10 de mayo de 2017

CINE. "Las 10:30 de una noche de verano" (Jules Dassin, 1966)

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Hay dos Dassin: el useño, directo y sintético, y el europeo-cosmopolita, erudito y divagador. El primero acusa la calidad de los buenos artesanos, encadenando piezas ora anodinas (El fantasma de Canterville), ora muy estimables (Fuerza bruta), mas siendo capaz, en ocasiones, de aunar sus muchas virtudes y arrojar, con perfecto dominio, alguna obra maestra indiscutible: La ciudad desnuda, Mercado de ladrones sobre todo. Es el buen Dassin, el que nada tiene que envidiar a Kazan, Zinnemann o Vidor, no King, sino Charles. Luego, la Lista Negra, Europa, Melina. Si aquella primera entrega europea, Noche en la ciudad, y luego Rififí, su gran obra maestra, parecían re-anunciar una carrera presta a vigorizarse con los aires del viejo continente, tales pronósticos pronto se verían truncados o, cuando menos, minimizados. Algunos aciertos discutibles (El que debe morir, La ley) anticiparon, con pomposa solemnidad, ese cambio de estilo (de un saludable "no-estilo" a un "Estilo" con mayúscula) consolidado en Nunca en domingo, una obra maestra "oficial", sí, que habría de subrayar, en su sofisticado argumento, lo que la propia filmografía de Jules estaba confirmando en lo externo: la conceptualización, la toma de conciencia de sí mismo, el viraje hacia las fuentes pretéritas de la cultura en manos de un foráneo presto a empaparse de Homero, Calícrates y Escopas. Una jugada maestra, y entre medias una gran musa (griega, además): Melina Mercouri. 

Comprenderá el lector pues el reparo que uno tiene ante este segundo Dassin, el europeo, fluctuante entre la alta cultura (Fedra) y la evasión con ínfulas artisticas (Topkapi), casi siempre sugerente, incluso interesante en ciertos detalles, mas rara vez satisfactorio en su conjunto, de puro hipertrofiado en una dramaturgia acartonada, altisonante, demasiado poco "natural" como para resultar creíble, léase "verdadera". Es esa retahíla de títulos olvidados, sobre todo de la década de 1970 acá, la que hizo perder a Dassin el favor de la crítica (el público ya le había abandonado tras el robo fracasado de Topkapi). Uno de esos títulos es Las 10:30 de una noche de verano, una pieza descolorida, maldita a su manera. Impasiblemente maldita. 
El comienzo se nos antoja brillante. La originalidad de los títulos de crédito, harto coreográfica, ratifica la inventiva de su director cuando piensa en planos: planos de manos aquí, manos dando palmadas, palmadas flamencas, suerte de evocación de unos ritmos inequívocamente españoles: pues en España va a transcurrir la historia. Pero esta España dassiniana no es la España turística de un espíritu amodorrado, tipo Negulesco en horas bajas. Dassin la aborda desde las profundidades: ¿podemos hablar de la llamada "España profunda"? En absoluto. Esta amada patria que llamamos España, como veremos, es meramente una abstracción intelectualizada... como no podía ser de otro modo tratándose (la película) de una adaptación de una obra de la Duras, fiel a sus mecanismos interiores sobre la memoria y el sentimiento de culpa.

Tras los créditos, la lluviosa secuencia preliminar, nocturna, se nos antoja lo más docto de todo el metraje: planificación meditada, movimientos de cámara virtuosos, narración pura al servicio del espacio fílmico. Algo que la bella fotografía potencia aupada por las calidades del paisaje español. Y algo muy importante que contar: un doble crimen, pasional además, a cuya ejecución asistimos... No cuesta trabajo entrever influencias diversas, en un intento por adaptarse a los nuevos tiempos (Resnais, Antonioni). Es como si Dassin, al atacar este arranque, se hubiera dicho: "ha llegado el momento de hacer mi mejor película" (!). 

Luego, obviamente, el filme decae, pero sigue lloviendo. Interior de un automóvil: cuatro personajes, bien diferenciados: Paul (correcto Peter Finch), su alcoholizada esposa María (sobreactuada Melina Mercouri), la hija de éstos, y Claire (magnifica Romy Schneider), una... amiga. Llegada a un pueblo. Las fuerzas del orden buscan a un criminal, Rodrigo Palestra (excelente Julián Mateos)... Con esta premisa argumental, de limitado interés, Dassin nos ofrece un triple retrato, no exento de aciertos felices: de una parte, el triángulo amoroso, predecible, entre María-Paul-Claire; de la otra, la vinculación interior implícita entre María y Palestra, puesto que ambos han sido víctima de la traición de sus respectivos cónyuges (María de su adúltero marido Paul, Palestra de su joven esposa de diecinueve años); y, entre medias, el relato elíptico y fantasmagórico de una España oculta y auténtica, con pátina, aunque no del todo ajena a las convenciones de ese turismo cultural que suele vincular "lo español" con todo aquello que rezume flamenco, toros y manzanilla. 

El filme, por lo demás, acumula buenos, muy buenos momentos. Quiero recordar aquí, a mi juicio, los más notables, donde Dassin logra dejar atrás los convencionalismos artificiosos de un guión muy literario, para concentrar todo su empeño en el trabajo visual, harto cuidado:

1) La huida nocturna de María del hotel, presta a salvar a Palestra (hasta entonces oculto bajo una manta empapada, en el tejado) de las fuerzas del orden. Cámara subjetiva, adecuado tratamiento de la columna sonora, ritmos punteados por las gotas de lluvia... en una espiral de suspense bien potenciada por los recovecos, escaleras y estancias del hotel. Por unos instantes, Dassin logra ponerse a la altura del gran Mario Bava, maestro italiano de la paura, y generar en el espectador sensaciones encontradas. ¿Actúa María movida por un sentimiento noble, o meramente lo hace para resarcirse de la infidelidad (poco antes confirmada, en el balcón) de su marido hacia ella?

2) Tras la fuga nocturna del pueblo, descuella la secuencia del amanecer en el auto, entre María y un agotado Palestra, llena de compasión y caridad ante el taciturno desesperado. Planos serenos de los grandes horizontes castellanos, bellísimos en su austera entidad, confirman la sensibilidad de Dassin hacia el paisaje español, auténtico protagonista de estos momentos de raro minimalismo. 

3) El certero final, con la desaparición de María por el casco histórico de Madrid, mientras el eco de los gritos de Peter resuena al tiempo que el zoom hacia atrás se va haciendo eco de éste; el eco del eco, puesto en imágenes por la propia cámara. 

Un Dassin menor, en efecto, pero delicioso a ratos, y cuyo mayor atractivo no es otro que el del escenario que sirve de fondo a esta historia atemporal.   




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