28 de diciembre de 2016

LITERATURA ARAGONESA. Poesía calandina del siglo XVIII. Una aproximación

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Altar Mayor del Templo del Pilar de Calanda, 
destruido por las hordas rojas en 1936.


Escuela de jerarquías, la Historia de la Literatura acumula en sus márgenes innúmeras historias menores, más o menos marginales e invariablemente relegadas al olvido, frente a los oropeles que envuelven la siempre discutible y en ocasiones tergiversada historia oficial, ésa que se enseña en los institutos y las universidades... Tratar la poesía española del siglo XVIII, presupone, ya de entrada, mencionar la sempiterna -y a menudo gloriosa- retahíla de nombres victoriosos (los Fernández de Moratín, Meléndez Valdés…) y obras afamadas (la ‘Poética’ de Ignacio de Luzán, el ‘Deucalión’ del Conde de Torrepalma…); a medio camino entre los gustos barrocos persistentes y la nueva corriente neoclásica, el siglo ilustrado se perfila en lo poético como un terreno desigual y en ocasiones mal explorado.
            A remolque quedarían los náufragos, cientos y cientos de autores, vanidades y firmas: algunos, poetas de altura; otros tantos, poetastros sin calidad alguna; y entre medias, un desierto de mediocridades razonablemente olvidadas. Calanda, que en el siglo XVIII dio a la música el nombre insigne de Juan de Sesé -acaso el mayor calandino del referido siglo en el plano artístico-, no tiene por el contrario entre sus líricos grandes nombres que pudieran haber significado para las letras hispánicas un hito cimero, siquiera remarcable: a lo sumo, nuestros poetas son unos buenos técnicos, tan correctos como anodinos, mas carentes de la chispa del genio, incluso del gran talento: saben encadenar unos versos bien pulidos, pero la banalidad de sus asuntos limita mucho el alcance de su invención, esencialmente provinciana. Nuestros poetas, por otra parte, están vinculados a una notable familia: la de los Herrero de Tejada, que tenían su casa en la Calle Mayor, y cuyo escudo lució sus armas hasta entrado el siglo XX.

            LUIS HERRERO Y RUBIRA (Borja, 24-II-1716 - Calanda, 1-II-1767), el más notable y vigoroso de nuestros versificadores, es uno de tantos literatos olvidados que el tiempo ha enterrado y cuya recuperación resulta algo harto improbable; sea como fuere, reivindicaremos su apagada figura. Nacido por casualidad en Borja, aunque natural [1] de Calanda, de la que procedía su distinguida familia y en la que pasó gran parte de su vida, cursó nuestro autor estudios de Jurisprudencia en la Universidad de Zaragoza, ampliándolos luego en la de Toulouse (Francia); en 1734 recibió el título de doctor. Ejercería el cargo de Relator de la Sala del Crimen de la Real Audiencia de Aragón. Como literato, desarrolló una obra tan variada como dispersa, destacando sobre todo como poeta, aunque abordó muchos de los géneros entonces en boga, entregando algunas obras de circunstancias, como la pintoresca ‘Explicación del juego de damas y modo de practicarlo’. Así y todo, entre sus entregas podemos destacar (siguiendo aquí a Mosén Vicente Allanegui, pues no hemos tenido acceso a ninguna de ellas salvo de manera fragmentaria): la traducción del ensayo ‘La vida de los siete sabios de Grecia’, el tratado ‘Arte de pintura’, la comedia ‘No siempre quien escucha su mal oye’, dos ‘Loas a San Juan Bautista’, una ‘Memoria de los reyes tenidos por crueles y aborrecidos de sus vasallos’ y sus ‘Poesías místicas a la Virgen del Pilar, patrona de la Villa de Calanda’. Por otra parte, la Enciclopedia Espasa (vol. XXVII, 1925, p. 1285) lo acredita como autor de tres textos de corte científico, entre ellos un sugestivo ‘Discurso histórico-filosófico experimental sobre los terremotos’ y un ‘Tratado breve de óptica mecánica’.
            La poesía de Luis Herrero constituye, sin duda, lo más valioso de su producción. Poeta preciso en la forma, buen sonetista, su factura conservadora no le impide expresarse con una naturalidad muy sentida dentro de la paradójicamente artificiosa retórica dieciochesca, manejando las más variadas formas poéticas (soneto, décimas, himnos, etc.); una muestra clara de su numen poético la hallamos en su ‘Soneto (a Calanda)’. Falleció Luis Herrero en Calanda, tema de inspiración de tantos de sus poemas, a los 53 años de edad, siendo enterrado “en la capilla de San Antonio Abad de la parroquia”. [2]


            Características parejas hallamos en la poesía de su hermana, sor LUISA HERRERO DE TEJADA (Calanda, 1711 - Valdealgorfa, 24-VIII-1777), como él poeta, aunque menos mundana: la suya es una poética de inspiración esencialmente religiosa, que bebe inconscientemente de las fuentes de la gran tradición mística española. La futura sor Luisa ingresó a temprana edad en el Convento de Valdealgorfa, del que al parecer llegaría a ser abadesa. Tuvo, al decir de Allanegui, “don de poesía natural”, y compuso sus primeros versos a los trece años de edad. Sus estudios se centraron en la Sagrada Escritura, en la Historia Eclesiástica. Y aunque escribió mucho (una treintena de obras), poco sobrevive de su producción, de la que podemos mencionar un ‘Novenario a Nuestra Señora del Pilar’, una ‘Vida de San Luis, obispo de Tolosa’, ‘A Cristo nuestro bien’, y ‘A Jesucristo sacramentado’, entre otras. Percibimos el brillo de la autora en su poema ‘A Jesús en la cruz’, de excelente ejecución. [3]

            No podemos concluir este artículo sin mencionar al tercero de los hermanos Herrero de Tejada, también natural de Calanda, el científico y escritor ANTONIO MARÍA HERRERO Y RUBIRA (Borja, 1714 - Madrid, 1-VII-1767), a la sazón médico de la familia real y censor de las obras de Medicina editadas en España junto al gran Andrés Piquer. Su corpus literario resulta hoy en día tan invisible como el de sus hermanos, si bien su importancia es superior: aunque no destacó como poeta, se le debe un precursor -por bilingüe- ‘Diccionario universal francés y español’ y, sobre todo, una ‘Physica moderna, experimental, systematica’ (1738) que pasa por ser, según el investigador Manuel Bruña, “la primera obra de Física moderna editada en España”. 


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