMPO (AL TIEMPO)
                forman una
                pareja desa-
                brida

            El tiempo que me agujerea(ba) el ser, decía cierta niña-anciana cuya muerte-vida de perpetuo trajín se había dado de bruces contra el frío poyo-cojín de la ermita de San Blas (lo concreto local). Allí serás abandonado.
            1) Es la ausencia de QUIETUD, esa ausencia ajena a lo Otro, lo que:
            a) Nos hace estar en mitad de un mundo en continuo movimiento movimiento vimiento miento viento iento vimi ento to to;

                - ¡Totó!
                               Totó                                  (bis)
                               Totó el reaccionario
                               Tenía un abecedario
                               Donde desaprendía
                               Lo que le ensañaban                                                                             cada día

            b) Nos des-hace el ser en la esquina de un mutismo indiferente.

y
MICRO-ENSAYO
EN TORNO AL PROBLEMA CAPITAL DE LA “FRICCIÓN” DEL HOMBRE ENTENDIDA COMO UNA DE LAS CAUSAS PRIMERAS DE SU ERROR CONSUSTANCIAL

Dice el dicho que cuando uno nace ya es lo suficientemente viejo para morir. Dice el dicho, y dice bien. Y dice el bicho también:
            - Si me vas a aplastar contra tu suela, no ignores que otra Suela… hará lo propio contigo, verdugo de cuca-charas.

He aquí la cuestión, llamémosla Moraleja, para que les llegué a las demás orejas:
            - Si te puedes estar quieto, ¿pa qué te mueves, Paquete?

Este ensayo, primera y última obra producida por un ágrafo incontinente cuyo nombre ya no amarcord, le fue remitido a:

NELSON ROCKAFEYER III
(Potentado Opulento & Ricacho$)

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PARERGON II

La economía ha terminado por determinarlo todo. Hasta la estadística de suicidios en los países desarrollados.

Suiza y sus paraísos: paraíso fiscal, paraíso del suicidio asistido, paraíso de la fondue de queso.

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EXCURS(I)O(N)
Tres Monólogos 3 Monólogos Tres

nº 1
 - ¡Cuán miserable he de sentirme esta mañana de indescriptible, bruta felicidad!
nº 2
- En este país que llamamos Añapes (o lo que queda de él), la mayoría de la gente no es corrupta… porque no tiene la posibilidad de serlo.
nº 3
- ¿Qué esperar? ¿El triunfo apoteósico? ¿Los laureles reverdecidos? ¿Cien años de vida creadora y doce siglos de pétrea posteridad? A lo sumo un anónimo edema pulmonar. Y gracias.

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PARERGON III

Un átomo, dos manos, tres nóminas… diez cuchillos, once canas, doce cerdos… Como bien pueden ustedes comprobar, todo en este mundo se puede computar.

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Una cosa nos enseña la Vida, y es que no hay nada que hacer. Nada. Absolutamente Nada. Pues, TODO ESTÁ PERDIDO DE ANTEMANO.
            …las muchedumbres se menean como larvas sobre pedazo de materia podrida…
            …pero, ¿saben ellas qué cosa las mueve?
            Vayamos al Extremo Oriente. La India. La China. Kong-Hong. Mucha filosofía budista, sí. Y la presión demográfica más atroz del globo, también.
            Si de verdad…

(INTERRUMPIMOS NUESTRA EMISIÓN:
Va a intervenir un Poeta Vagabundo)

- Le escuchamos…                       (risas)
- Tanta muerte me sofoca.
            Tanta vida me deprime.
            Me conformo con este hastío lastimoso. Y de vez en cuando alguna carcajada, algún narcótico bueno.
- Pues a mí me basta con ir enb

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Y hasta aquí el inenarrable escrito, verdadera quizá-síntesis del quizá-pensamiento de don Paco, abrupto e inconexo. ¿Qué conclusiones extraer de él (del texto) tras su desaparición (de don Paco)? Mucho me temo que el esfuerzo por descifrarlo resulte baldío o meramente insensato, una payasada absurda. Lo que parece quedar más que claro es que aquel hombre difería profundamente de sus coetáneos. Sus coetáneos carecían no ya de filosofía, sino de discurso. Sus coetáneos, cual bípedos educados, se desplazaban por los espacios abiertos. Él, a cambio de basura, ofrecía uno (un discurso): el de la abolición del discurso. En ese sentido, era un profeta de nuestro tiempo. Carente de originalidad, sí. Pero no de armas (ni de paraguas). Un profeta, sí, era este artista de sí mismo.

            Q. E. P. D.

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13 de septiembre de 2015

RESEÑA. "Las ruinas de Palmira" (1791), del Conde de Volney






Verboso a la manera gala, envarado en la exposición, dotado de una escritura elegante y acicalada, mas desprovista de cualesquiera estro auténtico, vigor y originalidad que contradiga la manera de la época, el libro del Conde de Volney que aquí traemos, el mentado Las ruinas de Palmira o meditaciones sobre las revoluciones de los imperios, es uno de esos presuntos "clásicos" que, si bien no han logrado entrar de lleno en el Canon Occidental de las Bellas Letras, ocupan no obstante un lugar privilegiado. Al margen de esta condición tan jugosa, la obra goza de una fama cierta, y las prensas no se cansarán de reeditar una y otra vez el tan conocido opúsculo, cuya fama de obra "ilustrada" es tan del gusto de nuestra época, prendada de todo aquello que provenga de la Francia de las Luces. 

No cuestionaremos los valores formales de la obra, evidentes. Y sí arremeteremos contra el tufo de falsedad, de equivocación, de error que domina gran parte del conjunto en su discurso. Resumiendo: el envoltorio formal tiene empaque y presenta buenas maneras, mas el contenido, ¿qué decir del contenido de una obra que ha perdido en nuestro tiempo cualquier rastro de clarividencia/vigencia, de mera actualidad o comunión de ideas con un espíritu consecuente, precisamente aquello que da vida a los clásicos universales e imperecederos, inmortales por la verdad o validez que su discurso esgrime? Nada de esto encontrará el lector atento en Las ruinas de Palmira, libro polvoriento y amazacotado, charlatán y optimista en el peor sentido de la palabra, plagado de falsedades y acusaciones que el autor vierte y remueve a placer, reescribiendo la Historia como en gana le viene, e incurriendo en unas simplificaciones peor que ambiguas, de puro drásticas. 

Estas Ruinas son ante todo un ataque a las religiones en general, y al cristianismo en particular (¡cómo no!). Y ése es su mayor inconveniente, hasta el punto de invalidar sus hipotéticos aciertos. Volney, educado en el ateísmo -de manos del Baron de Holbach-, y lector de los peores panfletos de un siglo descreído, acusa todos estos tics en su escrito. Al depositar todas sus esperanzas en el "tribunal de la Razón" (!), sucumbe en definitiva a la contradicción que late dentro de ella, con su germen de totalitarismo y destrucción. Por ende, la gran pregunta sería: ¿qué entiende Volney por "Razón"? Mucho nos tememos que esta pregunta debería hacerse al grueso de los literatos y pensadores de la Ilustración, y de nada nos servirá aquí hacernos ilusiones con aplicar la definición kantiana a tal respecto enmarcada hasta la saciedad. Volney, como Rousseau o Voltaire, como tantos otros ilustrados de segunda fila, acusa una tal petulancia en su "explicación" de los hechos que conforman la Historia, que no haremos mal en pensar que su enfoque es víctima larvada de un irracionalismo libresco y pedante, entre determinista y hostil al problema de la vida del Espíritu en su acepción religiosa, que en absoluto participa de sus inquietudes.   

Todo el libro emana un tufo dogmático contrario a las intenciones del autor, empezando por la forma. Tras las primeras páginas (acaso lo mejor de la obra, en las que Volney muestra cierta talla de narrador con la descripción del paisaje geográfico donde trascurrirá la inminente disertación), el recurso del genio surgido de la nada pronto malogra los pintorescos colores del comienzo. Contra todo pronóstico, la susodicha aparición espectral surgida en mitad de la noche y ante las ruinas de Palmira (un asunto con posibilidades), resulta un tanto desgastada, estando falta del misterio pretendido. Mas las parrafadas en forma de monólogo que esperan al lector de manos del aparecido, pronto terminan por estropear la empresa, saturando al más paciente de los mortales. Los clichés, las reiteraciones, el saqueo continuo de argumentos manidos y falaces del discurso filosófico, desde Hobbes hasta Rousseau, pasando por el querido Holbach, terminan por quebrar el panfleto a Volney, que para postre carece de la suficiente garra como para inquietar los ánimos del respetable al que se dirige. 

Obra de su tiempo, poco profunda y muy charlatana, Las ruinas no merecen la categoría de "clásico" de que gozan. Una lectura atenta y analítica nos confirmará con creces la obvia coyuntura de donde surgieron. Leídas en el siglo XXI, estas Ruinas apenas son otra cosa que unas ruinas literarias con prestigio, todavía más lastimosas que las de la Palmira original, asediadas en nuestros días por la barbarie monstruosa del terrorismo islámico. 

Zaragoza, 13 de septiembre, día de San Juan Crisóstomo.
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